Bienvenidos!

Bienvenidos.
Gracias por visitar el pequeño nido del cisne.

Cuento con un pequeño compendio de escritos que van resultando de luces esporádicas de imaginación. Ratos de cielos color violeta sobre mi cabeza.


Escritor amateur, graduado de Letras, aunque lejos de los mejores honores. Aficionado también a la Historia y a la Filosofía.
Espero que encuentren amenos mis breves relatos. No aspiro a nada, pero me alegraré de saber si al menos una persona logró cautivarse un par de minutos. Supongo que eso hace la diferencia entre una rutina trazada y un devenir diferente.

¡Gracias de antemano!

miércoles, 24 de octubre de 2012

75. La dama de las tinieblas II





La fiera disfrazada en esa tierna figura infantil sonreía, con esos labios retorcidos de arrogancia y perversidad. Ante cada pulso, era un odio más divertido hacia su persona, ahí estaba ahogando una risilla moralmente equivocada.

La dama contibuaba caminando como si tal cosa, errante en el valle desértico de su propio corazón, pisando la hojarasca seca que sus propios árboles, más ralos que el amor de su alma, habían depositado suavemente en el suelo como lágrimas trémulas y dolorosas.

Los ojos de la dama eran centellas cuando giraban de un lado al otro del extenso panorama. Eran blancos cuando topaban con los grises nubarrones albergados en los cielos de su propio corazón hueco, y adquirían color ante las ramas otoñales de sus árboles, de los que mantenía cautivos muriéndose.

Uno brotaba apenas, un poco alejado de ella, eran un par de hojitas verdes saliendo de la nada y agitándose con las corrientes de aire. Otro más y extendía su segunda rama infortunada hacia el firmamento, y aquél, con ya algunas hojas danzantes, temblaba ante la presencia de la dama de las tinieblas aproximándose hacia él.

   —¡Salgan de aquí! —susurró el viento pasando a través de las ramas de un viejo árbol muerto—. ¡Ahora que pueden, jóvenes árboles de su corazón, húndanse en la tierra y no vuelvan más! ¡No broten más! ¡No extiendan sus raíces en este valle de veneno! ¡Tarde o temprano, ella los asesinará!

Y sus palabras eran fielmente comprobadas por los troncos secos alrededor, vacíos de vida y de color. La dama sonreía al pasar entre ellos, destrozando sus ramitas enclenques entre sus dedos pérfidos. Caminaba con el compás de una sombra enfermiza reflejada en una pared carente de lisura. 
Sus ojos estaban fijos en un tronco lejano que se divisaba al fondo del valle. Se dirigía a él con la mayor autoridad, con el mando del terreno al que amaba destruir, plantar y volver a destruir.

Era un árbol enclenque, frágil, de constitución desmejorada. Su corteza parecía desmoronarse a cada paso que la dama de las tinieblas daba hacia él.
Al fin estuvieron frente a frente. El árbol débil parecía mirarla con tristeza, brillando en su súplica. Sus ramas, de las que sólo pendían tres hojas amarillas, marchitaban con el fulgor de la mirada de esa pérfida mujer, se quebraban, se caían solas.

La dama sonrió, pareciéndole divertida la situación.
   —¿Qué es lo que tanto me ves? ¿Qué te divierte de mí? —le retó a su árbol.
   No le contestó éste, sino que se limitó a mirarla.
    —¡Tonta! ¡Ilusa! —le gritó, asestando una puñalada en su corteza.
    Tomó aire e impulso, luego nuevamente arremetió.
    —Ingenua, charlatana, mentirosa, egoísta... idiota —espetó, y volvió a lanzar su filo contra el tronco, hiriéndolo más.

El viento se detuvo para contemplar la crueldad de su propia dueña. 

    —Estúpida chica de los puntos suspensivos —murmuró entre dientes, sonrió y asestó la puñalada más profunda.


Y sus tres hojitas cayeron con el movimiento.




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Gracias, Andrea.

miércoles, 29 de agosto de 2012

74. Fantasma de mi amor.




Soñar con calor... suele mostrarse contradictorio en algunas ocasiones; en los sueños, las percepciones sensitivas se desvanecen... pero sí, soñé con tu calor.

¿Hay algo más cruel en la vida que despertar y darse cuenta de que no estás conmigo? Te vi, tan claramente en tu esplendorosa belleza... y parecía como si desde años pasados me amaras, sentí que nos correspondimos. Fue claro el calor que sentí en ese momento en mis brazos: estaban rodeándote. Tus labios hacían emanar tal cantidad de bellas palabras que me dejaba extasiado. Creí, pues, vivir en un paraíso, a tu lado, en tu eterna compañía.

Mas al amanecer, estaba persiguiendo el vapor de una ilusión... la fantasía más extraordinaria de mi vida. No cabía duda que la soledad me atormentaba con tal furia e ímpetu que me ocasionaba la concepción de un fantasma en mi vida.


¡Arrúllame en tus brazos, querido fantasma, querida aparición, porque la verdadera mujer que amo no me ama! ¡Hazme feliz, invento de mi mente, aunque me vuelvas loco! No me dejes caer de nuevo en el profundo pozo de mi dolor, pues seguro esta vez la vida no me daría otra oportunidad de regresar.

