Bienvenidos!

Bienvenidos.
Gracias por visitar el pequeño nido del cisne.

Cuento con un pequeño compendio de escritos que van resultando de luces esporádicas de imaginación. Ratos de cielos color violeta sobre mi cabeza.


Escritor amateur, graduado de Letras, aunque lejos de los mejores honores. Aficionado también a la Historia y a la Filosofía.
Espero que encuentren amenos mis breves relatos. No aspiro a nada, pero me alegraré de saber si al menos una persona logró cautivarse un par de minutos. Supongo que eso hace la diferencia entre una rutina trazada y un devenir diferente.

¡Gracias de antemano!

viernes, 7 de marzo de 2014

104. Con odio, para ti.





Te refugias tras tus propios brazos y te frustras porque ellos no pueden contener tu vertiginosa caída al abismo. Sí, a ese abismo que tú misma creaste.

Estás conociendo las lágrimas. Ese concepto tan vago, tan incomprensible para una jovencita con su vida resuelta. Conoces ahora las lágrimas de verdadera tristeza, de la tristeza que produce el hueco de la soledad.

Te sientes rodeada de personas a las que no les importas. Te abandonan, porque tú las alejaste. Y eso te frustra. Te amontonas los dolores tras la garganta y expulsas tu alma por las pupilas temblorosas y sobrecargadas.

Te atreves a huir de ti misma. De los muros que tú misma te construiste y que ahora te das cuenta que son tan franqueables. Corres, estando en el mismo lugar. Corres porque donde estás no hay nadie, sin saber que avanzas más y más hacia la oscuridad. Una oscuridad de la que quizá no salgas, tal vez porque ahí es donde perteneces.

Abrir los ojos es darte cuenta de tu propia miseria. Es voltear a ver tu propio corazón negro, mancillado, podrido, corrompido por tanto veneno que dejaste entrar y que lo recibiste con los brazos abiertos para hacerlo formar parte de tu integridad. Y al fin estás viendo lo que tu ceguera te impedía en el pasado.

Y te sorprendes, te sorprendes de lo mucho que te han dañado. De cómo han dejado hirientes huellas en el lodo de tu vida y se han desvanecido esas personas que amabas.

O quizá, de cómo pretendiste hacer tu propio cuento de tragedia para que las heridas infringidas fuesen más notorias aún bajo tu propia navaja.

Quisiste ser rica al lado de muchos amigos vanos. Pensaste que todos te querían porque tu falsedad les invitaba a acercarse como una carnada a un pez incauto. Ésa era toda tu fortuna. Ese buen trato que tanto te costaba fingir pasó a cobrar su factura y ahora te han abandonado.

Quisiste abarcarlo todo, pensando que todos estaban en la obligación de quererte. Como un contrato del cual no hay ruptura. Lloras porque han roto las cadenas que les aplicaste a sus pies.

Aparenta rodearte de tres o cuatro fieles soldados que crees que no te abandonarán en la batalla. Aprenderás, muchacha, que ellos finalmente morirán también, o por lo menos, huirán pensando sólo en salvar sus propias vidas.





Tan sólo querías ser una persona de importancia ante los demás. Las apariencias siempre fueron el ingrediente principal de la receta de tu decadencia.

Te ves en ese espejo social que tanto te deformó. Te ves y no encuentras nada, porque realmente nada posees. Eres una mezcla de las expectativas de los demás y de tus propias ocurrencias que tu corta mente jamás pudo aplicar para hacerte crecer como persona. Sólo hay una sombra ahí y es que eso eres.



Y ahora que estás sola, es cuando yo me alegro. Porque pudiste tenerme ahí, como el más fiel amigo, pero preferiste desecharme y lanzarme a la basura entre insultantes frases. Pensaste que te sobraban personas que te querían. Pensaste asimismo que eras una persona a la que jamás le faltaría el amor.

Deseo que tras esa lágrima de soledad, siga una última por los tiempos pasados. Cuando el peso de la verdad caiga sobre ti, y la luz del sol tras las nubes te deslumbre, te desplomarás sabiendo que jamás fuiste feliz. Tus sonrisas eran simplemente muy plásticas. Jamás fuiste feliz, lo sabemos ambos.

Detrás de ese odio fingido de humildad, de esa carga de plomo en tu estómago que disfrazas de tu característico intento de bondad, sabes que es a ti a quien te desprecias. Eras una reina falsa que sin sus súbditos de juguete corre temerosa por el bosque implorando que alguien la rescate de la oscuridad.

Y yo me río. Me divierto. Me complazco. Porque estás aprendiendo al fin lo que es una verdadera traición de quien esperabas todo.

Porque no soy yo el perdedor. No, no soy yo, que vivo libre, sin preocupaciones y sin expectativas recargadas en los demás, quien ha perdido en tu sucio juego de dominio.

Quizá algún día aprendas que has desperdiciado tu vida entera en fingir ser una bella muñeca que, tras los finos vestidos, no es más que un guiñapo. Que tu valía está por los suelos y que, gracias a tu torpeza por no poder contener a quienes realmente te querían, mereces las lágrimas que estás derramando. Ésas y muchas más.



sábado, 8 de febrero de 2014

103. Tu vuelo.






Busco entre los escombros, bajo el gélido anochecer, alguna pista que confirme la teoría de que alguna vez hubo algo entre nosotros.

Las ruinas se asoman a medianoche, tienen la frialdad de la luna al tacto. Siento que alguien se burla de mi inspección, como si realizar retrospectivas fuera algo tan lúdico y absurdo.
Pero estoy seguro de que hay algo que no se puede pasar por alto. ¿Cuántas veces se dicen cosas que no salen del corazón, y que se funden en una máscara de amabilidad y cordialidad?

El hielo del aire me petrifica los pulmones y me asfixia, a la par que comprendo que todo ha terminado. ¿Qué voy a buscar, cuando la respuesta ya me la diste? Sólo esperaré a que la indiferencia termine de insultar a mi moral, hasta que se satisfaga y me deje desvalido. Y, por qué no, esperaré también a acostumbrarme a la sombra de tus recuerdos y a la ausencia de tu persona.

En mi ser, por dentro, aún rebotan las palabras que me encantaron, y es que eras más que un simple gusto o una afición para mí. Eras un modelo de hermandad. Algo más de lo que yo pude querer o siquiera concebir. Eras lo que soñé sin saberlo.
Trozos de un lazo dorado se desperdigan por los suelos. Tela desgarrada y promesas a medio cumplir. Un pasado que nos ató, conjugándose con un porvenir de indecisión y duda para nuestra propia historia de dos.
Fue la belleza una eterna sirena que, hechizándonos, nos hizo perder la cordura. ¿Qué puede haber más irreal e incierto que una promesa lanzada al aire, un siempre o un jamás? ¿Hay algo que nos ciega con mayor fuerza, por las expectativas enormes de la felicidad?

Mi pequeña, lo ilusorio y lo lejano, mi débil utopía; virtual joya, que se lleva a manera de holograma, con la desazón de no poder tener el placer de tocarla y disfrutar su presencia, ¡qué daño me he causado yo mismo! Sí, he agradecido lo aparente, sí. Pero mi corazón ha sido atravesado por mi propia flecha, y eso es lo que no puedo pasar por alto.

Tu bondad y nobleza tañían las fibras de mi ser como se tañe a un arpa. Solía estremecerme con dos palabras tuyas, ocultar mi sonrisa lo consideraba una necedad primitiva. Estabas para mí y yo para ti.
Ahora un huracán nos ha hecho caer en direcciones contrarias por la fuerza de sus vientos impetuosos, y probablemente cuando nos queramos acercar seamos dos imanes repelentes. ¿Cómo saberlo? El tiempo lo dirá, aunque ya ha comenzado a escribir nuestro cuento de Tragedia, y su pluma ya vuela.
Como nuestras propias plumas.

Y como volaron las expectativas, y como voló la felicidad, y como quizá algún día vuelen esas sombras que se nos arrastran por los suelos.

Y como volaste a un nido lejano.



__


Mel <3

viernes, 15 de noviembre de 2013

102. La vida en dos colores.




Advertencia: podría herir susceptibilidades. Mis cuentos son crudos.






_____

Cuando yo la conocí, me di cuenta del desacierto natural enseguida.

No era que le importara mucho, su vida era feliz, su sonrisa era espontánea y su locura era sorpresiva. Tenía un sentido del humor extraño, de pronto sus profundos temas de conversación terminaban en simples muecas graciosas que nos hacían reír a todos los que estábamos alrededor. Corría y trepaba los árboles con una agilidad sorpresiva; hablaba mucho, pero todo lo que decía era extraordinariamente entretenido. Nos narraba historias fantásticas, salidas de su excéntrica imaginación muy infantil. Solía contar chistes originales y parecía llevar una vida que retozaba entre la diversión y el esparcimiento.

Era un alma feliz.


