Bienvenidos!

Bienvenidos.
Gracias por visitar el pequeño nido del cisne.

Cuento con un pequeño compendio de escritos que van resultando de luces esporádicas de imaginación. Ratos de cielos color violeta sobre mi cabeza.


Escritor amateur, graduado de Letras, aunque lejos de los mejores honores. Aficionado también a la Historia y a la Filosofía.
Espero que encuentren amenos mis breves relatos. No aspiro a nada, pero me alegraré de saber si al menos una persona logró cautivarse un par de minutos. Supongo que eso hace la diferencia entre una rutina trazada y un devenir diferente.

¡Gracias de antemano!

martes, 13 de marzo de 2012

65. Ignominia


Mis manos temblorosas rodean mi rostro, no quiero ver al mundo y es mi última decisión. ¿Para qué? No vale nada. 
Alguien canta alegre a la lejanía, es un estúpido y en mi mente lo mando a diablo. En esta vida sombría no se puede ser feliz. Se trata de un estímulo para los fuertes, para que las heridas que reciben al arrastrarse por el suelo no duelan tanto mientras sangran. Uno atisba una remota probabilidad de sonreír, y ésta viene a jugar con mis absurdos ideales, a agitarlos como muñecos de trapo, a destrozarlos con vigor. Todos me golpean, me abofetean, me lanzan dardos con sus palabras.

Ahí, sentado afuera de mi casa, bajo la horrible luz de un débil farol, contemplaba la oportunidad de seguir con vida, de reptar por mi entorno, de nunca crecer más allá, pues la realidad aplasta a mis expectativas. Alzando la cabeza, me percato de que la Luna me observa con un brillo tal que pareciera una pícara sonrisa socarrona, como recordando que mi vida valía menos que un centavo, que no me preocupara por cosas inútiles, pues al cabo nada tenía verdadero sentido.
Me hundo en mi amor frustrado, en mi espiral descendente. En esas personas que de verdad quise y me abandonaron. Los destellos inversos del negro cielo tratan de difuminarse ante mi borrosa vista, estallan, se hacen polvo.

Agito mi cabeza. Ya enloquecí por el derramamiento de sangre que mi corazón ha permitido; volaban las gotas por el aire, a la nada. Definitivamente, nadie en este mundo es capaz de entender mi dolor, puesto que sólo en mi alma reside el de éste género, ahí patalea con furiosa pasión, ahí me carcome, me roe, me mata.
¿Medio loco, consideré? ¿Esperaba que las furiosas estrellas me dieran una respuesta acaso? ¿Por qué gritaba con lágrimas en los ojos el nombre de la única persona que en mi vida me hizo sonreír? ¿Por qué, una y otra vez, el eco de mis ruinas regresaba a golpearme? ¿Por qué, como si lo mereciera ella?
Era un fantasma que me torturaba el cuerpo, la mente y el alma. Un suspiro en el viento, algo concebido y jamás tangible. Una mera utopía. Un sueño reprimido, unas ansias incontenibles de tragar el mundo entero y una tremenda debilidad para realizarlo. 
Lloro ante lo fantasmal. Era... todo lo que quería para mí, lo único que pedía, una persona que me hiciera cosechar sonrisas.

64. Pasión de un amigo eterno


Dolor, dolor que esta ausencia me inyecta;
frialdad, consumación de los sentidos.
Tu imagen que la nada me proyecta
albergando sangre y sueños partidos.

El ocaso a mi cuerpo difumina
en la lluvia negra y corrompida.
Cómo pude albergar esa esperanza
esparcida tan ciegamente a ultranza.

En mis brazos del mundo te escondías
cuando ese triste corazón robado
se arrastraba en dolorosas sequías
de amor latente poco afortunado.

Yo enjugaba tus lágrimas, recuerdo,
la triste pasión de un amigo eterno;
si vagando lejos con él te encuentro
mi día se transforma en el infierno.

¿Por qué, por qué, Cupido desgraciado?
Yo sólo quería estar a su lado...


domingo, 4 de marzo de 2012

63. Víctima culpable.



El viento silbaba entre las sombras de los estudiantes, tras las rejas y sobre la hierba. Engullidos en un remolino de incertidumbre, la acometida a la puerta exterior del salón no se hacía esperar.
Más que una creencia, más que una diversión o un pasatiempo, era la forma de vida que llevaban tres pares de retoños aún sin madurar. Seis sonrisas socarronas se cruzaron, encontrándose la una a la otra, en un incierto ambiente mendaz.
El capítulo de ese día se cerraba para la mayoría de los alumnos, pero para estas amigas, uno nuevo apenas se revelaba. El espíritu se estremeció enseguida, fue un plan sublime, tácito, como diario.
¿Qué pasión, qué clase de adicción poseía a esta media docena de pillas?

De sobrio traje, el catedrático había abandonado el amplio salón de clases. Una pizarra medio borrosa y un silencio sepulcral quedaron en el aula luego de la jornada de estudio. Los alumnos habían emprendido la retirada, presurosos de abandonar el colegio en cuanto atisbó el lastimoso llanto de la campana exterior.
El gris grosero de las paredes se marchitó al opacarse la bombilla eléctrica, y la negrura asomó a la vista. Seis muchachitas de aspecto desolador quedaban en la estancia, y en cuanto se vieron sin la presencia de la autoridad escolar, incorporar sus cuerpos y se miraron en silencio, con agitación tétrica.

—Mírenla —dijo Luisa.
—Idiota —murmuró Marcela, dirigiendo su vista hacia donde su amiga le indicaba—. ¿Cuántas veces no le ha sucedido, precisamente en clases?
—Muchachas, vamos a divertirnos —propuso Karina—. Esto simplemente no podemos dejarlo pasar.
—Es cosa de diario —murmuró nuevamente Marcela con indiferencia.
—Entonces, diario obtenemos diversión —contestó Karina.