73. Ruegos.




Hoy descubrí el poder catastrófico del error. Hoy mismo me pregunté por qué, si el humano está propenso a cometerlos, algunos pueden devastarlo por dentro. Hoy entendí la desdicha de padecer las consecuencias de decisiones estúpidas. Hoy comprendí que el amor pinta una línea muy tenue entre la felicidad y la desgracia.

Fue hoy, pues, cuando mi vida estuvo a punto de extinguirse. Los motivos resultan incomprensibles hasta para el más sabio. Hoy me sentí un asesino, destructor de almas. Hoy me sentí miserable por haber hecho pasar un mal momento a una mujer sincera y entregada. Hoy experimenté la amargura en la mayor de sus manifestaciones… Fue hoy el peor día de mi vida.

Hoy fui un idiota. Hoy te he perdido.

Infinidad de veces por la noche me pregunté por qué la vida nos brinda una mente tan versátil, tan voluble. Sólo fue hasta hoy que me permitió ver lo que realmente quiero y lo que es preciso desechar…
Hoy dio fin una etapa de una forma muy dolorosa, y sé que el fin llegó porque, muy a mi pesar, tú no querrás perdonarme. Aun los corazones más nobles tienen su límite de tolerancia, y supongo que yo sobrepasé el tuyo de una manera violenta, brutal, terrible.

Sé que nada volverá a ser lo mismo de antes, sé que, como tú lo has dicho, la confianza se desvaneció, ya no la hay… todo por mi culpa.
Sin embargo, moriría con menos peso si por lo menos me perdonaras de mi falta… Tu odio me torturará aunque sé que lo merezco, pero por lo menos habré obtenido la gracia de tu dispensa.

Te lo ruego… Mi amor ahora parece chocar contra la barrera invisible que levantaste ante ti… Te lo ruego…Lo siento, ya no tengo cara ni dignidad para hablarte… Te lo ruego… te lo ruego… te lo ruego…

72. Una estrella desapareció.




Mi cielo perdió una estrella esta noche. Acaso haya sido mi culpa por perderla de vista. Para mí, llegó incluso a ser la luz del mundo, la razón por la cual asomarme a la ventana y sonreír viendo al cielo.

Fue una idea. Fue un suspiro. Algo que creé en mi mente. Una dependencia de algo que en realidad era inseguro.

Fulguraba entre risas, y me juraba protección eterna. Me expandía sus rayos hacia mí y me mataba. Era un veneno que yo amaba.
Me dejé inyectar, me dejé ser víctima. Pero, ¡pero la luz nunca temblaba! La más fuerte del firmamento, ésa era ella.

De la que nunca hubiera dudado su extinción. La que me hablaba al oído, podía escuchar a su luz como campanillas suaves.
Yo la abrazaba. Ella era mágica.

Yo era feliz teniéndola a ella en el cielo, fuese lo que fuese para mí. Absurdamente, creí que mi presencia también la complacía.
Quién iba a decir que me detestaba en silencio, que me guardaba un profundo rencor, que se transformaba en una supuesta decepción por algo que ni ella entendía, por algo irreal que nunca tuvo el tiempo para aclarar. Yo adorándola, cuántas ironías de la vida.

No aceptó la realidad. Desde el cielo, mi estrella creía ver mi vida y todo lo que me acontecía. Ingenuidad, esa distancia que la separa de la tierra le provoca una visión deficiente, el esfuerzo por darse cuenta de lo que ocurría no era suficiente.

Pero creyó que su juicio fue absoluto. Imaginó que lo que cruzó por su mente fue lo correcto, fue la verdad.

Y por eso desapareció de mi vista. La que menos me esperaba. Otras brillaban menos, pero siguen ahí hasta la actualidad.

Ya no quiero que vuelva, si ha de seguirme viendo como un enemigo.


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En su tiempo lo dediqué a alguien, pero fue hace muchísimo, luego me decidí a subirlo cuando me dio igual.

lunes, 27 de agosto de 2012

71. Tormento.




Corrí a mi cuarto con el terror sintiéndolo en cada latido de mi enfermo corazón. "No, no más, no más cadena, no más cadena, no más cadena por esta noche...", murmuraba para mí mismo con un dolor horrible y latente, destilando de mis ojos temblorosos y desenfocados.


Cerré la puerta tras de mí, no me importaba que mi padre viniera furioso por detrás. Bramaba como una bestia salvaje, una criatura deseosa de sangre fresca, qué sé yo. Había podido sentir su respiración alcanzando mi espalda en mi huida.


-¡Me voy a dormir! -dije, y siguió el silencio.


Me quité mis zapatos con el estómago hecho un nudo y los oídos aguzados. Al meterme a la cama, hasta las cobijas hacían un escándalo, según mi percepción, y cuando apagué la lámpara de la repisa cuidadosamente, me percaté con horror que una sombra, bajo mi puerta, se mantenía estática, y una burda respiración brutal comenzaba a hacerse presente detrás de ella, acrecentando su volumen a cada segundo. Aplasté mi cabeza contra la almohada y me tapé lo más que pude, escudándome falsamente bajo la tela.
Al primer grito, cerré los ojos. Me creí morir.


-¡Nada de que te vas a dormir! ¡Abre la puerta!
-¡Tengo sueño! -repliqué débilmente.
-¡Abre la puerta o la voy a derribar!


