Bienvenidos!

Bienvenidos.
Gracias por visitar el pequeño nido del cisne.

Cuento con un pequeño compendio de escritos que van resultando de luces esporádicas de imaginación. Ratos de cielos color violeta sobre mi cabeza.


Escritor amateur, graduado de Letras, aunque lejos de los mejores honores. Aficionado también a la Historia y a la Filosofía.
Espero que encuentren amenos mis breves relatos. No aspiro a nada, pero me alegraré de saber si al menos una persona logró cautivarse un par de minutos. Supongo que eso hace la diferencia entre una rutina trazada y un devenir diferente.

¡Gracias de antemano!

lunes, 26 de septiembre de 2011

37. Depravaciones.



Uno, dos y tres, atrocidades jamás contadas al común denominador de la sociedad. Cuatro y cinco, quizá una más, seis. La gente lo llamaría perversión en un caso escrito, meramente literal, y algún especialista me hablaría de una parafilia psiquiátrica criminal. Rip, rap, hacen las tijeras luego, mientras pienso que yo lo llamaría causa y efecto. Después de todo, cualquier cosa que en el aire suba, tiene que bajar, y así las causas sociales crean mis consecuencias. Una y dos veces reacomodo mis gafas protectoras, tres y cuatro enjugo el sudor de mi frente con una esponja ya roja que siempre está a la mano.

Sólo quiero mi parte de recreación. No es justo trabajar sin retribución. Nadie lo soportaría. Y las recreaciones en las que participo deben ser estrictamente solitarias e invisibles.
Seis, siete, ocho, nueve y diez, cuento con los dedos de mi mano izquierda, luego de haberla enfundado en un guante esterilizado. No vaya a contaminarse el producto de mi labor. Y mientras me relamo los labios, me siento un héroe al librar al mundo de la plaga. Yo acomodo a los "indeseados" en el mejor lugar en que podrían estar, lejos de recibir ataques de la horda imperialista enardecida. Sí, soy un héroe, un ángel, que nadie me juzgue, pienso mientras tomo unas pinzas. ¿Diez, u once? Es cierto, fueron once. Once contados este mes... al menos hasta ayer. Qué mundo tan injusto, pienso antes de contar mentalmente: "once, doce...". ¡Doce hasta hoy, es cierto! Soy todo un asesino serial, casi exclamo mientras con las pinzas extraigo las entrañas del cadáver, para dejarlas en refrigeración.

Las cosas de las que me preocupo, pienso después mientras arrastro el cuerpo hasta el sótano, golpeando la trampilla que tiene grabada la imagen de una estrella de seis puntas. ¡No me miren a mí! Tantos en la sociedad me aman por eso, que ya no sé si lo que hago está bien o mal. Sólo sé que es divertido.

Luego aspiro el aroma y me vuelvo a asomar al refrigerador. Ahí está lo que extraje del cadáver, dejándolo vacío. Sonrío en medio de mi asquerosa locura criminal. ¡Gran banquete para mañana, he dicho!

viernes, 23 de septiembre de 2011

36. Holocausto.






   Ante las últimas horas para que el mundo sucumba, las cosas no pueden ir peor, los seres humanos no han aprendido a reaccionar. Pero estaba dicho, se hallaba bien establecido. La noticia de que el mundo al fin se acabaría se esparció como se esparce un relámpago por el cielo.
   Pocos creían lo que inevitablemente pasaría, y ante unas nubes cargadas de lluvia y desgracia, se reunía  la gente en familia para despedirse de lo que fue, de la vida que les tocó compartir.
   Antes de que los primeros rayos del sol despuntaran, se les había profetizado el cataclismo final. Era algo inverosímil, porque no había ninguna muestra de muerte en el ambiente, las desgracias no se presentaban y las horas pasaban, testarudas. 
   Que el tiempo se arrastre, que el tiempo gatee, que no avance con la convicción infundada que lo caracteriza, y que vuelva el rostro por única vez, para que descubra lo que ha dejado tras de sí y se compadezca, detenga el Holocausto, congele el dolor y al Sol que lo aprisionan ya las nubes. Las súplicas no le bastarán. No le bastan porque para él nada tiene valor, ni siquiera sus hijos los minutos. No hay principio, no hay fin; el tiempo es un dios que, junto con el espacio, serán los únicos sobrevivientes después de la destrucción del mundo.
   El dinal de todo se acerca y el dio no se termina en el ambiente. Aún a pocas horas de la muerte, las personas siguen culpándose unas a otras, siguen existiendo los abusos, no aprenden a hermanarse en los instantes en que más goza la contrariedad.
   Por eso, inevitablemente, todos moriremos, porque como humanidad nos lo merecemos, porque no tendríamos que esperar más y porque somos la especie más imperfecta del mundo.

35. Crónica de un alma dominada por el desquicio.





   La acritud de la sociedad y sus manifestaciones taladrantes habían hecho crecer en mí un sentimiento abominable hacia el cosmos que ya yacía con menor intensidad en las tierras de mi corazón. Nunca fue mi culpa de un modo concreto. Las situaciones pasaron vertiginosas, sin dominio de mi propia mente.Lo recuerdo bien todo.

    Una persona que pasó con la más absoluta serenidad por la vía volteó a verme y encendió sus ojos de lumbre, con ráfagas de reto sin consumar, y creí leer en sus labios indudables frases de odio fundidas en su extraño espíritu inquieto, lanzadas a propulsión sobre mi alma con toda intencionalidad. Dentro de mí, rebullían leones dormidos, aplacados mentalmente desde sus últimas manifestaciones en los senderos que cursaba en mi niñez. Entonces es cuando siento acelerado mi flujo sanguíneo, que arrastra plomo y basura, y que hiere cada centímetro interior de mi ser.

   Parece que la persona desconocida frente a mí, con sus ojos ígneos e intensos, desprendió de su monótona postura sus victimizantes garras, de zarpas afiladas, que ineludiblemente se dirigían a mi centro, a mi fuente carmesí de la vida, el oro que tanto protejo. ¿Era esto real? ¿O mi mente alterada jugaba con mis emociones? No tuve miedo de la quimera antropomorfa: con voluntad desconocida mi mandíbula se tensó y provocó un rechinido agudo e incómodo en mis muelas. La furia encarnada traspasaba los límites tolerables, penetraba sin permiso en mi aura, me hacía suyo. Me sentía peor que un cúmulo de dinamita andante, a tres segundos de estallar.

     Era él una figura amorfa ahora, una mancha de tinta en mis ojos. Su mirada extasiante seguía quemándome, yo a punto de perder los estribos. Era una situación de un descomunal carácter psicodélico, una maraña de ideas mal concebidas. Desde mi infancia, no había temido tanto por mi integridad, ni había repudiado tanto a un ser, vivo o muerto. Mis puños, algo separados ya de mi mente, temblaban viscerals queriéndose escapar de mi cuerpo para actuar con autonomía y sin represiones de conciencia alguna. Y cuando la condena a mi pretérito estoicismo dejó caer su látigo sobre mi cuerpo físico, toda humanidad se desvaneció: la presencia que ante mí se formaba me sonrió, aparentemente sin ninguna amabilidad, y su garra extendió por lo bajo. Al volver a encontrarme con su fogosa mirada de diablo y su silueta umbría, mi conciencia pasó a segundo plano, mi moral se pulverizó.

    Fue tiempo del ataque inadvertido. Ráfagas de aire caliente me cortaron mi respiración y me marearon al punto del desvanecimiento; no obstante, mis puños obraron con más fortaleza de la que pude pretender, como nunca, apretando la garganta del transeúnte desconocido. Dentro de mí, en mi océano interno de sangre hirviendo, una serpiente marina de aspecto terrible asomaba su cabeza formidable sobre la superficie del líquido rojo y chasqueaba sus fauces: era el dolor del dominio ajeno, incluso un sentimiento que a todas luces resultaría inverosímil. Pero lo era. Mi cerebro me dictaba que matara al hombre que supuestamente me confrontaba.

    Al primer hundimiento de mi navaja personal sobre su cuerpo, sentí que mi entorno se disfrazaba burlonamente en otra dimensión. Tras de mi víctima, veía el fuego, ¿quién me iba a decir que no estaba en el mismísimo infierno? La boca de una cueva, luego dos cuevas, luego tres, aparecían alrededor de nuestros cuerpos, en sincronía con las mortales heridas que le aplicaba al hombre. Mis oídos no percibían los aullidos que en la dimensión convencional lastimaban con su sonoridad.