Ella y yo caminábamos juntos frente a las aulas vacías una vez terminando las clases. Yo, con mi eterna mochila negra al hombro; ella, con sus lentes demasiado oscuros, estuviera el sol en todo su esplendor, o el cielo cubierto de nubes. Me hablaba algo sobre un videojuego que había finalizado, o del capítulo del día anterior de alguna serie televisiva. Se detenía a observar la mantis religiosa posada en el barandal del segundo piso. Me sujetaba del brazo para que parara la marcha, porque se había interesado en algún mural de los que adornan nuestro colegio. De pronto simplemente se lanzaba a los céspedes y me sugería que hiciera lo mismo, con la serenidad reflejada en su rostro, un ambiente de paz y tranquilidad se respiraba junto a su persona.

La seguía a todos lados, y si no era así ella era quien me seguía.


Frente a mí se quitaba los lentes oscuros, y cuando lo hacía, ponía un rostro muy raro, muy serio, muy nervioso.

Yo le pasaba mi brazo sobre sus hombros, la acercaba a mí y le murmuraba con seguridad: “Tranquila, todo está bien, ¿lo ves?”.


Otras veces no era necesario ninguna clase de consuelo. Yo desde el primer día en que la conocí, noté su singular rostro, enmarcado por dos colores que resultaban altamente prominentes. No eran sus enormes y redondos ojos lo que llamaba la atención y motivaba a las burlas de sus soeces compañeros, sino la heterocromía de los mismos.


—Antes me molestaban muchísimo por esto —dijo una vez, cuando confesábamos algunos secretos. Las lágrimas se le agolparon y por primera vez fui testigo de ello.

—Vamos... esos ojos se te ven hermosos. Son especiales —le contesté con una mínima sonrisa, viendo el verde intenso de su iris derecho, y el negro profundo del izquierdo.

—No lo sé. Sólo... siempre me he sentido tan extraña —volvió a decir—. Daría lo que fuera por ser normal un solo día, ser como los demás.

—¿Por qué ser como los demás? —le pregunté—. ¿No es eso demasiado aburrido? ¿No es demasiado conformista?

—¿Y te parece poco aguantar las burlas de los muchachos, todo por culpa de mis ojos defectuosos? —exclamó, ya con el sentimiento a flor de piel.

—A mí me encantan. Bicolores —le contesté, con absoluta franqueza. La miraba, y por primera vez también, ella comenzó a sentirse nerviosa.

—No son bonitos. Sólo nací rara y fea —esquivó mi mirada y trató de taparse los ojos con las manos—. Los ojos verdes de mi padre y los negros de mi madre se fusionaron en mí de mala forma. Nunca te lo había confesado, pero son muchas las noches que me siento mal conmigo misma por haber nacido diferente. Quisiera, quisiera arrancármelos, colocarme unos normales. He tenido ganas de hacerlo.


Bajé la mirada, antes de contestarle algo.


—Venga, ánimo. No es nada malo. Tus ojitos funcionan a la perfección. Sólo que cada uno decidió vestirse de diferente gala. Eso es maravilloso, imagina si todos nos viéramos iguales. Tú eres tan diferente en tu personalidad, eres tan agradable, tan divertida, tan maravillosa. Pues tu mismo cuerpo también está denotando que quieres ser auténtica y original, y repito, se te ven bellísimos. Venga, venga. Vamos a la cafetería, que yo compraré los chocolates calientes. Sólo anímate, ¿sí?


Recuerdo que ese día fuimos a la cafetería mucho más alegres, ella tenía la capacidad de cambiar de estado de ánimo de un momento a otro. Fue casi como una palabra mágica, pues enseguida me sonrió, se levantó de un salto y enfiló incluso antes que yo hacia el lugar acordado, no dejando de dar gracias por la atención. Y yo me sentí bien, con ella y conmigo mismo. Realmente la quería como una hermana, y tuviera los complejos que tuviera, era sencillamente maravillosa...


Creo que entre más pasaban los días, más inseparables nos hacíamos. Ella se colgaba de mi brazo a veces; decía, entre broma y broma, que abrazarlo le brindaba una protección especial. Creo que lo decía muy en serio, aunque cuando lo hacía reía también, para no mostrar demasiado su lado sensible.

Ante sus problemas, prefería guardárselos, mostrando alguna muequita característica de su estado de ánimo disfrazado de diversión; y si era yo el del problema, me tomaba las mejillas con ambas manos, de una forma muy cariñosa, y me dibujaba una sonrisa, pues aunque fuera forzada, ella consideraba que era un gran avance para llegar a la felicidad o por lo menos para salir de la depresión.


Incluso hasta hace unos días, cuando venía corriendo hacia mí y gritándome algo entre risas, su semblante era el de una persona que no teme a la vida y que trata de buscar la perspectiva más bella de la misma. Me daba mucha risa porque corría casi tropezándose para encontrarse conmigo, con su cabello muy revuelto, su chaquetón gigante y sus eternas gafas oscuras, para contarme que ya tenía idea de qué disfraz usaría este Halloween.


—¿Ah, sí?

—Seré un gran, un enorme espantapájaros —me contó, muy feliz de la vida—. Creo que iré asustando por ahí con un enorme sombrero desaliñado, con una chaqueta remendada y con montones de paja saliéndome de las manos.

—¡Considero que será un gran disfraz! —le contesté, sonriendo—. Vaya que tienes creatividad. Yo te ayudaré en lo que pueda con él.

—¿Te parece que calzaré bien con el personaje? —me preguntó.

—¡Oh, sin duda que sí!

—¡Perfecto! —exclamó—. Todo es cuestión de conseguirme unas cuantas cosas y tendré listo el disfraz para pasado mañana.

—Todos aquí en la escuela se disfrazan incluso en las mismas clases. Podríamos pasar por la cafetería a asustar unas cuantas almas descuidadas... —propuse.

—¡O mejor pararnos en el jardín grande! Sería muy adecuado para un espantapájaros —consideró.
—Ya lo veremos, ¿sí?



Y cuando el día llegó, no parecía ser diferente a los demás Halloween que ya me había tocado vivir en el colegio. Era una institución que contenía todos los niveles educativos en ella, así que yo ya habia pasado cerca de diez años en ese lugar, viendo cómo octubre tras octubre los más originales hacían gala de sus mejores disfraces. Veíamos todo tipo de espectros y criaturas espeluznantes deambular por los pasillos, abriendo las puertas de las aulas de golpe y gritando algo terrorífico, al compás de las protestas de los maestros, que no alcanzaban a amenazarles porque aquéllos ya habían corrido.


Yo ese día caminaba con mi amiga Sofía por el área de los laboratorios. Sofía, sin disfrazarse de nada al igual que yo, era una amiga de la infancia a la que yo había invitado ese día a visitar el colegio y que fuera espectadora del gran concurso de disfraces que se llevaba a cabo ya por la noche. Estaba realmente asombrada de lo ingeniosas que eran muchas personas que caminaban por todos lados: ya había demonios de colas largas y cuernos retorcidos, ya brujas de vestidos arrugados y sucios, ya fantasmas y cadáveres vivientes con sangre seca por el rostro, ya espectros de la muerte misma con su hoz y su singular aspecto de terror.


—Gracias por invitarme hoy —me dijo Sofía—. Realmente adoro Halloween y ver esta clase de eventos me pone muy entusiasmada. No sabes cómo me encanta analizar los disfraces punto a punto, son cosas muy difíciles de hacer y tiene su mérito.

—Por nada —le respondí, tratando de ser agradable—. A mí también me gusta hacer eso.


Fue en eso, creo, cuando llegó corriendo alguien hacia nosotros, de forma torpe y característica. A pesar de llevar un espeluznante traje de espantapájaros, con su viejo chaquetón, su sombrero desaliñado y con paja saliéndole por todo el cuerpo, reconocí la sonrisa juguetona de mi vieja amiga y no pude menos que sonreír también.

Se paró frente a mí, con su sonrisa de oreja a oreja, esperando que le dijera algo por su traje.

—¡Qué bien te sienta! —le dije, mirándola de pies a cabeza—. ¡Te ves tan terrorífica!

—¡Sí! ¡Es genial! ¡Me encanta! —me contestó, con entusiasmo.


Sofía, que se hallaba a un lado de mí, la veía también un tanto asombrada, con su sonrisa ladeada.


—Sólo que un espantapájaros no se ve bien con gafas de sol, pequeña —le seguí diciendo a mi amiga, mientras se los retiraba con cuidado y me los guardaba en la mochila—. ¡Así mucho mejor!


Recuerdo que ella sonrió un tanto intimidada, pero continuó con su actitud divertida y espontánea. Luego de que mis dos amigas cruzaran miradas, hube de presentarlas para que se conocieran y para hacer amena la tarde entre los tres, deslizándonos por cada pasillo del colegio para contemplar el ambiente y posteriormente para ser espectadores del concurso que se desarrollaría más tarde.


—¡Vamos por chocolate caliente a la cafetería! —nos propuso a ambos mi amiga espantapájaros—. Vamos, los invitaré esta vez yo.


La seguimos, porque el día era frío y francamente nos apetecía bastante. El vaivén de la chica espantapájaros era singular y divertido cuando caminaba, su sombrero se agitaba de una forma tan curiosa que casi estuve a punto de reír.