Muerto de miedo, mil escenas cruzaron por mi mente en esos instantes. Me movía una confición equidistante a la de mi voluntad y mis fantasías violentas. Sin energías, me ponía en pie con una vacilación difuminosa.


Despacio, y temiendo que mi indecisión no terminara de turbar su carácter, me acerqué a la puerta maldita. Mis dedos temblaban, tan fríos como mi respiración. A tientas por la inquietante oscuridad, alcancé el gélido metal del picaporte y retiré el cerrojo que amenazaba ser derribado. A pesar de no ver nada, cerré los ojos.


Abatida la puerta, una enorme mano proveniente de la oscuridad prensó mi cuello al punto de deshacer mis ánimos. A comparación del pecado cometido, la retroalimentación era brutal, desfazada de toda prudencia. Mi garganta se cerraba, y la pesadilla renacía de las cenizas. Mi espíritu aciago e infausto sufría un tormento incomparable, esa angustia que jamás terminaba, gotas de ira y violencia derramadas sobre mi corazón loco de alucinaciones. Una cálida esperanza me quemaba mis ojos y temí confundirla con mi propio líquido vital, mi esencia como persona y con sentimientos. Era que el sueño arribaba, sí, algo me hacía tener sensaciones de pesadez, experimentaba el mareo, cerraba más suavemente los ojos, mis músculos se relajaban. La ventana al fondo, con su luz ardiente, perdía consistencia, no había necesidad de seguir viendo al mundo, de presenciar cómo se teñía de rojo.


Algo me hacía pensar que parte de mi cuerpo conservaba mayor calor que el resto. El calor, el amor, el cariño, la fraternidad, todo se escurría de forma dramática por mis dedos danzantes.
Cuando traté de hablar no pude, porque mi lengua colgaba, pero fue grande mi sorpresa. Un inmenso ser hecho de alcohol -pues alcohol era el olor que emanaba-, dijo de pronto:


-Vete a descansar, a dormir, a soñar.



70. Amor marginal.





La puerta de la recámara vacía se abrió de golpe, como si un vendaval hiciera presencia. Por ella, entró presurosa una silueta, un rostro ahogado en lágrimas.
Una mujer de unos diecisiete años de edad, de tez clara y cabellos revueltos, se lanzó hacia su cama de un salto, como si el mismo demonio la estuviera siguiendo a toda velocidad. Cerrando los ojos con fuerza, como para evitar que se le escaparan más lágrimas, hincó sus dientes en su cobija con coraje y aguardó.
Sólo aguardó. Dos segundos.


Un hombre de barba cerrada que le triplicaba la edad entró justo después con fuerza desmedida y ojos de relámpago, de demonio. Su figura, apoyada en la puerta de la recámara, destellaba una furia sin límites, un infinito desprecio; sus puños tensos temblaban , su mueca se contraía más y más. Debido a su movimiento indeciso, se podía observar que no resolvía si entrar y seguirla, o aguardar a que aquélla levantara la vista.
Era su padre.


-Ahora sí te pesqué... depravada, zorra- le dijo en un murmullo sumamente despectivo, mordiendo las palabras y soldando su mueca después. El estallido de furia ocurriría de un momento a otro.
-Padre... no me digas así, padre... por favor...
-¡Cállate!
-Papá... -murmuró ella aún con más amargura desde la cama, atrapada. Su voz se doblaba en dos.


Gruesas lágrimas escurrían de sus ojitos negros. Sus dientes, mordían con todas sus fuerzas la cobija, quería desahogar su frustración y su horror en ella. No le quedaba nada. Todo se había echado a perder. Su esfuerzo, a la basura. Sus sentimientos, ¿qué importaban? Al cabo, era una enferma mental...


-Ven acá ahora mismo y explícame. Sal de ahí. Me debes una explicación, degenerada -bramó el padre.
-¡No soy degenerada! ¡Tengo mis sentimientos...! ¡Sentimientos... diferentes a los tuyos, a los de mamá!
-Sólo haz lo que te pido, ¡vergüenza de hija que tengo!
-Papá...


Dos pasos abreviaron la distancia entre los que discutían de esta manera: dos pasos recios y contenciosos. Fue del brazo de donde la prensó y jaló, y fue al suelo donde cayó la pobre muchachita, aturdida por la violencia de su mismísimo padre.


-Papá, ¡basta! ¡Déjame en paz! -exclamaba fuera de sí, llena de miedo y de horror.
-Así es. ¡Así es! Te largas ahora mismo de esta casa. ¿Quién te crió de esa manera, mocosa?
-No... por favor... no -clamó la muchacha; las lágrimas le rodaban con tanta amargura y tanto vértigo, que inundaban sus labios, resbalaban por su barbilla, le hundían los ojos...


Cayó de rodillas. Años, años intentando complacer a su padre. Toda su vida era aquel que tanto quería. Su vida quizá fue una pesadilla, con tal de tener contento a aquel hombre.
Un desliz había echado todo a perder. Una duda, una confusión acaso.


-No te quiero ver, me has decepcionado. Esperaba más de ti.


Con los puños apretados, el hombre se retiró de la estancia.