    Mi boca se agitaba, pero no era yo, me veía como una víctima inerme, aún más que el hombre al que la vida se le escapaba por los orificios que mi navaja le propinaba. Eran situaciones que en un delicado trance se volvían cruciales. Mi furia se expandía colateral como un bravo océano bajo un ciclón titánico. Diez, y once, y doce, y perdí la cuenta, no me importaban los impactos del filo en la carne, no me importaba mi vestimenta, otrora blanca, que estaba presa de la evidencia más refulgente. Mi rostro representaba una personalidad diferente, diabólica, salpicada de un frágil color escarlata.

    Supe que el mundo se ennegreció ante sus ojos cuando no pude notar más el fuego en su mirada, cuando su sonrisa se había tornado en una horrible mueca petrificada, cuando sus zarpas perdieron todo vigor y toda chispa. Esa fue mi pobre anestesia, el dolor que sólo a mí me revivió. La caída de la navaja, su cuerpo y el mío constituyó una única precipitación ya fusionada. Fue cuando sentí un desaplomo en mi alma, una necesidad visceral satisfecha.

    El odio se escapó de mi cuerpo tan presuroso que cuando llegó. Yo estuve tirado, observando ahora con mis verdaderos ojos el crimen que a todas luces se me imputaría: el asesinato de un pobre anciano inocente y desconocido, que a mí se me había acercado con toda amabilidad a saludarme a los contornos de mi casa por motivos que para siempre ignoraré.

    Mi mente había jugado terriblemente conmigo. No podía perdonarla.

    No era mi culpa, de eso estaba seguro, y lo seguí estando cuando las personas irrumpieron al jardín de mi casa señalando ambos cuerpos: el de él, hecho un amasijo deshumanizado por la navaja, y el mío, con el brillo sanguinoliento que me denunciaba. Al levantar las manos y mostrar que me hallaba desarmado, me pregunté por qué no mejor me otorgaban la opción de esconder el cadáver en mi patio, como si nada hubiera acontecido, reivindicándome y siguiendo mi vida en paz. Era molesto ver a la gente condenándome por un hecho del cual yo fui víctima. ¡Soy una absoluta herramienta de asesinatos, moldeada por la misma sociedad! ¿No lo ven? ¡Soy una conglomeración de emociones que me gobiernan por los múltiples traumas de mi niñez! ¡Ayúdenme, no me condenen, soy una víctima!
La gente debería comprenderlo, pensé mientras me sometían.

    Y cuando mi barbilla tocó el suelo frío, mientras un cuerpo me contorsionaba, volví a ser presa de otra ilusión de la que no podía desprenderme. Las personas a mi alrededor se convertían poco a poco en sombras oscuras con ojos de fuego, que me miraban lentamente con sus sonrisas demoníacas.
No era yo. Sólo una idea se agolpaba en mi mente, multiplicándose de forma autónoma:

    ¡MATAR, MATAR, MATAR...!

jueves, 22 de septiembre de 2011

34. Soledad

La soledad, arrebato de furia
Tramando la sentencia sideral;
Del existir la gran plaga espuria,
Inclemencia de fervor pasional.

La estaca que, como a la corteza,
En fiel pie hunde su estructura
Tras capturarse en la aspereza
Queda estancada en la cordura.

Mazmorras tangibles: juego de niños;
En las blancas paredes de armiños
El sufrimiento suele ser audaz.

La emoción se incrusta a la mente
Alucina y perturba de repente
Con la burla y esencia mendaz.

33. Apatía

¿Quién, tras el espejo, asoma despacio
Con temor banal, medrosa mirada?
Que por algún resquicio, despistada,
Su destello fiel de oro y topacio,
Pero tan irresoluta y apocada
Entrever deja la marca del cansancio,
Mas del gozo y la dicha extraviada
De la fantasía cruel traspaso.

Hinca su brillo ocular el infante
Presa de la lágrima candorosa;
De la magia le privó algún tunante
Que la vida nos brinda generosa.

A tierna criatura, fin diferente.
¡Necia muestra de apatía al mundo!
¡El destino de éste es el presente
Del que el hombre deja moribundo!

martes, 13 de septiembre de 2011

32. El violinista

  
   Por el bosque de troncos seculares se escucha la melodía del mundo, que contiene los secretos del universo, reflejados en la candorosa armonía de sus arpegios. El rompecabezas puede armarse con ella. 
   Detrás del árbol Rey, situado con comodidad, una criatura misteriosa de pequeños ojos y de pasividad absoluta empuña su violín como si de un arma se tratase, y lo maneja con la destreza exaltada de un mago para interrumpir el silencio. Salvo las hadas y las luciérnagas, nadie más puede escucharla, y aun éstas se empeñaban en un principio en no prestarle la debida atención.
   Como si en ello se le fuera la vida y el alma, la extraña criatura de tímidos ojos exaltaba cada nota arrancada de su violín, quizá ignorando, o quizá no, de los efectos que comenzaba a producir.
    ¿Quién sabía por qué los lobos detenían sus persecuciones en jauría y cerraban sus fauces de repente, con los ojos desorbitados?
   ¿Quién sabía por qué ciertas lucecitas muy pequeñas a través de los árboles y la neblina, comenzaban a danzar misteriosamente al compás de la música?
   ¿Quién se explicaba, si es que alguien se percató, que la Luna salió de su morada antes de lo ordinario, y seguía con la mirada nívea aquellas notas invisibles?
   Y las bestias caían rendidas de la nada, una a una. Se acababan los colmillos blancos. Esa música quizá hablara de paz y de unidad, de amor y fantasía, de magia y de poder.
   Y las hadas con timidez, desplegaban sus delicadas alas y las agitaban para destilarlas, mientras se incorporaban y abandonaban las orillas del lago sagrado, hechizadas.
   Los duendes asomaban la nariz de los troncos. No era algo común que despedazaran el silencio de una forma tan grata.. ¿Quién fraguaba el cambio universal, quién osaba romper la continuidad de la vida en el bosque prohibido?
   Y de pronto, mientras el Halcón de plata se posaba en la más alta rama de un imponente abeto gris, lo comprendía todo a la perfección. Para ellos, para la comunidad. para el universo, los tiempos habían cambiado. Con la llegada del violinista intrépido, un nuevo ciclo comenzaba, y esta generación debía cederle el lugar.
   Eso no generaba en el halcón de plata ni el menor indicio de miedo. Chasqueó su monstruoso pico de metal y aguzó la vista, indagando entre el ramaje. No muy lejos se hallaba el árbol Rey, de lo prohibido y lo quimérico. Bajo su cobertura, con la tranquilidad de un músico entregado al goce y al disfrute del arte, se encontraba sin lugar a dudas el causante de la revolución. El halcón de plata notó que sus pequeños ojos le brillaban, y se preguntó con seriedad quién le habría enseñado tan milenaria y sabia melodía a esa joven criatura de aspecto tibio y delicado.
   Con osadía, extendió sus alas y fue a posarse en una de las ramas del árbol rey para escuchar mejor. Bajo él, desfilaban las quiméricas especies del bosque. Los zorros ígneos y las plantas andantes no se detenían, eran atraídos por la música. El halcón de plata se sobresaltó: revelaciones fortuitas cobraban forma ante sus ojos metálicos. Ahí estaba todo. El bosque entero perecería esa noche por las notas de la verdad emanadas del violín legendario, para darle paso a una nueva era. Uno tras otro, las criaturas fallecían en su desfile. 
   El ave agitó la cabeza. Se presentó ante él la esencia de la verdad, la figura de la magia y la llama eterna del poder y la destrucción. Lo era todo aquella canción. No había más que decir con tal revelación única en él. Era el nuevo cielo, la nueva era.
   Y el halcón de plata azotó muerto a los pies del violinista.