En el rincón del aula, sobre una entelarañada y honda oscuridad, la pobre y despistada Tania dormía profundamente sobre sus brazos. Noble, pero lerda y tarda de reacciones, solía sufrir de las bromas más despiadadas de sus compañeritas.
En aquellos momentos, daba un paseo mágico por las regiones astrales de su mente. Un paraíso profundo, hierba verde y fresca, árboles de colores y un radiante sol sobre un arcoíris. Aunque soñando, mantenía una sonrisa bella en su rostro.


Un chillido aterrador pescó la realidad en su mente.
Karina apartaba de golpe la silla contigua y ahora contemplaba a su compañera con atención. Alta y desgarbada, sus ojos poseían el relámpago profundo, una chispa horrenda y pavorosa.

—Despierta, estúpida. ¡Despierta!
—Vaya tonta. Las clases terminaron, y ella dormida como bestia —secundó enseguida otra de las chicas díscolas.

Tania levantó su pálido rostro de entre sus brazos, y un par de ojitos hundidos se mostraron tímidamente. Era pequeña y frágil, y su mirada extraviada reflejaba la pesadez de una incómoda víspera.
Tres o cuatro muchachas rieron al unísono, pero Karina se mantuvo callada, con ambas manos apoyadas en la mesa en donde reposaba Tania, con actitud retadora, imponente. Ya, ya tenía a su presa.
—Por favor, hoy no… —dijo, casi en una súplica susurrada.
—¿Hoy no qué? —preguntó Luisa, burlona.
—Hoy no… hoy no quiero hablar con nadie. Por favor…

Las chicas voltearon a verse mutuamente, cruzando ideas silenciosas, transmitiendo la burla por la mirada, asomando la crueldad en sus sonrisas oscuras.
Una de las muchachas, de nombre Verónica, en un impulso repentino, saltó una silla próxima y, aproximando su silueta a la figura petrificada de Tania, lanzó bruscamente una amenaza.

—¡A nosotras no vengas a hablarnos así! ¡Cállate!

Tania, harta de la estúpida escena teatral diaria, lanzó un suspiro tembloroso, que representaba coraje, temor, tristeza y desilusión, y luego dejó caer su cabeza con dulzura nuevamente hasta sus brazos, que aún rodeaban el pupitre, tan bien rodeado como lo hacían a ella sus compañeras egoístas.

—¡Ya levántate, torpe! —chilló Verónica y la tomó del cabello para alzarle salvajemente la cabeza—. ¿Crees que es hora de dormir?
—¡Suéltame! —exclamó instantáneamente Tania con furia contenida, pues nunca la expresaba con demasiada seriedad.

Verónica la soltó y al fin la vio a los ojos. No sentía temor, era segura de sí misma. Una muchacha terrible, increíblemente grande para su edad, y fuerte de complexión. Jamás había representado para ella ningún problema la pequeña Tania.

—¿Quieren dejar de molestarme de una vez? —exclamó Tania, con un nudo en la garganta—. ¿Qué les he hecho yo?
—No seas llorona. Maldita bebé —dijo a su vez Karina—. Tonta. Si lo único que queremos saber es por qué tienes tanto sueño.
—No les importa. Váyanse.

Las muchachas tomaron a broma sus palabras. Luisa rió a carcajadas. Una ola estrepitosa volvía su rostro contra Tania, estaba acorralada nuevamente. La iban a golpear.

—Sí nos importa —dijo Karina, la más elocuente del grupo y evidentemente la líder de las muchachas rebeldes—. Siempre has sido nuestra amiga. Yo por lo menos, te quiero mucho, Tania. No sé por qué te confundes. Siempre he tratado de llevar en paz las cosas contigo; es cierto, nos divertimos, pero lo hacemos contigo y no de ti. No comprendes la corriente moderna de los jóvenes.
—Tú no eres mi amiga, ¡y jamás lo serás! —exclamó indignada Tania. Sus pequeñas manos, empuñando el vacío, temblaban de ira.
—¿Lo ven? La niña me odia. Pobre chica. Y yo que la quiero tanto.

Luisa volvió a soltar otra risotada bestial.

—Si me quieres tanto —dijo Tania—, ¿por qué no me dejas en paz de una vez?
—Porque me empeño en que seamos amigas —dijo Karina sonriendo—. No eres una mala persona. Ni yo tampoco. Anda. ¿Por qué no hablas más?
—Sí, ¿por qué siempre eres tan callada y apartada? —preguntó otra de las muchachas.

Tania no contestó. Bajó la vista para observar sus manos temblorosas. Trataba de dominar sus ímpetus; era difícil pero no deseaba demostrar que ellas eran quienes le inyectaban la ira. Su madre muchas veces llegó a aconsejarle, en su acogedora guarida de su recámara, que era mejor ignorar a los patanes que la intentaban ofender con simplezas.
Así que se guardó sus sentimientos una vez más y fingió indiferencia.

—¡Te ignora la tonta! —exclamó Luisa sorprendida.
—¿Por qué te duermes en clase? —insistió Karina con una sonrisa.
—Déjame en paz.
—Sólo dímelo, ¿por qué eres así conmigo? Me interesa saber por qué te duermes en clases. Ya deberías dejar las drogas.

Tania sintió una punzada intensa en su estómago. Definitivamente, sentía odio y desprecio hacia esa mujer. ¿Por qué tendría que contarle que dormía porque la noche anterior se había mantenido en vela por su madre enferma, en el hospital?

—Vete al diablo. No eres mi amiga, ni te quiero, más bien te detesto. No paras un solo día de molestarme, de estar intentando engañarme con falsa amistad para seguirte burlando de mí. No sé qué pasa por tu mente, Karina, de verdad.

Las muchachas se mostraron sorprendidas con esa declaración de la chica dejada de la clase.

—Escúchalo bien —continuó Tania, cada vez con menos control de sí misma—. Ya me he hartado de tus juegos y de tus bromas. Me tienen exasperada. Todo este tiempo he intentado ignorarte, para ver si así tus estúpidas burlas cesan, pero ya veo que no. No dices más que tonterías y me arrebatas mi tranquilidad.
—Cállate, basura. Cállate, te lo ordeno —le gritó Karina.
—¡No me callo!
—¡Sí te callas! —rugió su enemiga, dándole una bofetada repentina.