Una vez que pedimos nuestros desayunos (una empanada para Sofía, un paquete de galletas para mí y un pastelillo para mi otra amiga, todo acompañado de tres vasos humeantes de chocolate caliente), nos colocamos en una mesa arrinconada de la planta alta de la cafetería. Era un sitio cómodo y distante, desde donde podíamos observar bastante actividad y ver muchos disfrazados pasar de un lado a otro.


Mi amiga picoteaba con su tenedor el pastelillo que se había comprado, aunque por algún momento pensé que lo hacía desganada y sin mucha hambre. Yo daba sorbos pequeños a la bebida, cuidando de no quemarme la lengua, que es especialmente sensible ante las cosas calientes. Sofía estaba sonriendo, todo el tiempo.


—De modo que... tú misma te hiciste el disfraz —dijo a mi amiga.

—¡Así es! ¿Te agrada?

—¡Mucho! Sí que es bello y sumamente detallado...

—No fue tan difícil....

—Entiendo. Es un Espantapájaros Loco —complementó Sofía.


Yo tuve un mínimo acceso de risa ante el comentario mientras tomaba otro sorbo a mi bebida, aunque tuve el cuidado de no derramar nada.


—Ella está loquita, ya lo irás descubriendo —dije, simpático.

—Entiendo... se nota —dijo—. Ha puesto gran énfasis en ello.


Mi amiga volvió a picotear su pastelillo, sin haberlo probado.


—Voltea a verme un momento —le dijo amistosamente Sofía.


La chica espantapájaros la miró con sus enormes ojos redondos y profundos. Sofía la contempló por un momento y, sonriendo, como quien hace un cumplido, comentó:


—Qué ojos tan horribles, tu mirada es sencillamente bizarra, propia de un espantapájaros loco.

—No es la primera vez que me lo dicen —respondió la otra, bajando la cabeza enseguida.

—No, en serio. Mira que combinar todo este disfraz con colorearte de esta manera los iris fue algo tan original como macabro, abominable y tenebroso. A mí jamás se me hubiera ocurrido, da miedo y horror de verdad. Así, con un ojo verde y otro negro, pareces una loca —rió profundamente, divertida—. Conocí un gato blanco con ese problema. Pensé en lo desgraciadas que serían las personas que nacieran como ellos, afortunadamente creo que nadie es así. Me encanta, me encanta tu disfraz, amiga, y francamente quedé aterrada con la horripilante combinación de tus ojos. ¡Muchas felicidades, seguro ganas esta noche!


Yo me quedé petrificado en la silla, apenas pudiendo tragar el sorbo de chocolate que me había echado a la boca. Mi amiga, viendo fijamente a su pastelillo tembloroso y clavándose las inocentes palabras de Sofía en su mente. Y la otra, muy ufana, pensando en que había hecho un gran cumplido al creer que esos malditos ojos eran parte del disfraz.


Repentinamente la espantapájaros se levantó de la silla, lanzándola hacia atrás, volcando su pastelillo y tomando su tenedor con fuerza, y se dirigió a las escaleras.


—¡Espera! —le grité, luego de echarle una mirada mortal a Sofía, quien se quedó con la empanada en sus manos sin saber qué pasaba.


Pero al llegar con la que escapaba, fue imposible detenerla. El recuerdo más doloroso que tendré en mi vida probablemente, es ése, y es que nada jamás se comparará al momento en el que traté de sujetarla por el hombro y que ésta se echara al suelo mientras, decidida, se clavaba enloquecida por el dolor el tenedor en su rostro.

Sus aullidos resonaron por toda la estancia, y todos los comensales se levantaron enseguida a ver qué es lo que estaba pasando. Traté de detenerla inútilmente, era tarde.


—¡No los quiero! ¡No los quiero! —notaba cómo articulaba entre gritos desgarradores de dolor.

—¡Ayuda! ¡Ayuda por favor! ¡Una ambulancia! —grité conmocionado, con la vista borrosa, con un mareo increíble, con el corazón saliéndose por mi garganta.


Mi mejor amiga se había destrozado sus ojos en un arrebato de violencia y pasión. Gritaba, aullaba, derramando sangre por el suelo y retorciéndose, ante la mirada impávida de Sofía que se había vuelto una estatua humana en su silla, como pude notar al verla de reojo.


_____________________________




Gracias, Blacky. Te quiero.

martes, 5 de noviembre de 2013

101. Mi enfermedad.



Una vez que fui consciente de lo que pasaba por mi mente, una vez que entendí que yo era una persona distinta a las demás, una vez que aquel hombre me explicó lo que en verdad ocurría conmigo, fue cuando pude entender que yo era más que una simple estúpida.

Una simple estúpida.

Esas palabras.


—¡Una estúpida!


Resonaban cuando yo me enrollaba en mí misma bajo los cojines del sofá. Resonaban como cuando se golpea una campana de enormes magnitudes, así, en mi cabeza.


—¡Nuestra hija!
—¡Sí, nuestra hija!


Me agitaba como si sufriera de convulsiones. No podía parar. Era desorbitar los ojos en medio de la negrura, ambiente que proporcionaban las cavernas bajo los cojines y sobre el sofá. Mi respiración exaltada entendía más que mi mismo cerebro, a veces sentía que me ahogaba.

No sólo cuando ellos discutían sobre mí, no sólo cuando me escondía tras los almohadones o cuando me sentaba en las escaleras del puente, en soledad.


Era constante. No podía dejar de moverme en clase, por ejemplo, siendo así víctima de la astucia de Maribel.


—¿Algún mosco te ha picado? —me dijo ésta un día, apareciendo desde atrás frente a mi rostro y viéndome a los ojos, a mis ojos tornados.
—¿Mosco? ¿Cuál mosco? —le respondí yo, incapaz de entender lo que algunas personas llaman sarcasmo.
—¿Por qué te agitas de esa manera? —me insistió.
—Porque sí.


Y terminaban las conversaciones, con Maribel, con Damián, con la maestra Fernández.
Con la mujer de limpieza, con la secretaria de papá, con el sonriente hombre de los helados.
Terminaban, siempre terminaban.
Para mí estaba bien que terminaran, creo que a los demás les molestaba un poco y realmente es difícil entender por qué. En todo caso algunas personas comenzaron a odiarme, y me sumé unos cuantos enemigos a mi lista.


—¿Por qué pisas ahí, muchachita?
—No sé...
—¿Qué no ves que acabo de pasar el trapeador y el suelo está mojado? —protestaba la mujer de limpieza.
—Sí.
—¿Entonces no puedes rodear la zona?
—Sí —respondía yo, con un tanto de firmeza. Era cierto, podía rodear.
—Muchacha grosera —espetaba ella, con ojos de lumbre—. Quítate de aquí, largo, déjame terminar mi trabajo.

Un breve empujón en mi hombro me sacaba de la escena para que ella pudiera volver a limpiar el lugar que yo ya había ensuciado con mis enormes botas.


Fue de esa forma que me enemisté con la mujer de limpieza. Siempre que paso frente a ella me mira como si tuviera hambre y quisiera devorarme. No entiendo realmente por qué, si no soy comestible, y de serlo, no resultaría francamente apetitosa.

Aprovechaba en los momentos que estaba sola para descargar su ira, me parece.


—¡Óyeme, jovencita! ¿Por qué has tirado tu envoltorio del caramelo en el piso? —me aulló una vez.
—No sé... —murmuré, y para corregir el daño, lo levanté casi enseguida para guardármelo en el chaquetón.
—¿No te educaron en tu casa a no tirar la basura donde sea?
—No.
—Qué jovencita tan irrespetuosa. ¡Desaparécete de aquí!
Recuerdo que me quedé pensando unos instantes, que le parecieron eternos a la impaciente mujer.
—Pero no puedo desaparecer. Eso sólo pueden hacer los espíritus y el polvo en el viento —dije.
La señora se me acercó, dejando la escoba recargada en un pilar cercano, y ya frente a mí, con las manos colocadas en su amplia cintura y resoplando como un toro, me dijo:
—¡De mí te vienes a burlar! ¡Cínica, sucia!



Pero la mujer de la limpieza no era la única que no me tenía consideraciones. Las majaderas del salón también eran otro caso. Muchas veces simplemente no toleraban mi presencia y no sé por qué, realmente, si nunca les hablo, nunca causo problemas. Sólo estoy haciendo lo que quiero, lo que es bueno para mí, sin afectar a los demás. Los demás no existen en mi mundo.

Y a pesar de que frente a ellas no dejo ver ninguna clase de emoción, cuando estoy en casa busco mi lugar favorito para expresar mi llanto. Bajo las almohadas del sofá, ahí en donde todo alrededor parecen cavernas oscuras, en miniatura. Ahí suelto mis lágrimas como en una lluvia, con gritos, con gritos de dolor.


—¡Estúpida! —gritos externos como música de fondo para los lamentos de mi corazón.
—¡Nuestra hija!
—Sí, ¡nuestra hija!
—¡Estúpida! ¡Una estúpida! ¡Una estúpida! ¡Una estúpida...! ¡Una es...!

