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Gracias por visitar el pequeño nido del cisne.

Cuento con un pequeño compendio de escritos que van resultando de luces esporádicas de imaginación. Ratos de cielos color violeta sobre mi cabeza.


Escritor amateur, graduado de Letras, aunque lejos de los mejores honores. Aficionado también a la Historia y a la Filosofía.
Espero que encuentren amenos mis breves relatos. No aspiro a nada, pero me alegraré de saber si al menos una persona logró cautivarse un par de minutos. Supongo que eso hace la diferencia entre una rutina trazada y un devenir diferente.

¡Gracias de antemano!

viernes, 23 de septiembre de 2011

35. Crónica de un alma dominada por el desquicio.





   La acritud de la sociedad y sus manifestaciones taladrantes habían hecho crecer en mí un sentimiento abominable hacia el cosmos que ya yacía con menor intensidad en las tierras de mi corazón. Nunca fue mi culpa de un modo concreto. Las situaciones pasaron vertiginosas, sin dominio de mi propia mente.Lo recuerdo bien todo.

    Una persona que pasó con la más absoluta serenidad por la vía volteó a verme y encendió sus ojos de lumbre, con ráfagas de reto sin consumar, y creí leer en sus labios indudables frases de odio fundidas en su extraño espíritu inquieto, lanzadas a propulsión sobre mi alma con toda intencionalidad. Dentro de mí, rebullían leones dormidos, aplacados mentalmente desde sus últimas manifestaciones en los senderos que cursaba en mi niñez. Entonces es cuando siento acelerado mi flujo sanguíneo, que arrastra plomo y basura, y que hiere cada centímetro interior de mi ser.

   Parece que la persona desconocida frente a mí, con sus ojos ígneos e intensos, desprendió de su monótona postura sus victimizantes garras, de zarpas afiladas, que ineludiblemente se dirigían a mi centro, a mi fuente carmesí de la vida, el oro que tanto protejo. ¿Era esto real? ¿O mi mente alterada jugaba con mis emociones? No tuve miedo de la quimera antropomorfa: con voluntad desconocida mi mandíbula se tensó y provocó un rechinido agudo e incómodo en mis muelas. La furia encarnada traspasaba los límites tolerables, penetraba sin permiso en mi aura, me hacía suyo. Me sentía peor que un cúmulo de dinamita andante, a tres segundos de estallar.

     Era él una figura amorfa ahora, una mancha de tinta en mis ojos. Su mirada extasiante seguía quemándome, yo a punto de perder los estribos. Era una situación de un descomunal carácter psicodélico, una maraña de ideas mal concebidas. Desde mi infancia, no había temido tanto por mi integridad, ni había repudiado tanto a un ser, vivo o muerto. Mis puños, algo separados ya de mi mente, temblaban viscerals queriéndose escapar de mi cuerpo para actuar con autonomía y sin represiones de conciencia alguna. Y cuando la condena a mi pretérito estoicismo dejó caer su látigo sobre mi cuerpo físico, toda humanidad se desvaneció: la presencia que ante mí se formaba me sonrió, aparentemente sin ninguna amabilidad, y su garra extendió por lo bajo. Al volver a encontrarme con su fogosa mirada de diablo y su silueta umbría, mi conciencia pasó a segundo plano, mi moral se pulverizó.

    Fue tiempo del ataque inadvertido. Ráfagas de aire caliente me cortaron mi respiración y me marearon al punto del desvanecimiento; no obstante, mis puños obraron con más fortaleza de la que pude pretender, como nunca, apretando la garganta del transeúnte desconocido. Dentro de mí, en mi océano interno de sangre hirviendo, una serpiente marina de aspecto terrible asomaba su cabeza formidable sobre la superficie del líquido rojo y chasqueaba sus fauces: era el dolor del dominio ajeno, incluso un sentimiento que a todas luces resultaría inverosímil. Pero lo era. Mi cerebro me dictaba que matara al hombre que supuestamente me confrontaba.

    Al primer hundimiento de mi navaja personal sobre su cuerpo, sentí que mi entorno se disfrazaba burlonamente en otra dimensión. Tras de mi víctima, veía el fuego, ¿quién me iba a decir que no estaba en el mismísimo infierno? La boca de una cueva, luego dos cuevas, luego tres, aparecían alrededor de nuestros cuerpos, en sincronía con las mortales heridas que le aplicaba al hombre. Mis oídos no percibían los aullidos que en la dimensión convencional lastimaban con su sonoridad.

    Mi boca se agitaba, pero no era yo, me veía como una víctima inerme, aún más que el hombre al que la vida se le escapaba por los orificios que mi navaja le propinaba. Eran situaciones que en un delicado trance se volvían cruciales. Mi furia se expandía colateral como un bravo océano bajo un ciclón titánico. Diez, y once, y doce, y perdí la cuenta, no me importaban los impactos del filo en la carne, no me importaba mi vestimenta, otrora blanca, que estaba presa de la evidencia más refulgente. Mi rostro representaba una personalidad diferente, diabólica, salpicada de un frágil color escarlata.

    Supe que el mundo se ennegreció ante sus ojos cuando no pude notar más el fuego en su mirada, cuando su sonrisa se había tornado en una horrible mueca petrificada, cuando sus zarpas perdieron todo vigor y toda chispa. Esa fue mi pobre anestesia, el dolor que sólo a mí me revivió. La caída de la navaja, su cuerpo y el mío constituyó una única precipitación ya fusionada. Fue cuando sentí un desaplomo en mi alma, una necesidad visceral satisfecha.

    El odio se escapó de mi cuerpo tan presuroso que cuando llegó. Yo estuve tirado, observando ahora con mis verdaderos ojos el crimen que a todas luces se me imputaría: el asesinato de un pobre anciano inocente y desconocido, que a mí se me había acercado con toda amabilidad a saludarme a los contornos de mi casa por motivos que para siempre ignoraré.

    Mi mente había jugado terriblemente conmigo. No podía perdonarla.

    No era mi culpa, de eso estaba seguro, y lo seguí estando cuando las personas irrumpieron al jardín de mi casa señalando ambos cuerpos: el de él, hecho un amasijo deshumanizado por la navaja, y el mío, con el brillo sanguinoliento que me denunciaba. Al levantar las manos y mostrar que me hallaba desarmado, me pregunté por qué no mejor me otorgaban la opción de esconder el cadáver en mi patio, como si nada hubiera acontecido, reivindicándome y siguiendo mi vida en paz. Era molesto ver a la gente condenándome por un hecho del cual yo fui víctima. ¡Soy una absoluta herramienta de asesinatos, moldeada por la misma sociedad! ¿No lo ven? ¡Soy una conglomeración de emociones que me gobiernan por los múltiples traumas de mi niñez! ¡Ayúdenme, no me condenen, soy una víctima!
La gente debería comprenderlo, pensé mientras me sometían.

    Y cuando mi barbilla tocó el suelo frío, mientras un cuerpo me contorsionaba, volví a ser presa de otra ilusión de la que no podía desprenderme. Las personas a mi alrededor se convertían poco a poco en sombras oscuras con ojos de fuego, que me miraban lentamente con sus sonrisas demoníacas.
No era yo. Sólo una idea se agolpaba en mi mente, multiplicándose de forma autónoma:

    ¡MATAR, MATAR, MATAR...!

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