31. Circo.


    

Cansado del circo. Cansado del espectáculo. Cansado de un mañana. No soportaría salir una vez más. Me lo dice el ruin espejo que diariamente se subyuga ante mi rostro demacrado, como si éste fuera tan imponente. Me lo dice mi vida que rueda por las calles y se revuelca en el fango, sin más que decir o efectuar.
   Las percepciones directas de la realidad suelen tener consecuencias devastadoras para los que de este oficio vivimos. Y esto, en repetidas ocasiones, puede causar una depresión incurable que repercute en el trabajo.
   Cuán triste es la vida de un payaso! Ser víctima de las burlas mientras falsamente se intenta ser el receptor de aquellos aplausos y aquellas risas, cuando el hombre tras la máscara de pintura no vale nada, no es lo que el tumultuoso público desea.
   Yo no doy gracia natural. Yo soy un ser infortunado e infeliz. Mi alter ego es lo que quiere la gente. Es el que se zambulle en sus gracias y bromas cuando sale al espectáculo, cuando pisa el escenario y les roba sonrisas a los niños mientras él también esboza una sonrisa a su vez. Yo soy la sombra que va arrastrando con pesadez, casi como un obstáculo en su carrera. Es el que le impide llegar más alto que ese circo corriente en donde fui contratado para sobrevivir. Es quien frena al payaso, el que le pide de favor al oído que no salga una vez más a la pista a hacer el ridículo, que las ganas de continuar ya se esfumaron, porque mi imagen ya está denigrada hasta lo indecible mientras la de él sigue intacta y perpetuada en una armadura de maquillaje y falsas sonrisas. Así que he decidido que ya es suficiente.

30. Percepción felina.

 
   ¿Qué hace el gato mirando hacia la Luna tan fijamente, como si no hubiera un mañana? ¿Qué pretende escudriñar en su blancura? ¿Se percata acaso de algún misterio milenario que nuestra doncella nos ha querido ocultar desde el principio de los tiempos?
   ¿Qué haces, gato, al observarla con ese detenimiento tan abismal, con esas pupilas tan dilatadas? Son preguntas de las que jamás obtengo respuesta. Encaramado en la parte de mayor riesgo de la barda, simplemente se dedica a la contemplación; una caída le vendría floja. ¿Meditará sobre la existencia de nuestro disco plateado, o simplemente reposa su vista y la descansa sobre la inmundicia que presenta su mundo cotidiano?
   La brisa fresca corre por su pelaje con picardía y lo agita durante algún tiempo sin cesar, pero no logra su objetivo de distraerlo ante tanta maravilla. Se queda inmóvil, no respira, está entusiasmada, está muerto, su alma no vaga por los callejones que él y yo conocemos! Pero tiene sus enormes ojos abiertos, y no los parpadea!
   Me da la señal. No estoy viendo a una negra y peluda estatua, porque su cola ha enroscado, me indica que está vivo pero que no le intereso, ni yo ni nadie.
   Entonces pienso que es un ser egoísta, que no comparte los secretos del universo que la luna le susurra con vibraciones que transmiten una voz encantadora pero prácticamente inaudible. Nuestro gato ya lo sabe todo, con su meditación, sus posturas estrafalarias y su cola enroscada, es uno de los sabios del universo, uno de tantos entre los que no figura la especie humana.
   Y no necesito más. De brinco aligerado desciende y, con una actitud envidiablemente flemática, se retira a dormir con total placidez, pues supo que el mundo está cerca de su fin.

jueves, 18 de agosto de 2011

29. Te odio


   Ya estoy harto de la vida misma, de las humillaciones y tus golpes, ¿escuchaste? Me has hecho olvidarme de mí mismo, no querer estar más aquí, huir a ninguna parte. Me denigraste. Contigo he conocido a la peor enemistad de mi vida después de mí mismo. Tu sola presencia me hace temblar, estremecerme de miedo cuando te hallas de frente, y odiarte a puños cerrados cuando vuelves tu espalda. Has creado en mí una paranoia, un ser demoniaco que me persigue por todos los rincones del mundo oscuro y residente en mi cabeza. Ya no quiero nada, ni estar aquí ni en ningún lado. Me has hecho temerle a la vida. No puedo estar tranquilo en ningún sitio, tu rostro me sigue, es algo enfermizo. ¿Por qué tengo que padecer esta situación? Desde que te lo dije mi vida cambió, junto con mi existencia; destrozaste mi personalidad, y mi orgullo está roto. Ya no valgo nada. Las ideas que tengo son fundadas y tú me las transmitiste.
   Un día no necesitaré de nadie, porque mi espíritu se liberará. Ese día aparecerán arcoíris en el cielo, los verás y te acordarás, sabrás que estoy ahí, que te abandoné en el momento en que mayor confianza sentías.
   Estaré triunfando sin ti, lejos de tu mundo, de tu saber, de tu existencia. Repugnaste mi cuerpo y alma, y pensaste que me dominabas, que lo que tú dijeras se haría ley. ¡Cuánta equivocación y estupidez! Ahora romper unas delgadas cadenas me parece de lo más sencillo, y me pregunto mil veces por qué no lo habré pensado antes, si son tan frágiles, tan débiles.
   Aquí es donde extiendo mis alas y te miro desde arriba. No te digo adiós, no te lo mereces. Quizá sólo un socarrón "hasta nunca" venga adecuado. Aquí es donde vuelo al fin del mar, hasta el otro lado del mundo, lejos de ti.

miércoles, 27 de julio de 2011

28. El amo.

   No te preocupes, sal y haz tu mejor papel. La tierra es tuya. Necesito deleitarme, junto a tus compañeros, deléitame. No necesitas mucho, será rápido, toma valor, porque seguramente ellos tampoco te ayudarán. ¿Tienes algo que decirme? No me importará. Me voy, para acomodarme en el palco de mayor altura. Si tienes un dios a quien profesarle tu fe, reza, eso es lo que necesitas.
   Que comience, pues, el espectáculo. La muchedumbre está ansiosa, no los hagas esperar más, no se lo merecen. ¿Son hombres, tienen valor? Caigan, mueran, ¿qué importa? Será por el amo, por mí, por el que guardan la completa devoción, al que quieren y siempre debieron proteger. No los quiero ver flaquear, ¿me escucharon? Firmes, con la mayor de las convicciones. Voy a mandar a soltar la puerta, a dejarla caer, ni un paso atrás, no me avergüencen. Sean tan valientes como ya lo fueron antes. Hasta la muerte, ¿oyeron? Quiero que estén en pie hasta que las energías los abandonen.
   Están solos ahora. No pueden escapar. Pero el que esta noche regrese a mí, en mis aposentos obtendrá la gracia y derecho natural del humano. ¡Luchen, pues!
   Las cadenas descorren ya, ¿lo notan? No se aprieten entre sí, sepárense, quiero verlos a cada quien como entidades marginadas, así el público goza. Murmuren, que los ojos se enciendan, vayan y láncence. ¿Podría una bestia contra ustedes? Los crié para ganar, así que ahora no jueguen. Las cartas están echadas.
   Uno, dos, tres a tierra; el polvo se levanta, ¿qué pasa? Cuatro, cinco, esto se acabó. Pero el público ríe. No fallé en mi misión, me gané el favoritismo de mi señor. Parece que es mejor criar ineptos. ¿Y ellos qué me importan? Son mi puente, mi trampolín. Descansen en paz.

lunes, 18 de julio de 2011

27. Sentidos


   Había aros a su alrededor, lo recuerdan bien, pero no les prestaron atención. Y un extraño objeto que daba vueltas en su interior, así, con vértigo, impulsado por su propio corazón. ¿Pero quién iba a escuchar aquellas palpitaciones, aquel ruido de metales que se abrazaban? Seguían hablando de cosas sin provecho, mientras que las aves se aburrían de dejar huellas en la tierra y alzaban sus vuelos. ¿Quién iba a contrariarles, quién se atrevería? Vivían en un pozo sin fondo, en una eternidad terrenal, y ellos existían, y sus pláticas continuaban sin que algo de ello pareciera importarles. Las charlas eran insustanciales, vagas; estaban ausentes del planeta y sumidos en el universo falso de la humanidad.
   No notaron cuando una estrella cayó del cuelo y azotó en la puerta con un ruido seco, sin dañar absolutamente nada, enterrándose. Los remolinos se formaban en la pared, en el cielo y en el jardín, tras las rosas, deformaban y hasta parecía que derretían la materia, las sustancias, el todo.
   Pero el dinero era más importante, ése sí brillaba de verdad, y la Luna era una ilusión en el océano, una mancha blanca sin vida y sin valor, pues nadie podía alcanzarla con sus manos, poseerla. ¿Qué iban a hacer ellos, el mundo? Un ángel blanco caminó a un lado y ellos callaron. Su plática no cesó por mucho tiempo, se dividía en prórrogas, tomaban aire. Las cosas sucedían porque sí, y a ellos les excitaba esa idea.
   Eran fantasmas, recuerdos de lo que fueron, siluetas rojas, siluetas de la desaparición y el caos natural. Vivían, y estaban muertos. Tenían tiempo de estar en ambas condiciones simultáneamente. Al momento de nacer las adquirieron, murieron, por vivir en este mundo. Las cosas afuera de sus límites no tienen sentido, pierden la trascendencia con la que arribaron, se pudren y se funden en la nimiedad. Si abrieran los párpados, la vergüenza los destrozaría.