Ahí, ella lloró desconsoladamente frente al espejo. Sus brazos no le ayudaban demasiado en la tarea a sus piernas: sus cuatro extremidades temblaban, en cualquier momento se desplomaría, ahí mismo. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había ocurrido?
¿Cómo había dejado que su padre la descubriera? ¿Cómo, decepcionarlo de esa forma? Ella, ella era su hija, era su vida, su amor, debía quererla, estaba mal, no podía ser, se sentía sola, se ahogaba, quería morir. Morir de amor. ¿Por qué no? ¿Por qué no gozar del amor, de su amor?


En el espejo se reflejaba un esqueleto, un rostro demacrado y bañado en líquido salado.
¿Qué esto no se trataba del amor más puro que existe? Si ella lo sentía en su corazón, ¿por qué su padre debía reprobarlo? Era asunto de ella y de nadie más, después de todo.
¿A quién debía hacer caso? ¿A su corazón, o al hombre que jamás podría complacer?


Y una vez más, echó un vistazo a su reflejo. Sí, era una muchacha como cualquier otra. Tenía su alma, su corazón y sus sentimientos. Era frágil.
Y necesitaba el calor que encontró en aquella persona... Era todo lo que deseaba.
Todo lo que necesitaba. Se iría de su casa, pues así se lo ordenaba aquel tirano insensible.
¿Pero seguiría adelante con lo que le dictaba el corazón? ¿Volvería a hacer lo que hizo esa misma tarde, minutos antes, sobre la acera de la calle?


Sus ojos reflejaban esos destellos de las lágrimas tan puros y brillantes como ningún otro. No paraba de mirarse.


-Que el mundo me comprenda, por favor...


Luego sintió un nudo en la garganta y un escalofrío intenso. No había nada de malo mientras fuera sincero, y decidió esa tarde dejar de hacer caso a la sociedad. Viviría para ella, y para la persona que de verdad robó su corazón.
Se acercó al espejo y meditó más de cerca, viéndose reflejada a sí misma, a una muchacha común y corriente...

Ella era su vecina, su amiga de la infancia... ¿De verdad la había besado allí afuera...?



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Esta historia tiene su continuación, llevo ocho capítulos escritos y no creo que pase de quince, igual son breves. A ver si luego me decido a colocarlos acá.

69. Lirio de oscuridad.





¿Qué formidable misterio capturan
ojos huidizos de un alma dorada
que va hacia la mar, que va hacia la nada
cuando en su esencia sus penas sulfuran?

De un demonio, diríase quizás;
ente, terrible criatura infernal...
Un alma mortal, oculta en su cuerpo,
presa fatal de un profundo tormento.

Rebotan los gritos, avanza perdida,
¿quién sabe su daño, quién sabe su herida?
Escarnios le atizan, las pullas le llueven,
A fuerza de ofensas, su llanto promueven.

Refugio apremiante en su sombra le implora
un vigor tartamudo, ya casi marchito;
Suspiro amargoso, una especie de grito,
"¡Protégeme ante la furia abrasadora!"


Mendaz, tras la elocuencia de su mundo,
Una máscara ornamenta al desvalido
Y vulnerable ser que difumina.


Fuerza rocosa, vigor diamantado,
¡de furia y metal, corazón transformado
de criatura insidiosa que habrán orillado
hacia el demonio a adorar demasiado!

Oscuras sus ropas, oscuros sus ojos,
quedaron residuos umbríos, despojos.
Era ella un ser inundado de inocencias;
y a la maldad le volcaron experiencias.

Amargas vivencias, ¿la culpa?, de necios;
herir su endeblez, su recreo predilecto.
Doblar, separar, marginar con desprecios,
Acabar, pisotear a ese grado de insecto.

Se abrigó a sí misma, su lugar obtuvo;
lo fue a encontrar en el misterio del mal.
Quien antes fue una criatura angelical
Ahora es un monstruoso ser infernal.


Mendaz, tras la elocuencia de su mundo,
Una máscara ornamenta al desvalido
Y vulnerable ser que difumina.



Vendióle el alma al diablo, salva se siente.
Simplemente se convirtió en su disfraz.
El corazón trabaja, no está presente
aquel sentimiento de esencia veraz.



Dedicado especialmente a mi niña demonio, el alma del cielo... para ti, mi querida amiga Mel.

68. La dama de las tinieblas




Sola se ha quedado, por el desprecio mutuo que experimentó en carne propia, como quien detona hacia un espejo. ¿Quién va a amar a otro antes que a su esencia misma?

Sola, porque el mundo comprendió que el camino del escarmiento era aborrecerla, era el distanciamiento eterno del calor y del afecto. Para que tras sus pasos, en la sombra que se va difuminando, arrastre las penas ajenas que su presencia engendró.

A sabiendas de que era odiada por el universo y mal vista por las estrellas que atestiguaron, se atreve, con la dignidad del cinismo, posar su mirada en el horizonte, desafiando al celeste profundo. Eran los momentos en los que se convertía en una diosa, en un demonio, en un ser maldito de estigia oscuridad. Sus ojos de trueno colocaban bajo ella las expectativas ajenas: nunca podrán amedrentarla. Era una criatura rebelde e indomable, con un corazón rebosante de odio y de una extraña dicha.

Nació para matar, para degollar sueños, aplastar vidas, y jamás podrá sucumbir ante nadie. Era, pues, el ser perfecto de las torturas.