Y las palabras dejaban de tener sentido, carecer de razón. Se repetían, no sé si en la realidad, no sé si en mi mente, no sé si en mi imaginación o si en el cielo o en el universo. Quizá sólo eso era, y me sentía como una basura. ¿Por qué? ¿Por qué proyectar mis pensamientos, entonces, hacia el mundo? ¿Qué valía yo si nadie me entendía, si todos me odiaban?


Recelosa, durante las clases miraba a los demás compañeros, no a los ojos, los miraba a las manos, quería notar qué hacían. Pero no podía expresar nada. Luz Elena me llamaba “la Muda”; Antonio me decía “La idiotita”, aunque nunca abiertamente, sólo lo escuchaba referirse así de mí ante sus compañeros. A mí apenas me echaba vistazos fugaces y jamás cruzamos palabra.

Sí, yo era muda. Sólo tenía que hablar cuando era necesario, cuando no simplemente me reservaba. Tantas cosas no las comprendía en el momento.





—Muchachos, atendiendo a las pasadas clases de Historia Universal y del repaso que, supongo, dieron en casa sobre las monarquías absolutas, ¿alguien me puede responder a quién se le consideró “La Reina Mártir”?

Un silencio sepulcral invadía la sala. La maestra Fernández, con un libro deshojado en la mano, nos miraba atenta, sus ojos seguramente coloreados de manera artificial iban de un lado a otro de la estancia. Sí, estaba segura de que el color de sus ojos no era el natural, yo lo había observado antes en silencio.

—La Reina Mártir, ¿alguien sabe? ¿Nadie?

Vi cómo Luz Elena bajaba su rostro para esconderse detrás de Nataniel y que no fuera pillada en su ignorancia por la maestra. Vi cómo Antonieta giraba ligeramente la muñeca, seguro le dolía. Vi cómo José Juan se echaba un pequeño chicle a la boca mientras se tapaba con la otra mano para no ser advertido. Vi cómo Ernesto hacía como que tomaba apuntes tras su libreta pero en realidad sólo dibujaba. Vi cómo María Inés se observaba la punta de su cabello castaño... vi cómo...

—Son una vergüenza como clase, ¿saben? Ningún otro grupo me tiene más frustrada que ustedes, que no leen, que no saben nada.

También noté cómo el lado rojo ya estaba casi lleno, el lado amarillo tenía ciertas combinaciones con azul, el verde no coincidía, el blanco estaba perdido, desperdigado, el lado supuestamente azul estaba lleno de...

—¡Josefina! —exclamó la maestra Fernández, dirigiéndose a mí—. ¿Acaso quiere que le quite su cubo de colores? ¿Qué demonios está haciendo en clase y jugando? ¿Quiere que se lo decomise?
—No, maestra —dije, y solté mi cubo de Rubik, sin el cual yo no iba a ningún lado.
—¡Respóndame usted entonces a la pregunta! —gritó, aún alterada.

Me quedé inmóvil, no sonreí, no hice un gesto, no parpadeé. “Parece una estatua”, escuché del lado derecho a alguien en la clase, y más comentarios lo sucedieron: “Creo que la maestra consiguió aterrarla”, “Yo sólo espero que no se haya orinado encima”, “Ja, ja, ja, orinado encima”.

—Estoy esperando, ¿no me va a contestar? Leyó sus lecturas, ¿no fue así?

Mis ojos no se clavaron en la maestra, sino en la pared. Parecía que la pared, formada de ladrillos, tenía cierta semejanza con mi cubo de rubik. Había ladrillos de tonalidades diferentes, había unos más saltados que otros, había uno que parecía más oscuro que el restro. Otros tenían trozos de cinta adhesiva, que los compañeros no quitaban cuando se llevaban las cartulinas. Los ladrillos no se extendían completamente hasta el techo, sino que topaban con una viga extraña, todo eso me recordó a otro de mis juguetes. Mis juguetes, estaban en casa, ¿en el mueble derecho o el izquierdo? En el izquierdo, sin duda, pero en el cajón de abajo... o era el de arriba...

—Entonces deme acá su juguete, deme —dijo la maestra, enfadada conmigo, al no recibir respuesta.

Alcé la vista, la miré brevemente, no a los ojos, sino a su contorno, a su cabello desaliñado, a sus manos temblorosas que sostenían un libraco, a su boca fruncida, a su blusa de abuelita, sus detalles de flores en miniatura, a sus pechos asimétricos, a sus brazos de piel seca. Dije al fin:


—Fue a María Estuardo, reina de Escocia y de Francia, además de ser la legítima heredera de la corona inglesa, arrebatada de forma injusta por su prima, la reina Isabel. Fue llamada así dado que pasó una vida de penurias e insatisfacciones, huyendo de los invasores que destruyeron su minúsculo reinado y la condenaron a morir guillotinada luego de haber pasado por las peores humillaciones que una reina puede experimentar...
—Basta, basta, basta —dijo la maestra especialmente asombrada, y luego de una pausa, añadió—. De acuerdo, de acuerdo. Sólo pedí el nombre. Ya me queda claro que ha leído. Pero eso me hubiera dicho desde un principio, muchachita. Y no quedarse calladota. Guarde ahora mismo su cubo.


Lo hice.


___

Recuerdo que fue a la hora de que acabara la clase cuando me llamó.

—Josefina. Josefina, ven.

Y yo, dudosa de acudir por otro eventual regaño, me quedé inmóvil de nuevo, abrazada a mis libros, a medio camino entre mi pupitre y la salida del aula.

Los compañeros ya se habían retirado. Sólo quedaba la maestra Fernández en su escritorio y yo, indecisa.

—Josefina, ven, que no muerdo.

La miré, de nuevo, no a los ojos, no ahí. A la boca, a sus cabellos, a sus manos, a su libraco ahora posado en el escritorio, a los ladrillos y la viga, a mis manos, al techo, al escritorio, a su boca, a la viga, a la pared, a sus cabellos.


—¿Qué te pasa, Josefina?
—No me pasa nada.
—¿Por qué actúas de esa manera?
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—No sé. Sólo actúo.
—Pero he visto que tienes problemas con tus compañeras. Tienes una actitud extraña.
—Tengo mi actitud extraña.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué, maestra?
—¿Por qué tienes esa actitud? ¿Quién te ha hecho algo como para que estés malhumorada?
—No estoy malhumorada.
—No pareces malhumorada y sin embargo lo estás, Josefina... ¿odias a tus compañeras?
—Sólo... sólo quiero que me dejen en paz.
—¿Por qué, Josefina?
—Porque se meten en mi vida.
—¿Cómo así?
—Maestra, por favor, ¿me puedo retirar?
—No, sólo espera un poco. Vamos, sólo estas preguntas. Realmente me interesas. Hay algo en ti que no tienen las demás.
—Lo sé. Soy una estúpida. Sólo una estúpida.
—Josefina, no hay razón para que te digas a ti misma de esa manera. No está bien, y lo sabes.
—Pero es la verdad. Mi padre lo dice todo el tiempo.
—¿Te lo dice?
—No, no a mí. Sólo lo dice.
—¿Solo?
—A mi madre, a mi madre se lo dice. Que soy una estúpida.
—Y entonces tú lo escuchas...
—Sí.
—¿Sabes? No creo que seas una estúpida...
—¿Me puedo retirar, maestra?
—Sólo un momento más, Josefina. Realmente me preocupo por ti.
—Sí.
—¿Qué piensas de tus compañeras?
—No pienso nada.
—Oh, claro que lo haces. Dime con confianza. No te pienso delatar ante nadie. Bastante tienes ya con las cosas que andan diciendo de ti, me imagino.
—Son raras y entrometidas. Todo el mundo es raro.
—Creo que es así. Pero hay algo más.
—Tal vez.
—Toda tu conducta me lleva a creer que podrías padecer de algo que quizá ignoras.
—Déjeme ir, maestra, sólo soy una estúpida.
—Eres muy observadora y analítica, sin embargo no te expresas. Sabes mucho, y no hablas. Sólo miras. ¿Por qué no me miras a los ojos?
—No me gusta.
—¿Por qué?
—No sé.
—No me miras a los ojos... y tu cubo, ¿por qué te gusta tanto el cubo de Rubik?
—No lo sé.
—¿Eres capaz de armarlo?
—Sí.
—¿Te parece fácil?
—Sí.
—¿Cuán fácil?
—Fácil.
—Entiendo. Tranquila. Todo me parece encaminado hacia una solución. ¿Podrías acompañarme, por favor?
—No quiero.
—¿Por qué no?
—Nadie piensa que tengo algún padecimiento. Déjeme ir.
—Pero yo sí lo creo, y no es nada malo. No pasa nada. Sólo iremos a psicología porque me interesa que estés bien.
—Entonces vamos.


Y eso le dije para que me dejara en paz más pronto. No le contestaba yo de mala forma, no me desagradaba, pero tampoco era una mujer agradable para mí. Simplemente era ella, era la maestra, era a quien debía hacerle caso. Mis respuestas eran breves, sin embargo no contenían malicia alguna, simplemente no sabía qué más responder o cómo comportarme en sociedad.