26. Luna

Un poema de hace varios años.


Como un vidrio violáceo y sereno
Imperturbable
Sosegado
Aunque de radiante vida pleno
Se veía la superficie teñida
Plasmada y tensa
De un oscuro y temeroso lago
Entre el roble y la hierba caída
Tras las montañas y el raudo ramaje
Y bajo un límpido cielo bruno
Que terminaba de adornar el paisaje.

A dónde va la Luna inerme
Cuando a las aguas se sumerge;
Tal vez busque refrescarse
Cuando de aquéllas emerge.
Y hasta en la densa bruma
Casi parece dibujarse
Su silueta ancestral, callada
En el lago en que convergen
Vientos que suelen cruzarse
Con grandes certezas alternadas.

domingo, 17 de julio de 2011

25. Tiempo.



   Me he preguntado alguna vez por qué la vida es tan vertiginosa. La respuesta sigo sin encontrarla, aunque le he preguntado al viento eterno. He mirado los relojes, y me convenzo de que los hechiza una maldición profunda y única en su género. Sus manecillas, dios mío, corren a tanta velocidad que me recuerdan a un carrusel. Al borde del desquicio, en la elevada plataforma de lo absurdo, los minutos ruedan uno tras otro en hileras coordinadas, por la pendiente abismal, hasta morir en el vértice del pasado. Ninguno se acobarda, todos aprueban su destino con el fin de echarme a perder la vida.
   Cuántas veces no he deseado un complot de todos los relojes del mundo, para que prohíban a sus manecilas girar tan deprisa, con tanto ahínco. El tiempo debería detenerse a razonar. Es por él por quien vivimos, y en torno a él giramos. ¿No nos adeuda gratitud, en vez de pagarnos con las monedas de la crueldad?
   El tiempo vive en el aire que golpea mi cara, y me recuerda que ya es tarde para todo, incluso para empezar a existir de verdad o para dejar de hacerlo. Que es tarde para todo.
   ¿No hubiera querido hacer algo más de mí hasta ahora? No es culpa mía, sino del tiempo desgraciado: si hubiera aminorado el paso de su carrera, mi destino hubiera divergido de la vereda actual por la que pasea sin descanso, con la naturalidad de ignorar posibilidades alternas.
   Soy un esclavo, todos lo somos. Estas letras corren a través de los segundos y pasarán a etapas seniles sin formas de evitarlo.
   Minutos y segundos suicidas. Uno muere, otro nace, y con una venda en los ojos, camina hacia el precipicio para caer y de igual forma perecer. De esa masacre se compone el tiempo, tiempo maldito, asesino, enemigo y compañero inseparable de la humanidad.

24. La criatura


   Sigiloso, perturbador, así era el animal o la bestia que por la noche se arrastraba, barriendo con su vientre las cosas invisibles a los ojos humanos. Era escuchado en los caminos pedregosos de los pueblos y en las ciénagas fangosas, por tantes personas, pero ninguno había logrado más que entrever si silueta alargada y rugosa, escurriéndose por el lodo. Dicen incluso que lanzaba un ruidito peculiar a la hora de atacar, y cuando lo hacía, no dejaba una sola huella de su terrible crimen, ¡tantas personas desaparecidas a causa de este misterioso espécimen en la villa, tantas vidas perdidas! Era común que algún valiente pueblerino quisiera hacerle frente para acabar con la infernal criatura que los asolaba. Pero generalmente dicha persona jamás volvía a casa, y si lo hacía, llevaba ya el juicio perdido y los ojos desorbitados.
   Nadie podía hacer una exacta descripción de la criatura. Ciertos testigos aseguraban que se trataba de una especie de serpiente de mirada de sangre, basilisco maldito que se arrastraba hasta el fin. Otros simplemente argüían que era algo parecido a un reptil alado, de sonrisa desdentada y demoniaca, y alguno más, haciendo señas incoherentes por la locura causada, hablaba de una oruga gigante, peluda y diabólica, que lo dejó hechizado al posar su vista sobre él. Era muy probable que el monstruo sufriera metamorfosis periódicas, quizá como parte de su naturaleza o tal vez para no revelar su verdadera identidad, que estaba en secreto.
   Al finak, los esfuerzos de los aldeanos por asesinarla eran inútiles; la criatura vivirá por siempre tras la máscara o sin ella, es inmortal y su guarida es el mismísimo infierno.

sábado, 9 de julio de 2011

23. Canción de cuna.


   Canción de cuna, canción de cuna para alegrar los males, para que pueda dormir tranquilo. Una canción de cuna quiero, porque la oscuridad impera libremente en mi habitación. Canción que me hace recordar a la rosa negra que me observa en el alféizar de mi ventana entreabierta. No seas cruel conmigo, ¡sólo te pido una simple,una humilde canción de cuna! En mi mente, el piano ya suena lento, queriendo arroparme en sus notas tenebrosas. Hay que reír, como estoy riendo yo en estos momentos, viendo tanta belleza, tanta muerte. Pero necesito concentrarme en lo que debo hacer ahora, que es dormir, soñar con cosas dulces y olvidarme de esta garra que se extiende frente a mi rostro, queriendo asirme, seguramente para llevarme al abismo final.
   Canción de cuna, canción de cuna, ¿quieres? Que no puedo mantener eternamente unas notas de piano revoloteando en mi mente, necesito expulsarlas, escucharte cantar lentamente, con misterio, para ofuscar los gritos lejanos de los espíritus nocturnos, que aunque sutiles, ya me taladran la mente.
   Anda, canción de cuna yo pido, porque la cortina al fondo se agita con el viento plútónico y deja entrever el exterior por la ventana, y me da miedo que tantas estrellas brillen a la vez. ¡Tanta luz! Todas brillan, aquí y allá, iluminando el campo exterior, guaruras de la reina Luna. Combátelas. Quiero, pues, la canción de cuna, una tan profunda que venga de lo más maquiavélico de tu corazón, de notas oscuras como nuestra noche. No cantes con tu voz, canta con el poder de tu alma, satisface a los espíritus. Haz caso. Necesito olvidarlo todo, dejar de considerar posibilidades fatales para mi vida. ¿No ves cómo danza la cortina? Un piano a lo lejos está emitiendo notas amargas, subterráneas. Ahí danza, porque ella las escucha, al igual que yo y que los cien fantasmas que bailan alrededor de mi cama. Una canción de cuna, te lo ruego por todos los dioses, los tuyos y los míos, y de toda la humanidad. Ya se enfría el ambiente, ¿o el que se enfría soy yo, tremulante ante los malos? Quieren que vaya a jugar con ellos, ¿tú los ves? ¿Y dejarás que me quede despierto, sí? Anda, una canción para dormirme, porque la sangre está escurriendo por la pared opuesta y yo ya no quiero ver cosas tan feas. Me haces padecer dentro de un laberinto sin salida. Quieres que lo viva, me haces ver cosas horrendas y yo no puedo dormir. Siento tu calor, un calor indescriptible, nunca sentido. Un calor maligno.
   Lo que quiero es irme lejos, alejarme de tu realidad y sumirme en la fantasía de los arcoíris. Ya me ves sonriendo, eso quieres, eso logras. Maldito. El mundo es una granja con cadáveres. Y la sangre me salpica, y tú no quieres darle esa importancia. Eres cruel conmigo. Llévame a tu sueño, a donde sea, aléjame del aterrador cuarto en el que yace mi cuerpo. Me aseguras que contigo estaré a salvo, pues que así sea.
   Canción de cuna, te lo repito, porque sólo con ella puedo dormir y los espíritus gimen, todos los que hay en mi habitación; los ojos desorbitados de un ente sin forma que me mira fijamente sin parpadear, sin perder detalle de mi reposo. Ya me hundí en la almohada, ¿te gusta?
   Nana... nana... canción de cuna... algo para dormir... somnolencia... ¿o es muerte? Unos pétalos negros se están escurriendo por el alféizar de la ventana, en donde creía ver una flor. ¿O son bichos desalmados, comandados desde el Averno? Huele a sangre, por favor llévame, duérmeme.
   Ya tengo claro lo que pasa. No tengo miedo a morir, dormiré plácidamente con tu magia. Con la magia de tus canciones. Lo sé. Olvido todo. Adiós a mi mundo, a la vida. ¿Qué me podía ofrecer esta granja maldita, este panteón? Canción de cuna, ¿ahora sí? Veo que de ti no recibiré nunca protección, porque eres el ser de la oscuridad absoluta. Voy, amigo. ¿Me duermes, por favor? Me siento en paz. Gracias.