Esto dejó sin aliento a la pobre Tania, le volvió el rostro, le cerró los ojos, la dejó perpleja, sorprendida, humillada. Hubiera dado lo que fuera por levantarse de su asiento esquinado e irse del salón corriendo, pero todas las muchachas la estaban rodeando en una actitud amenazante y ni siquiera la dejaban incorporarse. La tenían sencillamente acorralada, como una víctima, una liebre frente a seis cazadores.
Sus bracitos temblaron en el pupitre. Ya estaba llena de desesperación.

El intento de levantarse fue en vano, varias manos rudas la retuvieron en su lugar y la siguieron maltratando. No podía esfumarse, deslizarse, escurrirse entre esos brazos fuertes y salvajes. Veía la salida al fondo, pero varias siluetas la golpeaban en el rostro, en el cuerpo, la empujaban en su mismo asiento. A veces perdía de vista la luz, pero no se eliminaba por completo, volvía a surgir.
Sobre todo cuando la levantaron a rastras y se la llevaron cargando del salón, hacia afuera, para irla a depositar a un gran bote de basura. Ahí el sol brillaba, aunque con la debilidad misma de los ojos de Tania, que parecían cerrarse, oscurecerse. Estaba humillada, terriblemente humillada. La luz la deslumbraba, a pesar de ser tan tenue. Las risas la aturdían, el torbellino de emociones le quitaba la sensibilidad al final. Nada parecía tener sentido. Aullaba, quería pedir ayuda, pero recibía más bofetadas en el trayecto hacia la basura. En su estómago sentía el odio, la crueldad… todo junto, pero jamás expresado. Quería golpearlas, quería vengarse, pero sabía que no sería capaz. Quizá se animara, sí, pero las cosas terminarían peor: no podría pelear contra ninguna de esas inmensas mujeres. Todas eran demasiado grandes para ella, tan menuda y frágil. Tal vez por su condición física y anímica es que se metían contra ella tan cruelmente.
El caso es que nada podía hacer, por más que manoteara, más la prensaban, y no la soltaron hasta no verla hundida entre el desperdicio que contenía el gran bote de basura. Allí, y sólo allí, nadando entre despojos y sobras de comida, las muchachas se sintieron a gusto de su travesura.

—Ese es tu lugar, idiota —murmuró Marcela—. Para que no vuelvas a respondernos de esa forma. Y la próxima vez te irá peor.
—No quiero verte el día de mañana —sentenció Karina—. No me dan ganas. Ya me diste bastante repulsión por el día de hoy.
—¡Vete al diablo! —exclamó Tania, y por respuesta recibió un escupitajo.

La crueldad de las jóvenes no tenía límites, la dejaron atorada en el contenedor de basura y se fugaron del lugar, dejándola a su suerte.
Eso era todo para ella. Ya no podía más. Días y días de aguantar tantas humillaciones, que ya no sentía pena ni por ella misma. No había vuelta de hoja ni nada en qué pensar demasiado. Estaba resuelta a todo. Quería venganza, aunque fuera de la forma más cobarde.
Estas muchachas necesitaban saber de lo que estaba hecha Tania. Lo debían conocer. No había otra opción. Ya que nadie escuchaba a la pobre, solamente la venganza de ella misma liberaría a su alma de la opresión. Eso iba a hacer.

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…Y la empuñaba, entonces, bajo su mochila, sin mucha pasión, sino con pinceladas amargas de melancolía y frustración.
Acariciaba el gatillo en secreto.
Las tenía a la vista, a las seis. Y qué casualidad que el cartucho fuera de seis también…
Eso era todo. Ella era la víctima, no la culpable.

Y ni las danzantes hojas del viejo roble hubieran podido prever el ataque inminente.





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Gracias por la chispa de inspiración, Mel.

62. ¿En dónde se venden arcoíris?



Hola, son las ocho y media de la noche y el mundo ha dejado de girar para mí. Me sometí al puro dolor de esas calles tan descuidadas, tan podridas, con el olor de un cajón de recuerdos de amor. ¿En dónde venden arcoíris al por mayor, para ornamentar cada una de ellas? Podría hacerle un favor a la comunidad, pues noche tras noche, parece que las lágrimas lavan las penas de la víspera, para volver a rodar con unas nuevas. ¿Cuánto costará cada uno de ellos? ¿Tanto como la propia felicidad? ¿Tanto como el afecto y el amor que me rezó mi divina ingrata?

El polvo lame mis botas viejas con delicia, raya mi melancolía. Siento que nado en un mar, en medio de un gran ciclón, en donde la tempestad impera y soy un juguete de los divertidos caprichos del viento. Ahí están, esas chispas líquidas besando mi frente, juegan con mi cabello revuelto hasta dejarlo fundido con su misma esencia.


No estoy imaginándolo, al menos no todo. La lluvia realmente castiga a los callejones oscuros, ya de por sí lodosos, en donde yo transito sin rumbo fijo...

Quiero calcinar mi demonio interno, el que punza mi alma. El corazón bien puede irse en ello. Luego de perder a mi triste princesa, ya nada importa.

¿Será, acaso será que cada una de las gotas celestiales es un momento que viví con ella, un reflejo acuoso de su rostro, una expresión, una caricia? Todas ellas se vuelven en mi contra como un inmenso e infinito batallón líquido de kamikazes, sin excepción me golpean con ira, y a la larga corren, se deslizan por mi rostro. No quieren jugar conmigo ni complacerme: con toda la hiel contenida, salpican mi orgullo, se hunden en el recuerdo de los desmanes. Pretenden que me dé cuenta de que el culpable de no estar con mi amada soy yo mismo. ¿Tan pérfida es, como mi corazón lo dicta?