Al salir del aula junto con la maestra, alguien me puso el pie, y creo que fue Maribel que se hallaba recargada en la pared exterior, tal vez esperándome y llegando al clímax de su maldad cuando vio que me tropecé, solté mi cubo y se destrozó a los pocos metros. Creo que se disculpó. Probablemente haya sido sincera. Movió su boca, dibujó una sonrisa, ¿las sonrisas qué significaban? Mamá decía que la gente las dibujaba cuando estaba alegre... o a veces cuando fingía alegría. En todo caso, las sonrisas son muy difíciles de descifrar.

Cuando Antonieta me preguntó que por qué no sonreía nunca, sólo le dije que no sabía en qué momento debían ser aplicadas.

Es algo difícil.

No sé por qué sonrió.

Pero junté yo sola todos los pequeños cubitos que conforman mi juguete.




Ahora quiero llorar. Ahora que he recorrido mi vivencia. Quiero hundirme en las cavernas de las almohadas y el sofá y llorar, aunque ya no exista el grito de “¡Una simple estúpida!” exclamado por mi padre. Ya no.

Quiero llorar porque he estado hojeando mi expediente, en donde después de tantas pruebas realizadas y sobre la línea de padecimiento, han anotado con letra muy segura “Síndrome de Asperger”.

jueves, 17 de octubre de 2013

¡100 entradas!

¡Y es así como este humilde blog oficialmente llega a las 100 publicaciones!
Muchas gracias a todas las personas que directa o indirectamente se han dedicado a apoyarme y a hacerle frente a cualquier obstáculo. Sin la ayuda de muchísimas personas no hubiera podido lograr este enorme proyecto personal (sé que pocas personas lo leen, pero esas pocas son las más valiosas para mí y para lo que conlleva tener que estar publicando mis pensamientos, reflexiones y cuentos, que aunque sean mediocres, son creaciones propias y de cierto modo me enorgullecen).

Nombrar a todas las personas que me ayudan en esto sería difícil, porque son muchas, pero debo agradecer principalmente a:

*Alice Moonlight, a la cual ya he expresado mi gratitud en varias de las publicaciones, dado que gracias a su chispa y su creatividad me ha ayudad bastante para la creación de nuevas ideas y desarrollo de algunas que han quedado trabadas. Alice, sabe usted el enorme agradecimiento que le tengo por diversas cosas, pero en el aspecto de la creación ha sido uno de mis pilares más grandes. Su sentido crítico y analítico es único. No hubiera sido posible superarme en mi etapa más mediocre si no hubiera sido por sus útiles y oportunas reprensiones.

*Mel, gracias por la inspiración que me causa tu persona, eres una caja de sorpresas y sin duda te debo muchas de mis ideas con tu simple presencia. Eres un enigma para mí, algo que sólo se compone de literatura y expresiones estéticas. Eres el mayor componente de las publicaciones más oscuras escritas en este blog.

*A Key mi hermana que, pese a la lejanía, siempre me apoyó en esto, estoy seguro que gracias a personas que creen en mí como tú continuaré esto adelante, éstas son apenas 100 entradas de muchas más que pienso publicar. Sinceramente gracias, no olvidaré cómo fuiste una de las primeras impulsoras de este blog cuando todavía estaba muy incipiente. No se ha convertido en gran cosa de forma objetiva, pero para mí sí, estoy feliz por esto. Gracias por todo.

*A María Eugenia, lamentablemente estamos distanciados física y espiritualmente en estos momentos, pero confío llegue el día en que deba editar esto para expresar lo feliz que me encuentro de que me haya vuelto a reunir emocionalmente con esta extraordinaria persona. Fuiste la mayor aficionada a este blog, lo leías a diario y sé que te conoces de memoria muchas de las entradas. Gracias por ese grandioso empujón que le diste a mi ánimo en momentos en los que lo necesitaba, has sido parte de mucha de mi inspiración, y eso jamás, jamás lo voy a olvidar.


*Nombraré de forma impersonal a todas esas personitas que en mayor medida me han ayudado con la elaboración de algunas de las publicaciones o que de cierta forma me han alentado. Gracias, Vico, por el cariño, en tu nombre plasmo una entrada, la de Paraíso. Gracias a Kai, por haber tenido la amabilidad de impulsar y promover este blog en sus inicios. Agradezco a mi ex-maestra de Taller de Composición Aracely Álvarez por creer en mí y darme su impulso también en cuanto lo necesité. Gracias a mis lectoras Alessandra, Fernanda (las dos, no deseo dar apellidos pero si lees esto, alúdete), Kohome, la fiel Estrella Solitaria; un agradecimiento tremendo a Onix, grandiosa artista, quien me ayudó a ilustrar uno de los cuentos predilectos de mis valiosos lectores "El juego", y en general a todas las personas que se han parado por aquí, sean conocidos o no, y que han leído por lo menos la más breve de mis publicaciones. En verdad se los agradezco de corazón, los conozca o no es muy significativo para mí.

¡Ahora vamos por las 200!

99. Frente al espejo.





Su sonrisa favorece a mi espíritu y me siento aliviado al verla.
Frente al espejo, mis ojos firmes ante él, mi desgarbada figura importa muy poco ante la perfección de su belleza.
Me toma el hombro, sonríe con una indiferencia placentera ante los dilemas de la vida, y sus finas manos posadas sobre mí me destruyen cualquier defensa.
No hace falta el viento para que sus cabellos luzcan un efecto ondulado, y su poderoso color rojo deslumbre en el aposento entero.


Frente al espejo, no hace falta más que una sombra que simule mi desdicha y a la vez mi esperanza. Mi estabilidad anímica es peligrosamente amenazada con la simple idea de su presencia.
Queda morder mi labio inferior, cerrar los ojos, dejar que se acumulen las lágrimas tras mis párpados y tragarme el amor hasta el fondo de la médula.
Desear que deje de mirarme con esos ojos demasiado especiales.


Frente al espejo, sólo dan ganas de darle un puñetazo. No hay a quien dirigirme salvo a mi reverenda estupidez y mis añoranzas de las vivencias dichosas del pasado.
Hoy es un fantasma que deambula por los recónditos pasajes de mi interior, que fulmina mi corazón cada vez que recorre hasta él, que me recuerda al amargo sabor del veneno.
“Amor”, me dice, a veces. Mi boca no se complace en dibujar sonrisas ante sus aleatorios comportamientos muy poco comprensibles. Creí haber llegado a un punto en el que las tormentas ya ni se dignaban a mojarme la piel.


Frente al espejo, todo es una fantasía; tras de él me atormenta la idea de que mi vida no está. Se me escurre por los dedos, como el agua traicionera que uno salva entre las palmas y se esfuma.


Princesa, no mereces nada, pero te amo.

98. Princesa.






¡Saludos! No suelo hacer esto, pero hoy haré una excepción; he hecho mi propia versión, humilde y aminorada, de una de mis canciones favoritas de cierta agrupación que yo admiro muchísimo. Dicha banda es Sonata Arctica, y la canción en la que me he inspirado es Tallulah. Lo hago como mero entretenimiento y para expresar mi gusto por su música.

_________________________________________

Tal vez hayas olvidado de aquel lugar, el acantilado a las orillas de la ciudad, y la lisa roca en donde ambos nos sentábamos para ver cómo se ponía el sol a la lejanía, ocultándose detrás del mar, entre las negras islas del horizonte. Tomaba tu mano, no la soltaba, la aferraba como si en ello se me fuera la vida. Simplemente, no deseaba perderte. Se dice que lo que se tiene no se valora hasta que se pierde, pero yo solía demostrar lo contrario. Tus dedos, finos como la seda, se engarzaban entre los míos en tonalidades ambarinas propias del reflejo del atardecer.


—Estaremos juntos por siempre —susurraste en mi oído, y te acomodaste en mi hombro sin despegar la vista del astro rey que, a la lejanía, se hundía en las aguas para dormitar.


Asentí, creyendo tus palabras. Sonreíste también, por la seguridad que imprimías. Estabas enamorada de mí, guardabas una ilusión en tu corazón y deseabas no separarte de mi camino.


Ahora, lado a lado, sentados en una típica banca del parque central, me dices unas fatídicas palabras que me hunden mi corazón.


—¿Sabes? Deberíamos considerar en terminar lo nuestro...


No dije nada por un lapso de tiempo, sólo miré al vacío tomando mis manos, saboreando las palabras dictaminadas. ¿Era posible que después de tanto que hemos convivido juntos, me quisieras dejar?

Las lágrimas no tardaron en agolparse tras mis ojos, pero el silencio había invadido el lugar después de aquella frase azarosa. El ambiente había enmudecido por completo, no sólo nosotros.