22. Maldiciones


   Nacieron cien violetas a mi alrededor, y otras tantas rosas de ingenuas miradas invisibles. No sé dónde estoy, creo que en un lugar muy remoto al habitual, probablemente se trate del paraíso celestial. Las cosas a mi alrededor, todas las situaciones culpables de desencadenar mi locura han pasado corriendo por mi vida; sus facciones terribles, distorsionadas brutalmente, jamás podría olvidarlas, porque todo es tan extraño. No dudo que intento comprender la trascendencia de los hechos, les doy una importancia subjetiva y me pregunto el porqué de sus repercusiones, la causa que desata los efectos. Mi mundo entero se torna espeluznante, hay picos sangrientos donde existían flores, y en donde los rayitos del Sol navegaban alegres no hay más que sombras, seres de la oscuridad, malvados demonios, engendros de espírtus negros que me han contagiado, que pretenden hacerme uno de ellos y yo intento evitar lo que a todas luces parece como una avalancha sobre mi humanidad.
   Aspiro las rosas a mi alrededor, y el perfume huele a sangre fresca. ¿Qué pasa? ¿En qué se ha convertido mi paraíso, el lugar en donde creí hallarme? Mi mente se está desquiciando, porque unas negras ratas de ojos sanguinolientos la mordisquean sin piedad, roen mi imaginación y la transforman, la pervierten hasta decolorarla a lo grisáceo. Mis ojos son como pequeñas cruces, me lo grita el reflejo de lo sepulcral, me lo indica la crueldad de las almas aciagas que rondan vacías por este mundo. ¿Quién es el dueño real de la entereza, para que me ceda un poco, para combatir, o al menos tener valor de cara a los demonios? Por piedad, ¿quién? Tengo miedo, tengo frío, ¿dónde están mis antiguas rosas, mi esperanza, mi felicidad que tanto me costó? ¡Muertas por una maldición inexplicable!

21. Recetas para matarme.


   ¿Quieres que me muera? Déjame entrever tu silueta una vez más, haciendo rebotar los tiernos rayos de luz en tu espalda.
   ¿No me quieres más aquí? Vuélveme a dañar una vez más, tócame, hiéreme, hazme ver el lodo de mi alma.
   ¿Quieres que te deje? Posa una vez más tu mirada en mis ojos temblorosos, deseosos de huir de la realidad.
   ¿Te estorbo en este mundo? Cierra las puertas de lo que antes era mi corazón y que ahora es un órgano tremulante.
   ¿Quisieras verme sin vida? Reprime cuanto puedas mis deseos, hazme ver que sólo prefiero lo necio y sin sentido.
   ¿Te interesa descansar de mí? Vuelve a repetir el último golpe, uno más en el rostro, anda, hazlo de una vez.
   ¿Prefieres que ya no exista? Ríe de mis sueños, mófate de mí, haz que sepa que lo que anhelo es la mayor estupidez del mundo.
   ¿Mi presencia irrita tu vista? No olvides pisotear mi alma hasta dejarla herida de muerte, sin condición.
   ¿Tu recompensa es mi sumisión? Escúpeme, e invita a que los demás también lo intenten, no pondré resistencia.
   ¿Soy una piedra en tu camino? Haz bromas crueles sobre mi persona, búrlate de mi espíritu débil y temeroso, anda.
   ¿Mi vida te avergüenza? Júzgame, hazlo todo el tiempo, no dejes que dé un solo paso sin que tu lengua viperina me ataque.
   ¿Quieres apagar una estrella del firmamento? Tienes que cortarme las alas, pulverizar mis plumas. Dejar de esta ave soñadora una maraña de incoherencias, de locuras. No te preocupes. Tú no cometerás el asesinato, serás libre. Yo mismo lo haré. Ahí tienes la receta para verme muerto en poco tiempo.

20. Abandono en el abismo.

   No sería la primera vez que me preguntara si tras las nubes me estarás viendo. Quizá todo este tiempo haya estado siendo observado, ¿pero cómo darme cuenta? Ocurre que de repente hay hinchazones en la bóveda, córvidas formas que se extienden sobre el firmamento, ojos delicados y sublimes entre lo efímero y lo espiritual. No me canso, mis energías no se agotan cuando pretendo verte a la lejanía, porque sé que estás ahí, tu alma se extiende hacia mí y me cobija con la sombra que produce, delicado ángel de blancas alas y sonrisa eterna, tan cerca y tan lejos.
   Abres tus párpados fantasmas tras las nubes. No estás respirando, tu alma es un hielo que anhela mi calor. En algún lugar te ocultas del mundo y a mi mente te presentas entre enigmas negros, abismales. No te preocupes, y no temas, si me puedes escuchar.
   Sé que tus ojos todo lo pueden saber de mí: no intento jugar a las escondidas contigo. Me exhibo, y deseo de todo corazón que tú también lo hagas con toda naturalidad, a pesar de todo lo que te cueste, te brindo mis energías, que sin ti no las quiero; te regalo todo de mí porque eso es lo que tienes, lo que te llevas y portas con ignorada galanura. Siento tus alas emplumadas ya en mis hombros, acariciándome, ¡oh, tan tibia tu sonrisa! No llores, no derrames lágrimas: ese pesar déjaselo a los seres como yo, muertos en vida, alejados de la realidad y escépticos a la alegría, incapaces ya de comprender el amor y el afecto. Me dejas solo, te vas de mi vida y te alejas de mi vista pero tu silueta reside en mi corazón desahuciado, flojo en sus latidos. Nadie me puede salvar de la oscuridad más que tu retorno, y sólo sería para acompañarte, alejarme del dolor terrenal y pasear contigo por las regiones siderales.

lunes, 4 de julio de 2011

19. Eclipse humano.


   Para los ojos del pequeño roedor, nada había más gratificante que el destello despedido de una fresca y olorosa semilla, arrinconada en lo profundo y parapetada entre el pastizal inocente. Pero las situaciones fluctuaban día con día; cuando el Sol se asomaba era la tierra la que como oro brillaba, ocultando un tesoro debajo de ella. Era la innata candidez lo que procesaba variantes cada vez que despuntaba el alba.
   Silente, como un sabio que se reserva sus filosofías, ahí estaba el animalito limpiándose las orejas para ir después en busca del anhelado premio a su odisea. A nadie parece importarle su sufrimiento, ni se impresionan con su astucia. Acaso pateen su madriguera, quizá la pobre ardilla sin su hogar se quede, alguien la desampare. ¿Quién sabe? La gente va de prisa, ocupada en asuntos serios. No piensan jamás que el alimento de un pequeño roedor pueda ser trascendental, o la destrucción de sus dominios. La vida tal vez sea así.
   El Sol brillaba con toda la intensidad que sus poderosos rayos le permitían, y esta vez le concedía la gracia de fulgurar al jardín del sur. En el del norte, el reino seguía muerto. La araña dorada no acababa de encaramarse al amplio muro humano que se había erigido sobre el campo virgen.
   Ahí lloraban. Pero no eran lágrimas de seres racionales. A nadie le importaba que los pobrecitos se lamentaran de ellos mismos y se apenaran de los reyes del mundo, dotados de inteligencia, pero con las mentes masacradas por la crueldad.
   ¿Qué se podía hacer al respecto? Estaban invadidos e inermes; injusticia de lo terrenal. Había un mundo, pero todo fulminado por el rayo del odio.
   Los ojos de la ardilla cesaron del llanto. Comprendió que no había por qué sufrir por la falta de criterio ajena.