De ellas corro, del recuerdo, de la lluvia me resguardo. Y es que no, ya no la amo. No, no me atosiguen. ¡Aléjense, necias gotas! ¡Muere pronto, tormenta! Los arcoíris, urge uno para mañana a primera hora, cuando los rayos se alcen. ¿En dónde, pues, los venden?

lunes, 23 de enero de 2012

61. Suicidio discreto.




Recuerdo cuando salía a la calle, luego de aquellas adversidades cercanas, y las luces en el firmamento se tornaban de colores destellantes ante mis ojos, presas del trastorno.
Me repetías una y otra vez que me fuera, que me apartara, que mi presencia hería tu torva vista. Yo me iba. No podría discutirte: de hacerlo, el infierno ascendía, y luego volvía a descender conmigo.
Pero... es sólo que a veces no podía complacerte, no podía irme... Eran ocasiones tan cruentas... ¡cómo las recuerdo! No podía irme, porque mis piernas estaban amoratadas, con la sangre congelada.
Y las luces de la calle, sonriendo rojizas, me veían arrastrarme por la banqueta, persiguiendo mi premio que era el escape. Allá, lejos, las sombras cubrían los caminos como una lluvia negra y corrompida.

Mi mente se negaba a abandonarme, y me azotaba como una tormenta tremenda, me dolía inmensamente, más que mi costilla rota por garras depravadas...
¡Me dolía, me dolía no poder dormir! Era una tortura caminar mentalmente por los sucesos ocurridos en la sala de la casa.
Nunca llegué a llamarlo hogar. Sólo casa.

No llegaría a dormir bajo mis sábanas esa noche, ¿pero eso a quién le preocupó? Ni siquiera mi presencia, ni mi sombra extrañaste. Tu neurosis ya había sido evacuada en la mañana, mi cuerpo te ayudó. Ahora, ¿para qué era útil?

Llegué a preguntarme si mi existencia beneficiaba, neutralizaba o perjudicaba. Interesante cuestión, sin duda, repasé mil veces mientras sentía nueve o diez pastillas en mi lengua, hasta mi garganta casi.
Si a ti no te importaba mi corazón ni mi alma, ¿por qué iban a preocuparme a mí? Si no me extrañabas en casa, ¿por qué abandonar mi refugio callejero? Si cuando enfermé jamás pasaste tu mano por mi frente, ¿qué te importaba que robara pastillas de la farmacia, que me intoxicara? ¿Que intentara dormir para siempre, eso te importaba?

Lo recuerdo bien, vaya etapa de mi vida. Pensé que un suicidio discreto sería lo mejor para ambos. Quizá no estuviera tan equivocado.

60. Las rosas del invierno.



Parecieran los destellos de un astro terrenal, de un lucero lleno de vida que fulgura gracias a cierta facilidad mágica e interesante.
En el jardín blanco de la mansión infinita, brillan con pasión las rosas del invierno. No tienen fin sustancial, alumbran por naturaleza, son dueñas de la luz eterna, nunca irán a extinguirse. Se alimentan del regalo de la humanidad, y resplandecen con un ímpetu que cobra nuevas fuerzas a su paso, una refulgencia tan blanca como la nieve decembrina que se derrite alrededor de sus tallos.

Se trata de rosas hechas de polvo. Polvo acumulado de las divergencias del territorio, viajero del tiempo y del espacio, con razones ignoradas para el mundo y para ellos mismos. En el límite de lo existente, las rosas blancas existen porque sólo ésa es su misión. No podría ser de otra manera. La felicidad derramada debe contar con alguna ruta de escape alterna; si se queda entre las personas se pudre. Debe hacerse polvo, debe viajar, dormir, soñar, constituir, brillar. No regresa, es generable y tiende a evaporarse como la luz en el crepúsculo.


Las rosas irradian, ríen, alargan sus pétalos mágicos de luz al universo La gente ha olvidado que existen allá lejos, que sus raíces se extienden en el rincón del mundo, en un sitio inalcanzable.

Los hombres son mustios porque olvidan la esencia, porque buscan comprar felicidad, manejarla cual negocio. Pero las rosas del eterno invierno no venden: regalan. Nunca dejan de brillar. Sólo los más pequeños lo saben, sólo los niños... juegan con ellas en su imaginación y duermen protegidos por sus fuertes destellos blancos y puros. Por eso, sólo ellos son sinceramente felices.

59. El reflejo de una lágrima



Fue entonces cuando te vi. De tu ojo derecho brotaba una lágrima densa pero llena de vida, de dolor y de soledad. ¡Claro que me importaba! Al contemplar cómo rodaba esa gota por tu mejilla cálida, sentí como si en vez de ello, me estuvieran enrodando el cuerpo entero, me mantuvieran con peso muerto en mi pecho. Has olvidado que tu dolor es mi dolor, has olvidado también que tú y yo somos un mismo ser...

A veces no comprendo por qué tú y yo somos tan semejantes. Cuando ríes, río, y cuando lloras, lloro. ¡Será porque me afliges tanto! Ah, pero nunca me lo cuentas... Nunca puedo enterarme de los problemas que tiene esa persona que está frente a mí. Por favor, ayúdame. Yo ya no puedo comprenderme a mí mismo, ayúdame comprendiéndote a ti. ¡Por favor! De esa forma, mi angustia aminorarías, quizás una mueca torcida se convierta en una sonrisa y así seremos felices los dos, tú y yo.


No me veas con esos ojos de ardor febril. No es que me den miedo, pues yo mismo tengo una mirada ardorosa. Pero, por favor, no me mires así, nunca me veas, es devastador para mi espíritu. Me pongo a llorar, te pones a llorar. Grito, gritas. Es una secuencia mágica, producto de mi maravillosa depresión.

Pero, ¿quién tiene la culpa de ella? Yo no, tú. Tú, porque dependo de ti y me envenenas. Eres como una sombra que me sigue, pero que me dirige su maldita mirada, sólo cuando yo lo deseo. ¿Pero qué me pasa? ¿Por qué sufro al ver tus lágrimas? ¿Por qué el nudo mutuo en el corazón?