Su corazón latía con sobria mecánica; su sonrisa pintaba una delicia al incauto. Esos ojos poderosos atormentaban, cegaban, pudrían esperanzas, lo eran todo. Desvanecían a placer, era un volcán que a su gusto propio arrasaba campos inocentes y floreados.

¿Sola se había quedado? Sola nunca. El universo viviría aún lo suficiente como para conocer más de sus fechorías. Ella reía ante el intento de marginación tan fallido.
Con impía determinaciuón, barría el horizonte con la distancia de una mirada viperina, y luego sonreía en medio del juego socarrón de su mente.
¿Su próxima víctima, quién sería? La conquista será lo más fácil; la ruptura del corazón, lo más divertido, y el intento de separación, la rebeldía vengativa, su azote cruel.

La mujer de las tinieblas se puso en marcha. Quizá era verdad: nadie la quería, pero el impacto de su rostro causaba una enfermiza dependencia. A poner, pues, en práctica sus dotes, y con la mentalidad de un nuevo juego, de un nuevo lanzamiento de dardos asesinos.
Y la sangre fiera corría por sus venas.



67. Las rejas de mi mirada.




¿En qué momento de mi existencia hubiera pensado que arribaría a estas tierras siderales, a este reino del ruego, de la falta de resignación? Te veía perfecta, tu sonrisa cálida aparecía de entre la oscuridad para mí y mis penas deshacía... Y de entre tus labios, llenos de néctar de rosas rojas, se escapaban bandidas palabras de amor, fugaces esperanzas de un dichoso porvenir.

No puedo buscar refugio; en este mundo se nos priva de él a los pecadores. No puedo tampoco implorar perdón, porque todo poder divino tiene un límite, un freno maldito. Lo eterno me demostró su máscara de falsedad con tu presencia cruzando mi camino. ¿Habría de tener fe en tu difuminada figura para mi supervivencia?

Oh, mujer del dolor, creación recurrente de mi imaginación que fuma tantas utopías, ¡detén tu veloz vuelvo y estáncate en mi infierno! Debes saber que mis manos tiemblan desordenadas con tu falta de aliento calcinando mis oídos, ¿será que les faltas tú?
Mira, contempla cómo mi mundo se derrite, como se derritiera un caramelo sobre el poblado desierto de tu corazón; mis castillos de arena se están desmoronando y yo caigo tras de ellos como un azote, presa de tu conjuro maligno. Sustenta mi pena, vive mi hambre, muere conmigo, por favor...

¿De rodillas estoy? De rodillas como me lo has pedido. De rodillas, como un idiota. Yo no sé si mereces un latido, una respiración; yo no sé si mis enfermizas cicatrices acomoden sus rastros dejándose ver ante la humanidad. Sólo sé que detrás de esta bravía colmena hay un sentimiento que no conoce la palabra salvajismo, y que se asoma tras las rejas de mi mirada, gritando tu nombre de una forma inconsciente, mecánica y repetitiva, exclamando que un alma perdida no puede sobrevivir sin tu diabólico calor.
Por siempre, soy tuyo. Por siempre, necesitaré de tu abrigo, de tus mentiras, de tu sonrisa etérea, de tu mirada, de tu alma corrompida.

domingo, 1 de abril de 2012

66. Juguete.



A veces me veía lindo en una repisa, en medio de un torbellino de inquietantes colecciones grises. 
En los momentos de soledad infinita, solía bajar mi rostro y me permitía una mirada humilde hacia mí mismo. 
Cuando ella entraba sola en su habitación, mis ojos se iluminaban con el destello fugaz de un astro; entonces descendía a toda prisa de mi mueble y corría a cobijarme en su silueta y a alimentarme de mis ganas de amar.
Tres caricias frías, apenas para sacudirme el polvo almacenado en mi rostro era lo que recibía a cambio, y unas palabras falsas para mantenerme esperanzado de algún día dejar de ser un muñeco, un ser sin vida, manipulable.

Este juguete la quería... ¡No! Aún más... La amaba...

Dos, tres, cuatro, cinco vueltas al engrane, me daba la suficiente cuerda en mi espalda para que yo mismo marchara hacia el mueble de la habitación, lo escalara y me colocara de vuelta en la repisa, adornando su vida, mientras ella iba a divertirse. Mi sonrisa era imposible de eliminar; en el amor siempre se debe ser dichoso, o al menos eso se supone. 
Una mueca de ella, porque no estaba en la posición adecuada, justo al centro de la carpeta en la repisa; muecas de desilusión porque el juguete que ella decía ser su favorito, no podía ser perfecto.

Pero el muñeco tenía la sonrisa pintada.

Ilusiones, día y noche, de que su dueña valorara el esfuerzo que representaba mantener esa sonrisa perpetua en su rostro, de que su sombra no decayera tras la repisa, de que sus ojos fijos y vidriosos no miraran a otra persona que no fuera la dueña de la habitación.
A veces, ella entraba a la estancia con varias amigas suyas. Entonces, yo sonreía con más ganas, mi mirada brillaba con ímpetu, para parecer un juguete más hermoso y llamativo. Para que ella se glorificara y presumiera que había encontrado un objeto caro y difícil de hallar. Para provocarles envidia.