18. Plaga


   Un averno separa mi camino de la verdad, y una eternidad lo hace imposible de contemplar como una posibilidad. El laberinto en el que he echado raíces no permite que visualice una expectativa más amplia que la que corre, la cual suele sonreírme vislumbrando el fantasma del desgano, pero con un cinismo puro. Está bordada mi alma con una austeridad no solicitada, pero que viene y la invade, me envenena, es letal y lo sé, ¿pero qué puedo hacer? Atacarla es ceder a la locura y el desquicio, desenfrenando sentimientos contrarios que me terminarían estrangulando con el más sádico de los estilos. Las banalidades están colgando de mi mente, impregnándola con su terrible peste, y al final, la víctima termino siendo yo. Mis insectos, mis odiados insectos que me persiguen por doquiera que me encuentro, ¡por favor déjenme descansar! ¡Malditos bichos rastreros, ponzoñas, letales armas de la destrucción! Vienen y van, se aferran, me hacen delirar. Otra vez vienen y van, y todo da vueltas a mi alrededor en una danza indecible, ¡destino cruel, que me ha deparado una maldición sin igual, una felicidad efímera que se esfumó y que es presa de incertidumbre su resurrección!
   A veces siento un revoloteo terrible en mi mente: se trata de una agitación de negras mariposas que me recuerdan malos momentos, los peores de mi existencia. Me hieren sin cesar, me atacan, me sorprendo de su inequívoca maldad y nada puedo hacer para detenerlas: me han enfermado con la peste de la desesperanza, el odio y el rencor.

lunes, 27 de junio de 2011

17. Pantano.


   Tráeme la felicidad que alguien me prometió. Me habían dicho que mi vida no sería desdichada. Que habría una luz, una linterna resplandeciente en mi boscoso sendero. Dame la felicidad. Hazme feliz. Las ramas espinosas a mi alrededor me están arañando, el lodo me ensucia hasta las rodillas, casi no puedo avanzar, te lo juro. No soy exigente, pero por favor, tráeme la linterna, la luz que alguien me imprimió en mi mente, y será mejor que no te dilates en el tiempo, que la noche ya está cayendo en mis espaldas, que las fieras rugen por mi lado izquierdo, que voy a ciegas. El terreno es un pantano. Si no me acompañas me voy a morir. A tu lado, el ambiente resplandece y la ciénaga es un jardín, y las ramas espinosas son delicadas flores aromáticas.
   Pero, ¡ah! No soy feliz, y en el cielo las estrellas fallecen, se caen y se evanecen por artística magia. Y cada estrella muerta es una gota menos de mi esencia, que pierdo con más vértigo por las ofensivas espinas que me arañan al andar. Y dime, ¿eso no te preocupa? Tú irradias tanta luz como para volver a encender todas las estrellas que se me hicieron humo en el espacio celestial. Dame mis ojos, dame mi felicidad. Me lo prometieron, ¡no puedes ignorar una promesa!
   Con este fango ya no puedo caminar, me atasco. Mis pies se entorpecen, no puedo más. Sabes que es imposible andar a ciegas, tú me estás viendo y no vienes en mi auxilio. Sin ti moriré, y creo que ni te importa. Al final, la promesa de la felicidad fue un completo fracaso, ¿no lo crees así?
   El jardín soñado, con las preciosas flores perfumadas y el cielo estrellado, no será más que un pantano para siempre.

16. Estrellas.


   Cómo tiritan las estrellas en esta noche apagada, como si se agitaran de frío con el viento juguetón, que corre por el campo con todas sus energías.
   El clima podría ser propicio para una nevada; sin embargo, las nubes se hallan ausentes.
   Y ahí estoy yo, sentado en una roca, en medio de la nada, acompañado de mi espíritu habilitado a mis malas costumbres. Y alzo mi vista al cielo, al manto mortuorio, e imploro piedad, mientras que, mudo, les pregunto tantas cosas a las estrellas, en busca de una solución, de algo que me ayude en mi mal, en levantarme del pozo profundo en el que permití sumirme.
   Algo me hace pensar que las estrellas progresivamente se van apagando conforme mis ideas oscurecen y se eclipsan en mi mente. ¿Por qué la vida me ha deparado una soledad tan pesada, porqué desea verme agonizante, sin esperanza? Y observo el brillar de una estrella a la lejanía, con un resplandor inefable, extraño, único en su género. ¿Qué estaba sucediendo? Yo no lo comprendía y continuaba sentado entre melancolías.
   Y la solidez metálica de la melancolía se recargaba plácidamente en mis hombros; no le importaba que llorara, que me lamentara, que hiciera ademanes de terror puro: ella había llegado para quedarse en mi vida. Esa parálisis me estaba enloqueciendo, eran movimientos a mi alrededor sin sentido, oquedades.
   Volteo al cielo y veo a mi estrella brillar con más intensidad que nunca, ofuscando a las demás, que seguramente se han ido a jugar en algún lugar de la ribera nocturna.
   Esa luz blanca, fulgurante se tornaba en la esperanza para mi espíritu decaído, la razón por la cual aún seguía vivo y yo lo ignoraba.
   Eras tú, a la lejanía, que me observas, que me quieres, que no me dejas solo, aunque no pueda verte.

sábado, 18 de junio de 2011

15. El juego.


Antes que nada, quiero hacer un agradecimiento especial a la persona que me ayudó a ilustrar tan magníficamente el cuento; sin duda una gran artista pero más que nada una estupenda amiga. ¡Muchas, muchas gracias, Onix!

El Juego.


   La pequeña no los escuchaba realmente. Odiaba cuando algún altercado estúpido eliminaba el espíritu pacífico y mágico de la casa. ¡Pero era tan difícil concentrarse en su juego con aquellos gritos!
   —¡Cállate, mujer! ¡No tienes ningún derecho a hablar, y bajo ningún motivo voy a perdonarte jamás! ¡Eres una vergüenza!
   —¡Yo hago lo que se me plazca en esta casa! —replicaba a todo pulmón la madre de la niña, desde el comedor—. Bastante bien merecido lo tienes por abandonarme de este modo.
   La pequeñita, de apenas siete años de edad, centraba sus atenciones en el par de muñecas de trapo que tenía en las manos, o al menos ésa era su intención. Eran de baja calidad y ya muy viejas; a su padre nunca le importó su recreación con juguetes.
   —¡Maldita mujerzuela, adúltera! —exclamaba el hombre, añadiendo otros adjetivos despectivos que los oídos inocentes de la niña no alcanzaban a comprender.
   “Bienvenida, señorita, ¿qué se le ofrece?”, murmuraba la niña para sí misma, moviendo la cabecita de una de sus muñecas, que tenía dos cruces por ojos. Le dolían hasta el alma los insultos lejanos que le lanzaban a su madre, a su querida madre. “Buenos días, señora. Vengo a comprar”, simulaba que hablaba su otra muñequita.
   —¿Te parece correcto que pasen hasta tres noches sin que vengas a dormir a tu casa? ¡Eres un desvergonzado! —gritaba la madre al fondo de la sala.
   —Yo soy el hombre aquí y puedo hacerlo sin problemas —alegaba él.
   La niña no disfrutaba de su juego. La angustia taladraba su estómago. Les estaba dando la espalda a sus padres, en la misma sala, acomodando sus muñecas sobre una mesita en la esquina. Generalmente a su madre le preocupaba que la niña presenciara la violencia, pero ahora las cosas sonaban distintas. La pobre mujer estaba aplicada totalmente con la discusión de su marido y no atendía a nada más. Parecía tener serios problemas esta vez. ¿Se había olvidado de ella?
   —Es una vergüenza que hayas metido a otro hombre en mi cama. ¿Sabes lo que eres? Eres una…
   La niña se tapó los oídos. Con semejantes barbaridades de fondo, hasta el mismo juego inocente se tornaba agresivo.
   “Quiero comprar un vestido rosa”, decía una muñeca a la de los ojos de cruz con la voz sumamente temblorosa. Las manos no podían sostener a las muñecas, perdían fuerza, su vigor se esfumaba. A juzgar por el movimiento trepidante de las figuritas, parecían tener alguna crisis de epilepsia.
   —¿Ah, sí? ¿Y con cuántas mujeres te habrás metido tú durante tus noches de ausencia? —le retó la madre con vehemencia.
   —¡Con ninguna! ¡Con ninguna porque no soy como tú! Pero de haberlo hecho, ¿qué tiene? Soy un macho y tengo derecho a hacerlo.
   “Tengo un modelito… que le va… que le va a gustar…”, se esforzaba la niña en continuar con su juego, pero su corazón estaba a punto de escapársele por la garganta. ¿A qué se refería su madre? ¿Qué significaban aquellas palabras?
   Los gritos volaban de un lado a otro. ¡Cómo deseaba ver a sus padres en paz, queriéndose, dándose muestras de cariño, y ella sintiéndose tranquila, segura y protegida bajo su compañía!
   —¡Ya me tienes harta! —exclamaba la madre.
   —¡Tú más! —respondió él en un tono más grave, y acercándosele.
   La pobre niña no pudo evitar volver el rostro para mirar lo que sucedía entre sus padres. No le gustaba que gritaran así, se aterraba. La atención en sus muñecas la tenía ya completamente desenfocada.
   —¡Aléjate de mí! ¡Quítate!
   —Yo hago lo que quiero contigo. A mí no vengas a darme órdenes.
La madre sintió un impulso repentino, y empujándola con todas sus fuerzas, le repitió:
   —¡He dicho que me sueltes, bestia, animal!
   Él trastabilló un segundo hacia atrás, pero se recuperó pronto, y ante los ojos pasmados de su hijita, hizo acopio de su supuesta aunque fallida hombría.
      —¡Estúpida!
   Tras el chasquido sonoro de una gran bofetada, una muñeca resbaló de una manita y cayó al suelo silenciosa.
   La madre tenía el rostro vuelto por el golpe, y mantenía ambos ojos cerrados. La pequeñita, con la sombra del miedo bajo sus párpados, tuvo el instinto de correr hacia ella sin saber por qué, o en qué podría ser de utilidad. Parecía como si, con ello, el mundo se viniera abajo, una terrible catástrofe. ¿Qué era lo que le decía que las cosas jamás volverían a ser como antes? Era el inicio del fin. Sus padres se odiaban.
   —¿Mamá? —susurró, tomando su mano.
   —Criatura apestosa, ¿quién te ha llamado en esto? —espetó el padre con su furia arrebatada—. ¡Lárgate ahora mismo!
   —Hija… vete a tu recámara, por favor —murmuró la madre, apenas moviendo los labios evidentemente partidos.
   —Mamá… no, por favor… no peleen… me da miedo, por favor, no peleen… por favor… —decía la pequeña con lágrimas incipientes.
   Antes de que su madre pudiera responder algo ante estas súplicas, un brazo poderoso la atenazó y la arrastró por la sala.
   —¡Te he dicho que te quites de en medio! ¡Voy a terminar con esta sinvergüenza! ¡Largo!
   La niña se mordió la lengua hasta hacerse sangre. Cayó de rodillas frente a sus muñecas viejas y un temblor la sacudió profundamente. Tenía los ojos desorbitados y fijos en el suelo: le destilaban lágrimas redondas y gruesas, que se escapaban fácilmente porque no había ni esfuerzo ni voluntad en contenerlas.
Más golpes volvieron a escucharse: los gritos eran de ambos. Aparentemente su madre trataba de defenderla.
   —¡Salvaje! —se escuchaba.