De pronto rodeaste mis hombros con tu brazo en un gesto probablemente afectuoso. Me acercaste a ti, me abrazaste, pero estaba tan atolondrado por aquella decisión tuya, que ya veía venirse desde hacía semanas atrás, que me deshice pronto de ti. Levantándome con una decisión fingida y con las rodillas temblorosas, no me animé a verte al rostro. Alcé la vista al horizonte, al final del camino empedrado del parque, mordiendo mis labios para evitar que mis lágrimas escaparan. Frente a ti, eso siempre fue motivo de vergüenza.

Te pusiste de pie también, y no tardaste en tomar mi mano y volver a acercarme a ti. ¿Qué deseabas ahora de mí?

Tuve la repentina sensación de que no tenías las palabras adecuadas para una despedida formal.

Yo sí tuve una, sólo una. Me acerqué a tu rostro, indeciso por un instante, para luego agitar la cabeza ligeramente y plantarte un débil beso en la mejilla.


—Adiós... —dije con la fragilidad de mi garganta destrozada por el esfuerzo de contener los sollozos.


No dijiste nada. Me miraste triste, con el agotamiento de una persona que hace un mal involuntario. Sé que no disfrutabas de mi dolor, princesa. Pero no había otra cosa que se pudiera esperar de tan dolorosa despedida. Era una situación que ya venía planteándome. Tu falta de amor o de afecto, tu lejanía, tu indiferencia, me partían el corazón. Tal vez haya sido lo mejor...


Te solté, di la media vuelta después de esa contundente palabra, y me alejé a pasos lentos. Imploré a Dios que no corrieras a verme, porque iba llorando.



Y ahora, sentado en la oscura acera de la calle, frente a mi casa, completamente solo, contemplando las nubes iluminadas por cierta luna escondida tras ellas, te recuerdo.

Y recuerdo a la perfección todos aquellos detalles que hacían de nuestra relación un paraíso, la mejor decisión de nuestras vidas. Difícilmente tú recordarías todas esas pequeñas cosas que yo conservo en lo más fresco de mi memoria. Esos besos, ese paseo, ese obsequio, esa carta, ese juego que probamos juntos, esa vez que visitamos la costa por vez primera.

Simplemente, no entiendo por qué tenía que acabar nuestra gran aventura, por qué tenían que desmoronarse nuestros planes y sueños. Yo deseaba morir a tu lado.}


¿Recuerdas las estrellas fugaces de aquella noche, en la que caminamos juntos por el campo? Probablemente no...

Juntos pedimos un deseo, princesa... juntos lo pedimos.

Espero que el tuyo se haya hecho realidad... el mío me traicionó...


Cada instante de memoria es un puñal nuevo atravesando mi corazón. Tu decisión, ésa es la que más duele. Debiste haberme detenido, pero no lo hiciste. Diste media vuelta, no sin antes soltarme la mano esbozando una falsa sonrisa para tranquilizarme, para señalarme que, después de todo, las cosas seguirían bien. Estaríamos vivos y podríamos continuar adelante solos.

Pero sólo me comunicó una especie de traición, de dulce traición, que yo perdonaría sin chistar.

Porque te amo.


Princesa, me di cuenta que es más fácil vivir en la soledad, que vivir con el miedo de que el amor termine un día. Contigo, pensé que me sentía seguro, que nada en el mundo podía cambiar si tenía tu mano, y tu sonrisa diaria. Pero ahora me doy cuenta que el amor es un horror sin fin. Un día, todo termina.

Princesa, te ruego que encuentres esas palabras que se te escapan, y hables conmigo. No sólo enmudezcas. Me duele. Dime que me amas.



Pasa el tiempo y no te olvido, mi hermosa dama. Pero éste no me ayuda a superar un solo recuerdo de tu vieja presencia, de tus besos.

Te observo caminando por la calle, de la mano con aquél chico tan atractivo. Me escondo tras la esquina, con una curiosidad morbosa los observo alejarse por el otro lado del camino, probablemente amándose o probablemente jugando. Sin encontrar el sentimiento adecuado para imprimirle al joven que te acompaña, lo veo besándose contigo, con mi hermosa reina.

Osado sería salir a saludarte, salir a verte de cerca, que me dirigieras una palabra. No me corresponde más... ¿cómo poderte decir sencillamente hola, cuando aún conservo el eterno sabor de ese “adiós” que te solté cuando me destruiste?

El sentimiento está más vivo que nunca, tan vivo como mis lágrimas que escurren por mi rostro sin querer detenerlas, ya que no me puedes ver.



Ruedo por mi cama desconsolado al rememorar tu rostro, no puedo conciliar el sueño. Siento la culpabilidad tremenda del error de dejarte ir. Perdí mis estribos, te dije adiós, de esta forma es como me castigas...

Princesa, princesa mía, podría volver a tus brazos si tan sólo me dieras una oportunidad...


Mordiendo mi almohada de la rabia y el dolor, sé que yo te amaré por siempre, hagas lo que hagas, con quien estés y en donde te encuentres. Siempre le pertenecerás a mi corazón.

97. Fotografía.






Ha pasado fugaz por mi mente en días tan comunes y tan vanos, lo que ella es para mí, y no puedo evitar lanzar una delicada comparación a las ramas del pasado y del olvido.
No solía sonreír, pero ahí estaba ella, haciendo su esfuerzo siempre minimalista de lucir bien ante la cámara. Yo la abrazaba, ella a mí no. Tan sólo lo hacía de vez en cuando. Momentos tan esporádicos como los relámpagos del cielo, que ahora se ven y luego no.

Llevaba esa bolsa porque le prometí ir de compras, al final olvidé el dinero y creo que fue a propósito.
"No te preocupes", le dije, "paseemos de igual forma por la plaza y compartamos juntos un momento más de nuestras existencias".

Ella siempre tan espiritual, tan desligada de lo terrenal, había aceptado acorde a mis planes.
Previo al enmarcado eterno de aquel día, estuvo el sol bañándole su rostro pálido, y el mundo entero aglomerado en la plaza.
Fue un día sin sonrisas, porque frente a ella jamás necesitaba sonreír. La hipocresía se le resbalaba como si tuviera un eterno repelente. Pero yo fui feliz junto a mi amiga y su compañía taciturna, con sus tintes de depresión y melancolía tangibles.

Fui feliz y capturé la fotografía a las afueras de la plaza. Creo que ella también lo fue, a su manera. Después de todo, terminé comprándole un collar con el dinero de mi comida.
No hubo mucho agradecimiento y yo tampoco lo requerí. La dejé ir después de la fotografía. Creo que la abracé, no recuerdo, pero si lo hice, lo hice bien, porque era nuestro momento.

La fotografía a color me recuerda al gris de las cenizas. Hace ya mucho tiempo que nuestra amistad quedó enterrada en los campos de la historia... de mi historia.



___

No es una historia personal.
A mi querida Mel, fiel reflejo del dolor y la melancolía.

96. El bosque.





Sintió el aire helado, demasiado húmedo, por su rostro y cuello, y un graznido agrio le pareció presagiarle el mal.
La mujer caminaba hundiendo sus botas en la superficie de nieve, y ésta le atrapaba sus pasos, la absorbía, le advertía con mudeza que se detuviera. Perpetrar en el bosque en busca de quien debió amar no la haría encontrar el sentimiento perdido al final de éste, y después de todo, ¿qué sabía ella sobre el amor?

El ruido sutil y líquido del hielo cuajándose y cayendo desde los desnudos ramajes asemejaban el glaciar de su espíritu, atacado por una llamita endeble y absurda.
Sus labios aún sabían a traición, pero era porfiada.

Si había algo que componer en su conciencia, ya la noche había caído en su interior. Tras la negrura se vuelve imposible manejar los sentimientos.
Sólo era una pobre infeliz.

Las botas aplastaban una nieve blanca y pura; a su paso, el crepúsculo difuminaba el camino y su propia traición ignominiosa.
Su luz era la violenta vergüenza, usaba cual linterna débil su confuso corazón ahora derretido, tanto como la nieve de las umbrías ramas, que parecían desmoronarse en un trágico final.

El viaje en busca de su marido no la haría acreedora a la absolución de su pasada aventura con el hombre que había prometido acompañarla hasta el fin del mundo y le temblaron las rodillas al serle solicitado que la acompañara al bosque.

Fue al son del danzante astro Rey ocultándose tras la espesura, que la mujer sintió frío de verdad, un aire gélido extraño, la pena tras la mentira.
Quizá no sería perdonada.

Un ramaje helado se movió a su izquierda y ella no se percató. Las pisadas eran blandas, cual blanda era la nieve. Algún furtivo estaba cerca de ella, no era el espíritu del arrepentimiento, no era el fantasma del pasado. Era un ente físico, un maleante, un asesino, un ladrón. Un malhechor.
Y ella pensaba en su viejo amor, cegada por la luz de las débiles estrellas.

Un hombre salió del espesor incierto, del negro hielo.
Agazapado, furtivo, tras la espalda de la mujer del abrigo de armiño, se acercaba tenaz.
Y la mala hembra, relamiendo sus labios sin enterarse de la peligrosa situación, sólo acertaba a encontrarse con el sabor que el amante le había dejado en sus labios.