-Sí, él es mi juguete favorito -solía decirles-. Y el más valioso de toda mi colección.

Cómo ellas sabrían que yo era la pantalla de su ego, su máscara el telón tras el cual ella se escondía con su verdadero juguete favorito, el que no mostraba ante el mundo porque no lo aprobarían. 
Yo, sólo servía para adornar su propia repisa y para llevar el ostentoso título del que el otro se salvaba, pero no para jugar conmigo.



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Me inspiré en cierta persona y la reflejé acá.

martes, 13 de marzo de 2012

65. Ignominia


Mis manos temblorosas rodean mi rostro, no quiero ver al mundo y es mi última decisión. ¿Para qué? No vale nada. 
Alguien canta alegre a la lejanía, es un estúpido y en mi mente lo mando a diablo. En esta vida sombría no se puede ser feliz. Se trata de un estímulo para los fuertes, para que las heridas que reciben al arrastrarse por el suelo no duelan tanto mientras sangran. Uno atisba una remota probabilidad de sonreír, y ésta viene a jugar con mis absurdos ideales, a agitarlos como muñecos de trapo, a destrozarlos con vigor. Todos me golpean, me abofetean, me lanzan dardos con sus palabras.

Ahí, sentado afuera de mi casa, bajo la horrible luz de un débil farol, contemplaba la oportunidad de seguir con vida, de reptar por mi entorno, de nunca crecer más allá, pues la realidad aplasta a mis expectativas. Alzando la cabeza, me percato de que la Luna me observa con un brillo tal que pareciera una pícara sonrisa socarrona, como recordando que mi vida valía menos que un centavo, que no me preocupara por cosas inútiles, pues al cabo nada tenía verdadero sentido.
Me hundo en mi amor frustrado, en mi espiral descendente. En esas personas que de verdad quise y me abandonaron. Los destellos inversos del negro cielo tratan de difuminarse ante mi borrosa vista, estallan, se hacen polvo.

Agito mi cabeza. Ya enloquecí por el derramamiento de sangre que mi corazón ha permitido; volaban las gotas por el aire, a la nada. Definitivamente, nadie en este mundo es capaz de entender mi dolor, puesto que sólo en mi alma reside el de éste género, ahí patalea con furiosa pasión, ahí me carcome, me roe, me mata.
¿Medio loco, consideré? ¿Esperaba que las furiosas estrellas me dieran una respuesta acaso? ¿Por qué gritaba con lágrimas en los ojos el nombre de la única persona que en mi vida me hizo sonreír? ¿Por qué, una y otra vez, el eco de mis ruinas regresaba a golpearme? ¿Por qué, como si lo mereciera ella?
Era un fantasma que me torturaba el cuerpo, la mente y el alma. Un suspiro en el viento, algo concebido y jamás tangible. Una mera utopía. Un sueño reprimido, unas ansias incontenibles de tragar el mundo entero y una tremenda debilidad para realizarlo. 
Lloro ante lo fantasmal. Era... todo lo que quería para mí, lo único que pedía, una persona que me hiciera cosechar sonrisas.

64. Pasión de un amigo eterno


Dolor, dolor que esta ausencia me inyecta;
frialdad, consumación de los sentidos.
Tu imagen que la nada me proyecta
albergando sangre y sueños partidos.

El ocaso a mi cuerpo difumina
en la lluvia negra y corrompida.
Cómo pude albergar esa esperanza
esparcida tan ciegamente a ultranza.

En mis brazos del mundo te escondías
cuando ese triste corazón robado
se arrastraba en dolorosas sequías
de amor latente poco afortunado.

Yo enjugaba tus lágrimas, recuerdo,
la triste pasión de un amigo eterno;
si vagando lejos con él te encuentro
mi día se transforma en el infierno.

¿Por qué, por qué, Cupido desgraciado?
Yo sólo quería estar a su lado...


domingo, 4 de marzo de 2012

63. Víctima culpable.



El viento silbaba entre las sombras de los estudiantes, tras las rejas y sobre la hierba. Engullidos en un remolino de incertidumbre, la acometida a la puerta exterior del salón no se hacía esperar.
Más que una creencia, más que una diversión o un pasatiempo, era la forma de vida que llevaban tres pares de retoños aún sin madurar. Seis sonrisas socarronas se cruzaron, encontrándose la una a la otra, en un incierto ambiente mendaz.
El capítulo de ese día se cerraba para la mayoría de los alumnos, pero para estas amigas, uno nuevo apenas se revelaba. El espíritu se estremeció enseguida, fue un plan sublime, tácito, como diario.
¿Qué pasión, qué clase de adicción poseía a esta media docena de pillas?

De sobrio traje, el catedrático había abandonado el amplio salón de clases. Una pizarra medio borrosa y un silencio sepulcral quedaron en el aula luego de la jornada de estudio. Los alumnos habían emprendido la retirada, presurosos de abandonar el colegio en cuanto atisbó el lastimoso llanto de la campana exterior.
El gris grosero de las paredes se marchitó al opacarse la bombilla eléctrica, y la negrura asomó a la vista. Seis muchachitas de aspecto desolador quedaban en la estancia, y en cuanto se vieron sin la presencia de la autoridad escolar, incorporar sus cuerpos y se miraron en silencio, con agitación tétrica.