Ella no volteaba más. Recogió sus muñecas con precipitación y se encerró en su recámara sin volver a mirar la escena. Era suficiente para ella. El brazo continuaba doliéndole, porque su padre le aplicó toda su fuerza en él.
Cerró la puerta con seguro y se sentó recargándose en ella. Sus dos muñequitas estaban en sus manos, pero ahora tenían menos vida que nunca. Sus cabezas caían debido a sus cuellitos flácidos.
Agitó su cabeza un par de veces, quería alejar los recuerdos de la tristeza. Detrás de la puerta, aún se escuchaban gritos y golpes, cada vez más furibundos.
Quisiera que me mostrara el vestido rosa”, dijo la niña, intentando colocar en el suelo a las muñecas, para concentrarse en otra cosa. No tenía ánimos, pero quería olvidar. “¡Por supuesto! Mire este modelito”.
Afuera las cosas parecían empeorar. La madre lloraba a gritos, lo insultaba de forma bárbara y el padre no aflojaba en sus pretensiones.
“¡Quiero comprarlo!” exclamó la niña más animada, dispuesta a ahogar los gritos de sus padres con su juego. “¿Cuánto vale?”, gritaba la misma.
—¡No, no! ¡Piensa en nuestra hija! ¡No, no, por favor, no! —escuchó de pronto la niña detrás de la puerta de su recámara, y sus pupilas se contrajeron.
¡Cincuenta dólares!” gritó con todas sus fuerzas, para que su voz predominara entre el horror de afuera, y como no bastaba, continuó. “¿Cuánto dice usted?” “¡Cincuenta dólares! ¡Cincuenta dólares, cincuenta dólares, cincuenta dólares!”.
Y continuó repitiendo la frase en su juego con las lágrimas escurriéndole por sus pálidas mejillas, al saber que seguramente estaban golpeando brutalmente a su madre.
—¡No, por favor! —se escuchó al final, tras un gemido gutural del padre.
¡Me lo llevo!”, gritó la niña. Eso era todo.
Soltó sus muñecas. El juego había terminado.
Un ruido metálico en el exterior, eco de zapatos. Jadeos increíbles propios de un loco. ¿Qué estaba pasando? De forma subconsciente lo sabía, pero su ingenuidad no le permitía comprenderlo, deshilacharlo en su mente.
Alguien tomó la puerta de escape de la sala, alguien corrió hacia la calle, alguien nunca volvería.


La pequeña abrió la puerta de su recámara lentamente. ¿Cómo lo hizo? ¿De dónde adquirió el valor? Lo ignoraba. Pero algo la impulsó a abrirla y descubrir lo que había pasado. Ya estaba oscura la sala. El padre había apagado la luz y dejado la puerta abierta en su huida. Los labios le temblaban a la niña, no sabía lo que debía hacer. Las muñecas en sus manos vacilaban, amenazaban con resbalarse por descuido.
—¿Mamá? —llamó débilmente.
A tientas, buscó la pared opuesta, en donde estaba el interruptor de luz. Caminaba lento, prolongando el tiempo para llegar, para saber la verdad.
La encendió.
—¿Mamá? —preguntó con un hilo de voz. ¿Por qué su madre estaba tirada en medio de la estancia?
Caminó lentamente hasta donde ella se encontraba.
—¡Mamá! —gritó entonces, tan fuerte como hasta hace un momento lo había hecho.
Y arrodillada sobre el piso, lloró como nunca.
Las muñecas también cayeron al piso. Ya no había lugar para más juegos fingidos.



Gracias, amables lectores; aprovecho para promocionar el DeviantART de una gran artista y amiga: http://onixtymime.deviantart.com/ Gracias de antemano por visitarlo.

viernes, 20 de mayo de 2011

14. Vibraciones.




Ribera nocturna, oscuros cielos, nubes vaporosas,
No engrandezcan más las heridas de mi abatida alma.
Estoicos vientos, Luna serena, corrientes olorosas
A tristezas clavadas en la víspera y la calma.

Mi débil alma, aciaga e infausta,
No soporta más desgracias de la vida.
Creo que está al límite, exhausta,
De los reveses que el destino anida.

No viviré mucho tiempo más.
Las desgracias me asfixian, me aprietan
Como queriendo ahogarme en mi suerte.


Y necesito aire, necesito paz
Mas las aflicciones sofocan, aumentan,
Y al final estallan en la muerte.

13. Monstruo.

Muertes silentes, monstruo quimérico, los espíritus allanadores de los débiles caminan con la mayor de las calmas. No lo han pedido, no lo han querido, pero la neblina del final se ha disipado, ahora todo se ve claro. Cierto ente les toca los hombros a los desventurados con descaro. ¿Han sido estos pobres títeres los culpables del llanto y la desolación que traerá como consecuencia el designio?
El horror grita sobre el campo, y no está de más. Sus realidades son claras y penosas. ¿Qué más podían hacer, sino obedecer los mandatos de los más poderosos?
Y allá los verás entre el polvo, librando absurdas batallas de las que el honor no les corresponde. Su destino no es otro que el de complacer a un hombre frío y cruel, y evitar el ocaso personal. Allá van, no paran, uno tras otro. Son esclavos.
Es claro que los demonios del inframundo se complacen observando el sangriento espectáculo, y recibiendo ante sus puertas a un centenar de rostros vacíos, demacrados y terriblemente extenuados, con los ojos lacrimosos por haberlo perdido todo, a cambio de nada.
Los más fuertes continúan mirando hacia lo imposible, pero con los pies en la tierra, y las señales no arriban. Es preciso perecer. ¡Oh, búsquense urgentemente un verdadero motivo de honor, y sonrían antes de derramar su sangre y sus vidas por el polvo!
Y a matar al hermano, al congénere, al que lo señores designaron “el enemigo”, una persona con alma negra, contagiada de la peste helada, muerto en su mente; hombres que se ausentan del mundo prematuramente, víctimas del monstruo.
¿Sobreviviste? Ya no eres libre, te esclavizaste, morirás por tu conciencia, o en el próximo enfrentamiento, en donde volverás a ser títere, una pieza de ajedrez.