Debo de haber enloquecido, por Dios. Todo este tiempo le he estado hablando al espejo.

58. Distancia espiritual.





No quiero despertar, no quiero darme cuenta de que esto no es un sueño, que la realidad me persigue y me atormenta. No quiero abrir los ojos por la mañana, pues el Sol nunca volvió a ser el mismo de antes sin ti, porque la luz me lastima, no la vista sino el alma. Quiero dormir eternamente, quizá logre cazar algún sueño furtivo que me engañe dulcemente, que me impida ver lo lejos que estás, que me lleve a un paraíso idealizado en donde sólo estemos tú y yo, en donde pueda tomarte de la mano, en donde al fin me correspondas.

Vaya crueldad de la vida el mantenerme aquí despierto. Quiero soñar eternamente, soñar contigo. De otra manera, ¿para qué quiero la vida? ¿Para qué, si estaré por siempre lejos de ti?


Sin desearlo, arrebataste mis esperanzas y mi dicha de vivir. Tú eres feliz mientras yo estoy embaucado en la búsqueda del sueño eterno.


Yo no busco culpables, porque en este cuento no hay villanos sino sólo víctimas. Esta terrible distancia nos la interpuso el destino que no tolera la felicidad. Pero no hablo de nuestra distancia física precisamente. Hay una distancia espiritual.


Prefiero estar dormido que despierto. Por el día vago solitario por las calles polvorientas, llenándome de recuerdos dulces que me causan dolor y por las noches sólo me aplasto contra mi misma cama intentando aturdirme pronto para dejar de pensar en el dolor de nuestra nueva distancia espiritual.


Sólo dormido, las heridas cicatrizan parcialmente, en donde te veo nuevamente para mí, en donde me extiendes tu blanca mano. Prefiero dormir y nunca despertar.

57. Hoy quiero arrancarte.








Toda mi vida esperé a una persona como tú. Que fuera la identidad de mis deseos reflejados en la negrura de una mirada profunda, de una tibia sonrisa, de soberbios actos de amor.
Ahí, en donde tú estabas parada, ahí desembocaban los canales de mis expectativas.
Creí que mi fortuna había llegado contigo.

Cuando te conocí, supe que el destino había sido benévolo conmigo. Que mi vida estaría resuelta. Que alguien amaría a este imprudente poeta arriesgado.

Al contemplar tus ojos, quería creer que eran los de un ángel. Y tu cuerpo, que era el de una diosa.
Noche tras noche, yo le daba las gracias a no se qué, porque tu camino se había entrelazado con el mío. Por darme el don de conseguirte.
No creía merecer semejante suerte, ¿pero quién iba a despertarme del letargo?

La luna lo desaprobaba en silencio. Yo sí me enamoré.
¿Por qué lo hiciste tú?

A cada encuentro, a cada paseo matinal, mis manos topaban con el frío glacial de tu cuerpo. No era hermoso, pero creía que necesitaba darte un poco de mi calor; unas cuantas caricias te habrían devuelto la tibieza de tus mejillas.
Tu sonrisa era fija, pero desabrida, con ganas incontenibles de desvanecerse. De haber tenido energías, se hubiera burlado de mi necesidad. De necesitarte.
¿No le faltaba a tu boca el dulce de mis besos?

Hubiera sido mejor que me escupieras ahí mismo. Tú no me amabas, no me disfrutabas. ¿Por qué?
¿Qué quisiste hacer conmigo?
¿¡Qué es lo que has hecho ahora!?

Te di tantos regalos para que jugaras con ellos, pero tú preferiste mi corazón como el juguete más divertido, utilizando a mis sentimientos como métodos para entretenerte. Yo te amaba, yo te esperé tantos años para conocerte...
Y tú... simplemente...

Jugaste... ¿por qué no me lo dijiste desde un principio?
¿O por qué no me di cuenta de quienes te rodeaban? Más popular no podías haber sido.

Hoy quisiera arrancarte. Destruirte, como tú me destruiste.
Quiero borrarte lentamente, que sientas mi dolor, que sufras.
Amor eterno, lo que le toca a ambos.




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No es para nadie, en realidad. 

martes, 27 de diciembre de 2011

56. Lágrimas de sangre.






-¿Y ahora qué fue lo que sucedió? -pregunté en un murmullo.
-Fue mi culpa -declaró ella, en tono aún más bajo. Sus fuertes sollozos la interrumpían con constancia.

Afuera, tras la puerta, resonaban ecos de violencia extendida, un mar de sufrimiento, con olas de injusticia.

-Pero... pero, ¿quién comenzó? -pregunté de nuevo en forma absurda, como si con ello lograra solucionar algo.
-¡Que fue mi culpa! -masculló ahora, avivando su llanto. En tal oscuridad en la que nos hallábamos, ni aun estando frente a mí hubiese distinguido su silueta.
-¿Tuya? No creo que hayas querido tú que papá la esté golpeando de manera brutal en la otra recámara.
-Se van a matar, se van a matar... -intercalaba una y otra vez ella, entre su llanto cortado.
-Cálmate, todo va a salir bien... -murmuré, en otro torpe pero bienintencionado intento por congelar la triste intensidad.
-No es cierto... se van a matar esta vez, sólo escucha... -volvió a balbucear mi hermana desde su lecho en la oscuridad.

No podía estar del todo equivocada, para nuestra pena. Los gritos desgarradores de mi madre tras la pared hacían casi imaginarla como atada a una hoguera, a juzgar por la fuerza con la que los despedía.

-No es justo -murmuré, con lágrimas en los ojos.
-Quizás lo sea -me respondió mi hermana desde la cama contigua. Apenas pude escuchar su susurro tras el alboroto-. Y es por mi culpa.
-No lo comprendo -manifesté, hundiéndome entre la noche y mis cobijas.
-Travesuras juveniles... Ya sabes, nimiedades. Pero para papá, todo desemboca en una consecuencia funesta. Qué te tengo que contar, tú ya lo conoces, mira lo que ocurre por mi estupidez. Nada nos va a poder salvar. Es un neurótico, un enfermo.
-Lo sé.
-Y mamá, que siempre tiende a defendernos de él ciegamente, por el inmenso amor que nos tiene y la cálida protección materna tan natural... -continuó.