Luego no recordó más. Un brazo en su garganta, un grito ahogado.
El bosque recuerda el resto; una mujer desnuda en la nieve, un hombre sagaz hurtando sus pertenencias. Y el cielo recuerda a un hombre inocente que se queda solo para siempre.


___

Pequeño ejercicio de clase.

95. Ingenuidad.







Hubiera podido seguir soñando con la mujer que reinaba en sus pensamientos, pero la sonoridad ambiental lo hizo volver a la realidad. ¿Qué tan lejos se encontraba de estar cerca?


Al abrir los ojos y parpadear un par de veces para espantar las reminiscencias de la fantasía, comenzó a pasar por su paladar esta frase, este juego de palabras, y a saborear el asunto, con la dulzura de una retórica aparentemente compleja. Lejos, pero cerca.


Ya se había anunciado el feliz aterrizaje, su tierra estaba bajo sus pies, a varios metros de distancia.

“De esas nubes que me cobijaron gozaste su sombra”, pensó el hombre, mientras degustaba el olor de la promesa casi cumplida, el encuentro, el abrazo, el beso, esa tormenta de preguntas que le haría su mujer al verlo llegar, apareciendo tras una multitud enfadada del viaje. No le preocupaba el estrés, mientras tuviera la sonrisa de aquella hermosa sirena que había logrado conseguir como esposa.


“¿Quién podría negar que mi leal mujer no ha hecho sino observar las estrellas en mi ausencia, esperando que yo también las contemplara desde algún punto lejano para que por lo menos nuestras miradas se cruzaran en el universo?”, meditó el enamorado hombre de negocios. Cualquiera que le hubiese dicho que ella lo engañaba con otro mientras no estuvo, hubiera sido tomado como el más perfecto de los mentirosos y envidiosos.


El aterrizaje le parecía monótono y soporífero, añadiéndole más densidad a sus ganas, más peso a sus plomizas nostalgias. Trataba, con esas ansias de niño pequeño, de encontrar el rostro de su mujer incluso entre las mismas pasajeras del avión, sin querer realmente hallarlo: la fórmula se limitaba a buscar lo que evidentemente no estaba ahí. En su estómago se revolvía un amalgama interesante de anhelo y pretensión que parecía enfermarlo. No podía esperar a correr hacia ella al verla. “¡Y lo feliz que se pondrá al ver los regalos que le he traído desde allá!”, pensaba mientras se sentía casi un héroe digno de ser recibido con la mayor pompa y festejo.


Sintió, casi mecánicamente, cómo las pequeñas llantas del avión se fundían con el pavimento al fin, poniéndole punto al viaje. “Cuestión de unos cuantos giros más de esas ruedas”, pensaba el hombre, “para que me dejen bajar de aquí”.


Y pegó la nariz a la ventanilla esperanzado de encontrar alguna pista que desde ese momento le pusiera en su mente la existencia real de su mujer, de que nada era un sueño, de que estaba bien despierto y que en unos escasos minutos la iba a reconocer.

Quién diría que su mujer se revolcaba con su amante al no advertir la llegada anticipada del hombre que deseaba darle una sorpresa con su presencia; que jamás había leído la carta que él le había enviado, que estaba demasiado ocupada disfrutando de su presunta libertad.


____

Pequeño ejercicio de clase.

94. Todo acaba.





Los infortunios atizan azarosamente a los diversos sectores de la vida, como si tuviera alguna enemistad arraigada contra el ser humano. De pronto es capaz de jugar con los hilos de la existencia, tensarlos, incluso romperlos, yéndose después con una sonrisa de satisfacción infantil, sin dar explicación alguna sobre su comportamiento.

La vida es demasiado corta y frágil, además de traicionera, pero eso no lo pensaba la señorita Melissa cuando, distraída, abordó el metro de regreso a su casa.

Venía maldiciendo en silencio, un poco entre dientes, antes de llegar al transporte público; cuando lo tomó ya se había calmado un poco en sus pensamientos de violencia y negatividad.

No iba a ponerse a pensar que, después de haber dejado con el intento de una bofetada a quien era su prometido, iban a separar completamente sus caminos.


Tomó asiento con la insatisfacción reflejada en su rostro. Había basura en su mente que le ofuscaba de lo que debía importar. Se mordía el labio una y otra vez en un acto reflejo, molestándose más por dentro, odiando a todo lo que se movía alrededor. Pensaba en darle un escarmiento al maldito necio que había sido grosero con ella, no hablarle en varios días, no contestarle sus llamadas insistentes, dejarlo en el limbo de la inseguridad y la incertidumbre.

Lo cierto es que Melissa no era una chica con demasiados escrúpulos. Una pequeñez podía agriarle la noche, y su espíritu vengativo le indicaba reflejar su pesadez sobre los demás, específicamente con su amado. Era verdad que lo llevaba en su corazón, pero ella parecía querer más a su orgullo.


Quien es desgraciado suele atraer hacia sí las penas más profundas. No pasa un instante de insatisfacción con el mundo para que algo más vaya a golpear su existencia. Pero Melissa no temía al destino. Revolvía con una mueca sus pertenencias en su bolso, sin buscar nada, pero por lo menos moviendo sus manos para que le alejara la sensación de inutilidad.

El metro avanzaba veloz, y por ella continuaban pasando los sentimientos negativos. Su ceño fruncido no indicaba prosperidad en su ánimo, sino que por el contrario, parecía hundirla emocionalmente. Él era un idiota, era un patán. Sí, lo amaba, pero se complacía con ofenderlo en su mente, porque eso se sentía bien.

“...Y no volverá a saber de mí”, se decía a sí misma, “al menos hasta que yo lo decida”.


No había pensado en que probablemente el destino sería quien decidiera lo que pasaría entre ambos amantes.

Melissa nunca supo exactamente qué ocurrió, tampoco fue verdaderamente relevante. Quizá su recuerdo más fresco después de la nada fue una luz, una luz inmensa que provino de todos lados repentinamente, colándose por las ventanas, llenando todo el espacio de su resplandor. Un golpe seco y sonoro, pero eso vino después. Era todo un estallido. Nadie comprendió lo que ocurría, pero tampoco importaba.

De pronto, gracias al golpe, todos habían perdido la conciencia y probablemente algo más.

Mientras la persona que se sentaba al lado suyo se había atorado entre los metales retorcidos de los asientos, Melissa había sido lanzada hacia la puerta con la violencia de una devastación, y por una fracción de segundo, si bien incomprensible, supo que todo había cambiado completamente.

No iba a poder adivinar que su amado no la vería nunca más, que el castigo impuesto sería eterno, que las últimas palabras hacia quien amaba con su vida fueron ofensas, que sus últimos pensamientos fueron basura ante el que fue el más importante de su vida.

Todo acaba, todo termina en esta horrible vida, de la forma más injusta y arbitraria.


____

Pequeño ejercicio de clase.

93. Será.




"¿Será, será, que si te digo lo que te quiero, dejarás de quererme?
¿O será que si no te lo digo, me querrás por siempre?"

Mente embrollada, laberinto humano. Reminiscencias de una madurez demasiado desarrollada y estallada en mil pedazos.
Así es su cabeza.

En mi boca está el amor no dicho, en mi boca está María con su será.
Porque el será forma parte de su integridad, es indesplazable y se devora como el postre de su misterio.
Porque el error humano tiende a afectar el alma propia y masticar los pensamientos lúcidos hasta hacerlos pastosos e inservibles.

Todo queda en un será. Porque María dijo estar enamorada de mí, debe ser normal preguntarse por qué será que ahora su amor es un fantasma que grita que existe a pesar de su invisibilidad.

Será que se fastidió, será que se aburrió, será que las cosas no se dieron, o se dieron de sobra. Germinaron muy pronto como para marearla, o será que germinaron muy lento y se rió de la ilusión pobre, gestada de una depresión de medio tiempo.

Y el será se repite mil veces en mi cabeza, al compás de su nombre, que danza con la incertidumbre.
Porque su mente es un laberinto y espero que tenga salida.

martes, 6 de agosto de 2013

92. Eulogías malditas.




El polvoso olvido se desechaba de su figura pétrea y se zambullía en nuestras aguas para infestarlas de basura.
Los canales con aroma a rosas y flores diversas que solíamos cuidar, acrecentando sus perfumes, están llenos de tierra.
Lo que germinaba en sus orillas es el vestigio penoso de lo que tuvo su esplendor tantos meses atrás. A veces parece tanto, a veces parece tan poco.

Es inverosímil creer que una rosa florezca sin sus gotitas cálidas que la hacen sonreír ante el sol.
Y hay pétalos muertos en tus manos, cariño. Tantos que ennegrecen tu piel y tu alma -eulogía satánica desprendida de tu cuerpo.

Malas lenguas viperinas, fungiendo calidades de consejeras musitan, formulan mudas, que la puerta ha de cerrarse. Que por ella no ha de entrar el aroma del deseo, mas podredumbre residual, de algún viejo amor, será quien ingrese y me hiera mi olfato.
¿Y ese rostro de ángel? ¿Ése, que despide el delicioso olor de la esperanza?