12. Déjame en Paz.


Descubierto, condenado. No ha habido un juicio previo, sólo lo que a tu acomplejada mente le sirvió de raquítico sustento. ¡Tal parece que no vamos tan mal! ¿Cuál es la diferencia que nos agrieta a ti y a mí? Ambos estamos locos: uno, falsamente enjuiciado por un ignorante; el otro, creyéndose y atribuyéndose una superioridad evidentemente fantasmal. ¿Pero qué desvariado pide que se le comprenda? Yo no lo he hecho, pero no te exijo consideraciones. No lo hago, porque sé lo que eres, lo suficientemente materialista como para aborrecerte.
Juro que no tengo nada en contra tuya. Juro también que he respetado tu simpleza hasta ahora. Pero no puedo, no debo permitir que un espíritu flojo de sentimientos como el tuyo quiera imponer dominio sobre mi mente y corazón. ¡Ya basta! No pretendía hacerlo, pero ahora no puedo dejar de considerarte como un rival, un hostil en mi camino, un bloque, un obstáculo sencillamente. ¿Qué propensión obsesiva tienes hacia las personas retraídas en su mente? ¿Acaso con mis subliminales palabras te he causado siquiera el mínimo de los daños? Hazme comprender el motivo de la aversión, por favor.
Que yo sienta inclinación por lo inconcebible para ti, no alcanza el título de motivo para tus ataques constantes. ¿Qué es lo que más prefieres tú? Dímelo, para proponerte ser enemigos mutuos.
¡Ah, estos espíritus juveniles actuales, tan volubles, tan crueles y mezquinos, sin fundamentos, dejándose llevar por la corriente! Me encanta, me fascina ser diferente a ti. No tener tu mentalidad es para mí como una bendición, y poseer mis gustos propios es una gracia divina.


martes, 26 de abril de 2011

11. Dimensión oscura.


   ¿Podré verte a través del cristal, por lo invisible, en el reflejo subjetivo… podré verte? Ahí estás, frente a mí, pero no puedo evitar sentir cierta ausencia en tus pupilas. Creo que ya olvidaste las promesas empolvadas, ¿no es así? Vaya recuerdos tan inauditos: rememoras lo subliminal, incluso lo tóxico, pero no lo trascendental e importante para ti, para mí, para un mundo aparte. Pero debes saber que fue aquello una promesa, y no precisamente vacía: mis palabras tienen sustancias metálicas. ¡Hay ayuda en este ser!
   Aquí estás, te estoy viendo, ¿no es cierto? ¿No existirán dimensiones desconocidas, individuales, únicas para cada ente? La dubitación no es la mejor de mis características, lo juro. La tuya tampoco, te lo digo con aladas palabras, ¡pero es la más notoria! ¿Qué vas a hacer? Estamos en un punto crucial de la existencia, de las dimensiones imaginarias, allí estás, pero a la vez no, te pierdes. ¿Y no piensas hacer nada al respecto? A eso se le llama necedad. Duele, pero es real, y sí, como cuchillos duele. ¡Pero no te noto! ¿Qué deseas que haga? Sabes que la entelarañada promesa sigue vigente, vagando entre las sombras, casi como tú. ¿Nada, dices? ¡Revive! ¡Regresa! ¡Estoy aquí! No lo crees, ¿cierto? ¡Abre tus ojitos! Mi cuerpo está aquí, mis promesas también, ¿quieres salir de tu dimensión? ¿Te ayudo? Hemos de apartar la tormenta de polvo que se adueñó de nuestro espacio personal, y empezar nuevamente, barriendo los daños. ¿Me conoces ahora? Bien, tenemos un progreso. No te rindas. Aquí estoy, jamás lo olvides. No hay corazones solitarios en este mundo, te lo juro.

domingo, 24 de abril de 2011

10. Ruedan los versos.

Hmm... un escrito que es resultado del desembocamiento de una extraña inspiración que me asaltó a las 4:00 a.m. (?)

Ruedan los versos
Ruedan versos, ruedan poemas rotos, deshilachados, por entre las calles vacías y terregosas de la imponente y nigérrima ciudad, con su vasto cielo zafirado, con su amplio suelo gris como la muerte.
Giran las palabras sobre sí mismas, las letras se desmoronan: es el viento infame el que las lleva, presas del pánico, vagando, por los callejones empedrados y sucios, con la estrechez de lo inconcebible, indeseados.
Las frases se agitan, tremulan, se estremecen con su mismo reflejo, están perdidas y no obstante, la Luna los ha descubierto. Pero es sólo eso, un testigo mudo, un ojo silente en el cielo que todo lo ve sin agitarse entre sentimientos.
Allá van los versos atolondrados y huérfanos, hacia la nada, hacia la perdición, rodando, empolvándose con descaro: nadie sabe de dónde vienen ni a dónde van. Son una masa multiforme, invisible para el poco observador; frases que van juntas y hermandadas hacia la muerte, hacia lo eterno e imposible, ¡hacia lo desconocido, quién sabe!
Ruedan, chocan contra un muro, se precipitan, vuelven a levantarse, son juguetes de la inclemencia, títeres malditos, seres sentimentales sin autonomía, ¡vaya pena! Simples presas de lo etéreo y sublime.
El viento cruel agita las letras como trozos de papel y se escucha que revolotean por lo bajo entre llantos sutiles, pero ¿quién les presta atención? La ciudad duerme. ¿Acaso alguien opine que son más que seres de tinta sin nada que ofrecer? Pero lástima, van muriendo con cada rebote, con cada impacto; el viento es miserable, las arrastra y son marionetas, ¡oh, por dónde han de rodar, las desgraciadas! Las palabras van deformándose en terribles contracciones, y el infortunio hace que pierdan el sentido, su significado...
Vaya contrariedad, qué horror, las letras han dejado de luchar, ya duermen o al menos privan su abstracta mirada de la miseria callejera. ¿Para qué han de luchar? Las poéticas frases que comprendían se han esfumado, ya no son nada, una mezcla homogénea de misterio, simple tinta. ¡Disolución!
Por las paredes chorrea la tinta, aquí y allá. ¿Quién lo lamentará?Las letras han muerto, rodando. ¿A alguien le importará cuando el alba despunte?
Los versos se han esfumado por la maldición de lo subliminal.

jueves, 14 de abril de 2011

9. Una rosa en la medianoche.

Buenos días! Hoy, que tuve una hora libre en la escuela, me fui a la biblioteca a escribir cualquier cosa para actualizar mi blog un poco empolvado...
Se me ocurrió un poema simple, sin muchas rimas. Me inspiró una canción de Blackmore´s Night que estaba escuchando : )
Sólo espero que sea de su agrado.


 Una rosa en la medianoche

Una rosa olvidada en el polvo.
El rocío corre por sus pétalos
Marchitos, crueldad del tiempo;
Llanto rojo de atardecer.
Sus espinas clava en la tierra,
Infeliz del mundo, de la vida
A la que sin ánimos se aferra,
A la que ha sido sometida.
Una rosa a medianoche
Pide clemencia al viento que la azota
Reza con pregones mudos,
Llora con natural sentimiento.
Está olvidada.
No vale nada.
Una rosa rueda por la tierra
Su brillo se apagó con sus penas.
Su rostro está sucio y mojado;
Su cuerpecillo verde, partido.
Cayó el crepúsculo, la noche,
Pero las lechuzas no la miran.
Es una rosa negra, infortunada
Olvidada por el mundo, una víctima.
Alzando sus desmesurados pétalos,
Atisba a la Luna esplendorosa,
Galante, perfecta, radiante,
Y el rocío corre por ella
Limpia a líneas rojas su tierra,
La empapa.
¡Quién fuera como aquella,
Tan admirada y tan bella!
Y no puede hacer más que mirar
La Luna de la medianoche.
Una rosa es abofeteada por el viento,
Separada, arruinada;
La llevan lejos, rueda
En la negra tierra nocturna.
Sus pétalos sucios va soltando
El viento la desnuda, la mata.
Está quebrada, su fragilidad 
Se ha evidenciado.
Sus restos son esparcidos por el terregal
No tiene forma, era una rosa
Probablemente bella y candorosa
Ya se acabó, es basura, es nada.