Los golpes unilaterales se escuchaban resonando en el vacío. La oscuridad me aplastaba: un loco estaba matando a mi madre.

-¿Qué clase de travesura fue? ¡Debió ser algo mínimo! Te conozco, hermana... eres tan tranquila.
-Lo fue -me contestó al cabo de un tiempo-. Pero papá no entiende de razones. Está enfermo, sólo sabe canalizar su singular ira por la violencia externa.

Luego, su llanto avivó, como aviva una flama repentinamente con el combustible.

-¡Pobre mamá! ¡Siempre le toca la peor parte! ¡Y todo por querernos demasiado, todo por haberse casado con un loco!
-Te lo dije... no es justo, hermana -murmuré.

Carraspeó un par de veces, luego soltó con determinación:

-No, ya veo, no es justo. La que debería morirse tendría que ser yo. ¡Yo! ¡Lo deseo! ¡Que me mate de una vez! ¡Que lo haga, pero que los deje en paz a ustedes!
-Hermanita, no digas eso -la reprendí, temeroso.

Ella se incorporó de su lecho, y mientras salía de la habitación masticando serias palabras, yo cerré los ojos con espanto.

-Ya tengo el ojo morado y mil rasguños -la escuché mientras abría con sigilo la puerta de nuestra habitación para salir-. ¡Pero merezco más! ¡La muerte! Voy a defender a mi madre, no sé qué vaya a hacer. A merecer lo justo, supongo, eso es, a hacer justicia. Duerme, hermanito, por favor... tú no sufras. Duerme...

lunes, 12 de diciembre de 2011

55. La danza del solsticio.



   Bajo un húmedo y singular atardecer invernal, el campo mágico retozaba de una vida intangible pero estática: nada, o mejor dicho, casi nada parecía ser autónomo en sus movimientos; la grama quebradiza prefería dejarse ser juguete sencillo del rollizo viento, el cual, con ímpetus traviesos, la helaba tras cada paseo entre sus hierbas. Los árboles no podían contenerse a la sinfonía del crepúsculo temprano, y sus ramas ejecutaban un vals melódico al compás de las notas imaginarias y casi secretas.

   Contemplar las hojas era todo un deleite: ¡parecía como si buscaran pareja para ejecutar su baile!  Era cuestión de admirar sus pequeños movimientos trepidantes, que por estar aún prensadas a las ramas, realizaban por obra del vendaval. Una y otra vez agitaban sus cuerpecitos, como en un ritual de cortejo, todas frente a todas. Cada una quería ser la bailatina predilecta, llamar más la atención, y como el ruido que el aire realizaba les imprimía un toque de sonido semejante al aleteo, parecían gritarles a las demás: "¡miren, compañeras, qué bien danzo y con qué soltura me muevo! No cabe duda de quién fue quien aprendió mejor el arte del ritmo".

   Unas se aferran, otras gritan por soltarse de la prisión de las ramas. Desde las remotas alturas, el Sol rojo, incandescente, observaba cómo se desplomaban las últimas hojas del gran árbol, cómo iban revoloteando, girando en la nada, ejecutando magníficicos pasos de baile mientras caían, mientras dibujaban sus siluetas en el aire cenizo, hasta morir, quedando yertas en el cementerio del suelo, cubierto de hojarascas secas.

   El Sol, apenado, se retiró tras los montes. Las hojas, antes de fallecer, cumplieron la danza de sus sueños.

54. Rebeldía contra mi vida mundana.




   ¿Qué es de mi vida? ¿Qué queda de lo que fui? No atisbo tras el firmamento insustancial nada más que una sombra desgarbada de lo que fue un ciclo permanente de felicidad. O ni siquiera eso. Humo, niebla, polvo. Heme aquí siendo deshidratado por la carencia, agotado de vivir contra la corriente, posponiendo lo que siempre anhelé, todo por sentar las bases de la supervivencia. La injusticia se hospedó en mi alma, y a mi cuerpo lo trata como un juguete maldito: de aquí hacia allá y viceversa, una y otra vez, sin cesar. Me desgasto, me deshago entre lo mundano, ¿en dónde ha quedado el refugio paradisíaco de mi espíritu? ¿Y el calor ferviente de mi corazón dónde lo he de encontrar? ¿Acaso en el frío trato de las personas de hábitos mecanizados? ¿Acaso en el rodar de las horas entre espasmódicos congeladores infrahumanos? Y hacia allá voy, hacia allá me dirijo, velado por la crueldad de la vida aburrida. Voy para allá a destruirme a conciencia, desde el despuntar del alba silente, hasta que la Luna constituye su imperio entre las estrellas. ¿Qué otro recurso existe en mí? De quedarme a soñar, moriré. He de convertirme día a día en un hombre sobrio, caducado de ilusiones y tenaz en sus supuestas metas económicas. Pamplinas para el que no ignora las insustancialidades de esas banalidades.

   Pero el único remedio es adentrarse en el río y dejarse llevar por la corriente rabiosa. Vivir para servir a los otros, ser un esclavo sin liberación, soñar con negocios y desperar para ellos: una pesadilla que gira por los canales de la eternidad sin fin aparente. Vaya vida. No quiero negarme a matar mis ilusiones, pero de no hacerlo, moriré yo mismo con ellas.

53. Versos suicidas



Es una vela, que con un soplido
que alguien dé, se extinguirá para siempre.
Es un ser que se siente desvalido
al existir desamparadamente.

Es un alma tentada por la muerte,
quien le ofrece inolvidables delicias
y le otorga una esperanza tan fuerte
que deja seducir por sus caricias.

Una navaja, la sangre que brota,
una tormenta de penas que azota
el ímpetu de una brusca caída.