—Mírenla —dijo Luisa.
—Idiota —murmuró Marcela, dirigiendo su vista hacia donde su amiga le indicaba—. ¿Cuántas veces no le ha sucedido, precisamente en clases?
—Muchachas, vamos a divertirnos —propuso Karina—. Esto simplemente no podemos dejarlo pasar.
—Es cosa de diario —murmuró nuevamente Marcela con indiferencia.
—Entonces, diario obtenemos diversión —contestó Karina.


En el rincón del aula, sobre una entelarañada y honda oscuridad, la pobre y despistada Tania dormía profundamente sobre sus brazos. Noble, pero lerda y tarda de reacciones, solía sufrir de las bromas más despiadadas de sus compañeritas.
En aquellos momentos, daba un paseo mágico por las regiones astrales de su mente. Un paraíso profundo, hierba verde y fresca, árboles de colores y un radiante sol sobre un arcoíris. Aunque soñando, mantenía una sonrisa bella en su rostro.


Un chillido aterrador pescó la realidad en su mente.
Karina apartaba de golpe la silla contigua y ahora contemplaba a su compañera con atención. Alta y desgarbada, sus ojos poseían el relámpago profundo, una chispa horrenda y pavorosa.

—Despierta, estúpida. ¡Despierta!
—Vaya tonta. Las clases terminaron, y ella dormida como bestia —secundó enseguida otra de las chicas díscolas.

Tania levantó su pálido rostro de entre sus brazos, y un par de ojitos hundidos se mostraron tímidamente. Era pequeña y frágil, y su mirada extraviada reflejaba la pesadez de una incómoda víspera.
Tres o cuatro muchachas rieron al unísono, pero Karina se mantuvo callada, con ambas manos apoyadas en la mesa en donde reposaba Tania, con actitud retadora, imponente. Ya, ya tenía a su presa.
—Por favor, hoy no… —dijo, casi en una súplica susurrada.
—¿Hoy no qué? —preguntó Luisa, burlona.
—Hoy no… hoy no quiero hablar con nadie. Por favor…

Las chicas voltearon a verse mutuamente, cruzando ideas silenciosas, transmitiendo la burla por la mirada, asomando la crueldad en sus sonrisas oscuras.
Una de las muchachas, de nombre Verónica, en un impulso repentino, saltó una silla próxima y, aproximando su silueta a la figura petrificada de Tania, lanzó bruscamente una amenaza.

—¡A nosotras no vengas a hablarnos así! ¡Cállate!

Tania, harta de la estúpida escena teatral diaria, lanzó un suspiro tembloroso, que representaba coraje, temor, tristeza y desilusión, y luego dejó caer su cabeza con dulzura nuevamente hasta sus brazos, que aún rodeaban el pupitre, tan bien rodeado como lo hacían a ella sus compañeras egoístas.

—¡Ya levántate, torpe! —chilló Verónica y la tomó del cabello para alzarle salvajemente la cabeza—. ¿Crees que es hora de dormir?
—¡Suéltame! —exclamó instantáneamente Tania con furia contenida, pues nunca la expresaba con demasiada seriedad.

Verónica la soltó y al fin la vio a los ojos. No sentía temor, era segura de sí misma. Una muchacha terrible, increíblemente grande para su edad, y fuerte de complexión. Jamás había representado para ella ningún problema la pequeña Tania.

—¿Quieren dejar de molestarme de una vez? —exclamó Tania, con un nudo en la garganta—. ¿Qué les he hecho yo?
—No seas llorona. Maldita bebé —dijo a su vez Karina—. Tonta. Si lo único que queremos saber es por qué tienes tanto sueño.
—No les importa. Váyanse.

Las muchachas tomaron a broma sus palabras. Luisa rió a carcajadas. Una ola estrepitosa volvía su rostro contra Tania, estaba acorralada nuevamente. La iban a golpear.

—Sí nos importa —dijo Karina, la más elocuente del grupo y evidentemente la líder de las muchachas rebeldes—. Siempre has sido nuestra amiga. Yo por lo menos, te quiero mucho, Tania. No sé por qué te confundes. Siempre he tratado de llevar en paz las cosas contigo; es cierto, nos divertimos, pero lo hacemos contigo y no de ti. No comprendes la corriente moderna de los jóvenes.
—Tú no eres mi amiga, ¡y jamás lo serás! —exclamó indignada Tania. Sus pequeñas manos, empuñando el vacío, temblaban de ira.
—¿Lo ven? La niña me odia. Pobre chica. Y yo que la quiero tanto.

Luisa volvió a soltar otra risotada bestial.

—Si me quieres tanto —dijo Tania—, ¿por qué no me dejas en paz de una vez?
—Porque me empeño en que seamos amigas —dijo Karina sonriendo—. No eres una mala persona. Ni yo tampoco. Anda. ¿Por qué no hablas más?
—Sí, ¿por qué siempre eres tan callada y apartada? —preguntó otra de las muchachas.

Tania no contestó. Bajó la vista para observar sus manos temblorosas. Trataba de dominar sus ímpetus; era difícil pero no deseaba demostrar que ellas eran quienes le inyectaban la ira. Su madre muchas veces llegó a aconsejarle, en su acogedora guarida de su recámara, que era mejor ignorar a los patanes que la intentaban ofender con simplezas.
Así que se guardó sus sentimientos una vez más y fingió indiferencia.