Puedo sentir la presión de varias manos gigantes, sobre mí, a mis costados, me afianzan, me jalan y me aplastan. Y la saliva escupida del futuro en mi rostro, que se ríe de mí al no poder verlo, al estirar mis manos para buscarlo a tientas, como un ciego desesperado por encontrar su bastón. Le torcería el cuello.

Y a ti te mordería la mano antes de que ésta me ahorque, angelito.

miércoles, 13 de marzo de 2013

91. Te dibujó la brisa.




Hallándome exhausto de pasadas fatigas
a paso cansado, mi sombra temblando
fue la presencia entre un mundo de rimas;
el dulce olor de pasión de tus labios,
¿quién era la esencia vagando perenne
tras resquicios de un mundo olvidado,
burlándome a mí, burlando a Selene,
dejando tan sólo su aroma colgado?

Sueños son, vagando alrededor
del cosmos perpetuo gestado en mi alma,
Sueños son, dibujo encantador
De un rostro silente, templado en su calma;
del par de luceros naciendo en verano,
y la blanca nieve que tiñe su cuerpo,
y el mágico ritmo sereno y lozano
de finas manos trazando el recuerdo.

Era ella, mas mi mente era necia;
la brisa llevaba tu nombre en sus labios,
Gritaba en el aire con fórmulas recias,
untaba en mi oído tus letras sin cambios.
Y el dulce contorno pintó mis sonrojos,
Tu fina figura trazábase eterna;
Eróticas curvas, verdor de tus ojos,
hermosos cabellos, la mueca más tierna;

Tu cuerpo bendito plasmado en mi ser.
La llave de tu alma que surge al nacer
Cada latido de este febril corazón.


Ilusión del recuerdo, sueño de estío,
impiadoso del viento que piensa borrarte,
pues no eres real, tu cuerpo está frío
maldita distancia, por qué tan aparte...
Tocaba tu mano, tus gráciles dedos
tus suaves mejillas heladas se hallaban
Lloraba en silencio tentado a mis miedos
Gritando a los aires que lejos tú estabas.

Amor te profeso, lo siento muy dentro,
Mi mente no aparta mi ideal del encuentro
Encuentro bendito de tu cuerpo y el mío.

Será, será, mi hermosa felina,
Que mis esperanzas en ti yo derramo...
Será, será, será...
Será, será, será que te amo...



___

Para ti.

viernes, 8 de marzo de 2013

90. Dos enamorados suicidas.





Sentados frente a frente, ninguno de los dos dice nada, sólo sabemos que la hora final nos ha llegado. El mundo no lo ha decidido, la chispa provino de nuestras mentes, gestada por una juventud atolondrada. Te miro y tus ojos reflejan el vacío de la desesperanza, que nada queda luego de haber tomado nuestra última carta.
Estamos sanos y completos, pero no somos felices en este mundo. Tenemos el amor que necesitamos, lo que nos sobra es el entorno, que aplasta nuestras mentes como un zapato al insecto.
Nuestras bocas forman un rictus perfecto, no tenemos expresión, pero los sentimientos postreros revolotean en nuestro estómago queriendo taladrarlo para salir. Hubiera querido imaginarme que eran como pequeñas criaturas picando una mina, para encontrar la luz al final, pero no estoy de humor para las metáforas.
Tus ojos, con una tonalidad que me recordaba al amanecer primaveral por la mezcla del amarillo del sol resplandeciente y el verde de la hierba fresca, parecen querer soltar alguna escurridiza lágrima que tú evitabas. De pronto evitas mi mirada y jugueteas tristemente viendo a tu alrededor; cuando yo me descuido tú me observas con curiosidad.

—Tenemos que acabar con esto de una vez... —murmuro.
—Lo sé... —dices tú.

Noto un esbozo de pesadez en tus palabras, un plomo que no te deja levantarte de la silla y que se distribuye entre tu estómago, tu mente y tu corazón. Podía comprenderte con una simple mirada; nunca fuiste del todo predecible, pero tus sentimientos se reflejaban hacia mí con la mayor de las facilidades. Te comprendía cada mueca y cada ademán. Fuiste mía, después de todo.

—No sé... —añades luego, con titubeos.
—Anda —menciono, y me levanto de la silla con un poco más de decisión—. Toma mi mano.

De modo que te extiendo mi mano derecha, la cual miras fijamente con ojos tristes por varios segundos. Tus mejillas despiden una palidez casi cenicienta, tu cuerpo se mueve aún pero tu alma ya no tiene vida propia. Estamos dispuestos a morir.

—No tengo el valor para hacerlo... —dices de pronto.
—Será rápido, te lo aseguro... ¿recuerdas que lo prometimos? Moriremos juntos... Y moriremos cuando lo decidamos. Y hemos decidido que la muerte arribará hoy a nuestros cuerpos. No se necesita mucho valor para suicidarse, sólo... jala tu gatillo, mi amor...

Sonríes, sonríes para evitar que las lágrimas se resbalen por tus mejillas. De todas formas, nada queda.
Empuñas la pistola con un poco más de fuerza que yo a la mía, pero tus miedos comienzan a cesar.

—Toma mi mano —me pides.

Asiento, tomo mi arma con la mano izquierda, y con la derecha conecto contigo como me lo pides. Las miradas mutuas parecen eternas, quiero grabar el color de tus ojos en mi mente e imprimirlo en el más allá.

—Esto ha sido todo —susurro, llevándome el arma a la sien.

Me imitas, bajando la vista. La mano te tiembla, puedo notar que aún no estás del todo decidida.

—Querido...
—Dime, mi niña...
—Hazlo tú... mátame tú. No tengo valor para jalar el gatillo. No puedo...
—Sólo... sólo hazlo una vez. Yo lo haré al mismo tiempo que tú, mi amor... De esta manera nos desprenderemos de este maldito mundo terrenal y viajaremos muy, muy lejos, pero juntos para siempre.
—¿Juntos para siempre? —repites, dubitativa.
—Juntos para siempre. Después de la muerte no hay más límites. No me iré de tu lado jamás, por la eternidad. Te lo juro.

Tus ojos comienzan a apagarse, las lágrimas los están deshaciendo. Abres los labios, pero éstos te tiemblan, parece que no sabes exactamente qué decir.

—Quiero —murmuras.
—Quiero, también... —respondo con decisión.

Vuelves a apretar los ojos, quizá en un intento de contener el raudal de lágrimas. La mano que sostiene tu arma no es firme, pero el dedo está a nada de oprimir ese gatillo.

—No llores, mi niña... no llores, que seremos felices por siempre.
—Asesíname, mi vida... asesíname... no puedo, asesíname... Mátame... No puedo con esto. Quiero estar contigo, pero no quiero que por mi indecisión tenga que verte morir primero. No lo soportaría. Mátame, cariño, luego haz lo mismo contigo. Te lo suplico...

Trago saliva. Las cosas no son como esperaba, pero es el momento crucial. Nuestras vidas tienen que extinguirse. Miro mi arma, completamente cargada, luego te miro a ti, intentas serenar tu llanto, poco a poco lo vas logrando, tu respiración se controla lentamente, tus extremidades dejan de temblar.
Abres los ojos, me ves fijamente. No expresas nada.

—Te amo —susurro conteniendo una lágrima, y te apunto con el arma entre tus ojos.
—Yo te amo también... —dices, tragando saliva por última vez, mirando la boca del cañón tan cerca de ti, a punto de detonar. Sabes que no te quedan muchos segundos de vida.
—Nos vemos muy pronto, mi amor eterno...

No puedo seguir viendo tus ojos, no soportaría contemplar cómo se extingue su brillo. Me siento un asesino. Daño a quien más quiero, le quito su vida, la arrebato a mi voluntad de este mundo, y sin embargo, todo es porque la amo...
Giro mi rostro, aprieto mis dientes... mi dedo cumple con su función y oprime el gatillo.
Se escucha un trueno ensordecedor, mi mano bota hacia atrás, siento calor en ella, me siento húmedo de mi brazo y mis ropas, me tiembla todo el cuerpo...
Y al voltear de reojo, el cuerpo inerte que yo tanto amé cae como peso muerto.

Muerdo mi lengua con furia y las lágrimas me corren a raudales. ¿Qué acabo de hacer...?

Me apresuro a poner fin a esto. Me arrodillo frente a tu cadáver, tomo tu mano aún caliente, cierro mis ojos, bajo la cabeza, con la pistola apuntándome a la sien.
Todo ha finalizado, pero ha sido junto a ti. Ahora sí, seremos felices en el otro mundo, para siempre, lejos de esta porquería...
Seremos dos espíritus que se amarán por la eternidad, dos almas que murieron juntas porque así lo decidieron.
Otro tronido ensordecedor, luego nada.


___

Gracias, María Eugenia. Por tu detonante, por la inspiración en tus ojos, esos que enmarcan el deseo de revelar la línea entre la vida y la muerte.

El relato, naturalmente, es un ejercicio de entera ficción. No trata de hacer apología a nada en absoluto.