Finos aromas que huelen a muerte,
el cuerpo de un joven que se ve tan inerte,
fue seducción su absurda partida.

52. La muerte del alma



   La forma en cómo las cosas tuercen su camino hasta descender a profundidades estigias siempre toma como base un fundamento fantasmal, pero existente. Nunca pensé que mi corazón destrozado tuviera que sufrir las penas de un amor no correspondido. Pero entre los vestigios y los residuos que un huracán interno dejó en donde usualmente estaría su lugar, encontraría que la calidez sigue en el ambiente. Unos trozos rotos, marchitos, sedientos de lo que nunca sucederá, emergen de las tierras de la confusión y la desolación, pugnan por arrastrarse por negros senderos, buscan juntarse, anhelan la unidad. ¿Pero qué remedio tan poderoso puede rescatar a un órgano vital que quedó prácticamente pulverizado tras una tormenta devastadora? ¿Quién tan valiente osaría prometer una reparación completa de un corazón que se ha disgregado y cuyas partículas ruedan por las arenas infinitas de lo desconocido? ¡Nadie! ¿Cómo podría sufrirse una tortuosa espera de ansiar que un remedio sibilino pueda cohesionar cada uno de los sentimientos que ahora penan como famélicos espíritus, libres, sedientos de tener su oportunidad para brillar?

   Busqué un alma afín; mis intentos persistentes sucumbieron, como sucumbe un velero en altamar. No me queda más esperanza que aferrarme a la vanidad de la vida, lo que me resta de ella. Nadie podrá reparar lo desfragmentado, pues mi corazón asemeja a un cristal que ha sufrido el poder y la furia de un mazo descargándose sobre sí. Sólo pretendo que el tiempo me cobije a su paso navegante sobre mi cuerpo y mi alma, que derrame la sangre que he perdido por culpa de estos sentimientos malditos, que reencarne mi espíritu en esta materia que se convirtió en nada. ¿Quién más pudiera hacer algo mejor?

   Mi mayor tormento de ahora en adelante es resistir en este mundo viendo cómo mi sueño y mi ilusión se desmoronan, cuando la que constituyó mi alma gemela me rechace nuevamente, cuando vuelva a escuchar la palabra amor en cualquier lengua viperina. Mi existencia está condenada.

51. Muerte, dolor y lágrimas.





   Quedaba su sombra, quedaba su silueta. La forma del cuerpo que en otros tiempos hubiera tenido toda la vitalidad que cualquiera desearía. El alma se evanecía, se disipaba poco a poco: injustamente abandonaba a ese cuerpo exhausto, recorría regiones inalcanzables y luego, juguetona, volvía de pronto para volver a dar otro respiro sonoro. Luego de eso, emergía nuevamente de su superficie, retozaba sobre el ambiente mientras reía, y se volvía a colar sobre el cuerpo prácticamente inerte. Los latidos de su corazón no indicaban mucha actividad, eran inconstantes, eso lo constataban los diagramas cardiacos con la fineza de sus chillidos ante cada palpitación.

   Los ojos de Carolina se hallaban completamente cerrados, pero sus párpados torvos no constituían una idea de sufrimiento. Simplemente estaban ahí, caídos, pero en posición natural, casi como si estuvieran descansando de un extenuante trabajo. De hecho, su mirada estaba tan dulcemente extinguida que cualquiera hubiese apostado que dormía como un bebé. La apuesta fuera seria si de su cuerpo no salieran una cantidad considerable de agujas con extrañas mangueras que conectaban por lo alto a bolsas amarillentas; una manguera más gruesa en el centro de su cuerpo, justo en la fuente de la vida, corría hasta una máquina más voluminosa que las del resto.
Estaba fría. Fría como un témpano de hielo, como sólo sus dedos entumecidos podrían estarlo. Fría, porque su corazón se cansaba de vivir. Porque se extinguía, porque su estancia en este mundo del dolor era efímera.

   Ahí estaba Carolina, conectada a una máquina que le permitía existir con el mínimo pulso y aliento.

   A los pies de su cama, al borde, justo en donde la colcha caía con onduladas pronunciaciones sobre el suelo, tenía Lidia hundido su rostro entre sus brazos quebradizos, tiernos. Le parecía tener una eternidad velando por el bienestar de Carolina, pero en realidad era el sueño, el maldito sueño el que la vencía. Se había prometido mantener los ojos abiertos en una postura vigía, para que ningún demonio entrara por la ventana y le arrebatara a su mejor amiga. Ella estaba dispuesta a luchar por su supervivencia y salvarla de las garras demoledoras de la muerte.
Cuando levantó su rostro de entre sus raquíticas extremidades, y se dio el lujo de apartar sus cabellos incoloros de su rostro, se dio cuenta de lo inevitable que sería la próxima partida de su alma gemela. Sabía que esos pitidos que despedía el electrocardiograma eran más espaciados que la noche anterior, ¿o acaso las horas, incluso los minutos anteriores? El mundo había dado demasiadas vueltas desde que había perdido la conciencia. Ya nada le resultaba igual, incluso el sabor de las cosas quedaba particularmente extraño a su gusto, lo salado en vez de lo dulce y viceversa. Nada tenía sentido en la vida ya.

   Y en esto meditaba Lidia cuando puso a prueba sus piernas. Tanto tiempo había velado sentada el descanso de su amiga, que sus extremidades inferiores se rebelaban ante sus órdenes. Un pie apoyó primero, el otro no le respondió. Algo sucedía en su mente, determinó mientras se incorporaba. A trompicones, ciega y con el cerebro dándole vueltas en su cabeza, se acercó hasta la cama en donde yacía el cuerpo vacilante de vida de su ser más querido en el mundo, del alma que sin duda hubiera amado en caso de haber compatibilidad. Sí, ahí estaba pero ya no despedía calor, ya era un trozo de hielo, las mejillas de la joven enferma estaban pálidas, con el brillo blanco que sólo la próxima ida augura. Lidia le tomó la mano a la inconsciente Carolina: era la mano de un cadáver. Una lágrima rodó vacilante por la mejilla de una fiel amiga que comprende la situación.