—¡Te ignora la tonta! —exclamó Luisa sorprendida.
—¿Por qué te duermes en clase? —insistió Karina con una sonrisa.
—Déjame en paz.
—Sólo dímelo, ¿por qué eres así conmigo? Me interesa saber por qué te duermes en clases. Ya deberías dejar las drogas.

Tania sintió una punzada intensa en su estómago. Definitivamente, sentía odio y desprecio hacia esa mujer. ¿Por qué tendría que contarle que dormía porque la noche anterior se había mantenido en vela por su madre enferma, en el hospital?

—Vete al diablo. No eres mi amiga, ni te quiero, más bien te detesto. No paras un solo día de molestarme, de estar intentando engañarme con falsa amistad para seguirte burlando de mí. No sé qué pasa por tu mente, Karina, de verdad.

Las muchachas se mostraron sorprendidas con esa declaración de la chica dejada de la clase.

—Escúchalo bien —continuó Tania, cada vez con menos control de sí misma—. Ya me he hartado de tus juegos y de tus bromas. Me tienen exasperada. Todo este tiempo he intentado ignorarte, para ver si así tus estúpidas burlas cesan, pero ya veo que no. No dices más que tonterías y me arrebatas mi tranquilidad.
—Cállate, basura. Cállate, te lo ordeno —le gritó Karina.
—¡No me callo!
—¡Sí te callas! —rugió su enemiga, dándole una bofetada repentina.

Esto dejó sin aliento a la pobre Tania, le volvió el rostro, le cerró los ojos, la dejó perpleja, sorprendida, humillada. Hubiera dado lo que fuera por levantarse de su asiento esquinado e irse del salón corriendo, pero todas las muchachas la estaban rodeando en una actitud amenazante y ni siquiera la dejaban incorporarse. La tenían sencillamente acorralada, como una víctima, una liebre frente a seis cazadores.
Sus bracitos temblaron en el pupitre. Ya estaba llena de desesperación.

El intento de levantarse fue en vano, varias manos rudas la retuvieron en su lugar y la siguieron maltratando. No podía esfumarse, deslizarse, escurrirse entre esos brazos fuertes y salvajes. Veía la salida al fondo, pero varias siluetas la golpeaban en el rostro, en el cuerpo, la empujaban en su mismo asiento. A veces perdía de vista la luz, pero no se eliminaba por completo, volvía a surgir.
Sobre todo cuando la levantaron a rastras y se la llevaron cargando del salón, hacia afuera, para irla a depositar a un gran bote de basura. Ahí el sol brillaba, aunque con la debilidad misma de los ojos de Tania, que parecían cerrarse, oscurecerse. Estaba humillada, terriblemente humillada. La luz la deslumbraba, a pesar de ser tan tenue. Las risas la aturdían, el torbellino de emociones le quitaba la sensibilidad al final. Nada parecía tener sentido. Aullaba, quería pedir ayuda, pero recibía más bofetadas en el trayecto hacia la basura. En su estómago sentía el odio, la crueldad… todo junto, pero jamás expresado. Quería golpearlas, quería vengarse, pero sabía que no sería capaz. Quizá se animara, sí, pero las cosas terminarían peor: no podría pelear contra ninguna de esas inmensas mujeres. Todas eran demasiado grandes para ella, tan menuda y frágil. Tal vez por su condición física y anímica es que se metían contra ella tan cruelmente.
El caso es que nada podía hacer, por más que manoteara, más la prensaban, y no la soltaron hasta no verla hundida entre el desperdicio que contenía el gran bote de basura. Allí, y sólo allí, nadando entre despojos y sobras de comida, las muchachas se sintieron a gusto de su travesura.

—Ese es tu lugar, idiota —murmuró Marcela—. Para que no vuelvas a respondernos de esa forma. Y la próxima vez te irá peor.
—No quiero verte el día de mañana —sentenció Karina—. No me dan ganas. Ya me diste bastante repulsión por el día de hoy.
—¡Vete al diablo! —exclamó Tania, y por respuesta recibió un escupitajo.

La crueldad de las jóvenes no tenía límites, la dejaron atorada en el contenedor de basura y se fugaron del lugar, dejándola a su suerte.
Eso era todo para ella. Ya no podía más. Días y días de aguantar tantas humillaciones, que ya no sentía pena ni por ella misma. No había vuelta de hoja ni nada en qué pensar demasiado. Estaba resuelta a todo. Quería venganza, aunque fuera de la forma más cobarde.
Estas muchachas necesitaban saber de lo que estaba hecha Tania. Lo debían conocer. No había otra opción. Ya que nadie escuchaba a la pobre, solamente la venganza de ella misma liberaría a su alma de la opresión. Eso iba a hacer.

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…Y la empuñaba, entonces, bajo su mochila, sin mucha pasión, sino con pinceladas amargas de melancolía y frustración.
Acariciaba el gatillo en secreto.
Las tenía a la vista, a las seis. Y qué casualidad que el cartucho fuera de seis también…
Eso era todo. Ella era la víctima, no la culpable.

Y ni las danzantes hojas del viejo roble hubieran podido prever el ataque inminente.





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Gracias por la chispa de inspiración, Mel.