   —Te mueres —murmuró.

   Un relámpago surcó la superficie mental de Lidia. Fue un destello que sus ojos no soportaron, un rayo mortal de dolor, de angustia y de amargura. Tambaleándose, luego de haber soltado la mano de Carolina, hubo de afirmarse en una de las paredes más cercanas. Su mente le jugaba malas pasadas, era otro signo inequívoco. ¿Qué pasaba con el mundo? ¿Por qué el amor más puro y honesto tiende a autodestruirse? ¿Qué el mundo no se compadece de los sentimientos? ¡Qué ironía!

   Procuró Lidia no devanarse el cerebro meditando trivialidades filosóficas, y volvió a contemplar el hermoso pero marchito rostro de Carolina. Una mano pasó por su mejilla quebradiza. Ya nada importaba.
Nada importaba a comparación de la tragedia latente, del olvido al que pronto iba a sumergirse la historia de una fidelísima amistad, de un contraste entre dos seres de luz, de una estrella fugaz que llegó, se presentó con toda su refulgencia y luego desapareció silente entre la espesura. Nunca, nunca más.

   —Hermana del alma, yo me muero contigo.

   Unas ganas de vomitar profundas. No sintió nada, aunque probablemente tendría dolor. Dolor físico, pues el alma ya no podía recibir más de eso, estaba anestesiado, estaba saturado de lo terrenal. Realmente no tenía significado ni mucho menos explicación. Del mismo modo, no había explicación sobre el electrocardiograma que, sospechosamente, había dejado de emitir sus pitidos desde hacía un par de minutos. Lidia no reaccionaba. Estaba acariciando el rostro de un cadáver.
Cuando cayó en cuenta, fue suave, porque el mismo rayo cuajó dos hielos.

   —Adiós, amiga, adiós… hermana del alma… Adiós, Carolina… fuiste todo para mí.

   Tampoco había muchos segundos para ella, y probablemente deseó apresurarlos. Cual perfecta novela, su cuerpo desvanecido resbaló por la orilla de la cama y cayó con sonoro golpe hasta el piso. No había lugar para mayor sufrimiento en esa estancia. Dos almas idénticas en sentimientos volaban hacia las mismas regiones siderales, esta vez para siempre.

50. El drama de un reloj



   No hay relojes que no corran por su cuenta. Malditos, programados para saborear lo inexistente, educados en una filosofía surrealista. Abandonados en un abismo abstracto, se sienten perdidos mientras sus manecillas giran sin mesura. La tendencia crítica a devorar lo insaciable los desquicia por dentro, pero sus almas están subordinadas a su conciencia, de modo que no los vemos cesar en su trabajo.

   ¿A dónde van, de dónde vienen? La ignorancia será perpetua en sus corazones de metal. Un despliegue mental haría comprensible su absurda existencia en el plano particular. Sus días corren idénticos, presas de vórtices como fauces sin fin; una hora no difiere de la otra, sólo en estrictos puntos de separación de luz. Es curioso que para el pequeño mueble el tiempo no exista: transcurra y sea un fantasma que no tiene rumbo ni origen, y posiblemente ni fin.

   Marca la fiel servidumbre el amplio paso de la estela artificial; de sus valores apenas se acuerda, y cuando lo hace no se lamenta, sino que trabaja con más ahínco, nunca flaqueando ante lo necesario, antes bien, calibrando energías mágicas, que su alma metálica le proporciona en dosis cada vez más severamente moderadas, a cada giro, a cada dinámica.

   Fiel hasta el momento de morir engalanando a un tercero con su porte, informándolo sin sueldo, sin mérito alguno. Ahí está el reloj, sin vida propia, desgajando sus engranes en un intento desconocido, pero preciso, de servir. No tienes vida, reloj, porque por humanos fuiste creado y para ellos servirás, cual esclavo en jaula; tu tiempo será inconsistente, y si algún día tu existencia se corrompe, tus manecillas quedan estáticas y tu corazón no da más vueltas, habrá sido sirviendo a tu amo. Es pues, tu eterno drama particular.

49. Pasiones Ciegas.




   Ruedan los ecos posteriores a una oscuridad sin límites, a un viento doloroso e implacable, a causa de la brutalidad que un inframundo ofrece.

   Puedes lamentar llegar a este estado en el cual yo perecí, en el que el nihilismo es sustancial, en el que el vacío se convierte en un trampolín invertido hacia la locura. Déjalos a ellos, séquito de ciegos caídos en la desgracia, que no saben lo que quieren, y si lo saben, no lo buscan en verdad, viven en un mundo de fantasía en donde se supone que el cielo es el tesoro absoluto. Créeme a mí y sígueme, no querrás pasar por el sendero de lluvia y sangre por el cual yo cursé y que me arrastró, me desnudó, me sesgó las ilusiones, la vida misma. Casi un infierno mental.

   Ingratos que acumularon mis desdichas, que me encerraron en un castillo negro en forma de ataúd perfecto, con las condolencias de su hipocresía, clavándome una repugnante cruz grisácea y corroída. ¡Me abandonaron! Aborrecen lo terrenal, buscan lo lógico en lo oculto, algo esotérico, ¡mi corazón magullado por los rastreros gusanos se conmovía, sí, aún en la agonía de sus latidos!

   Estoy en tu plataforma, la dimensión de los siervos es conocida para mí, y para ti me descubres tras el espejo, no eres tú, soy yo dentro de ti, me adueñé de la carne mundana, de lo que uno teme avergonzarse hacia los demás, con lo que en la mansión oscura de fuego se juega. Entiéndelo, no vales nada. Por eso volví, para salvarte, para que mis huellas se fundan con las tuyas. Me temes porque mi rostro es negro y volátil, ¿no es así? Porque llevo en la frente dos símbolos del toro. Es sólo una apariencia, tan básica que redunda en lo infantil: soy falso y a la vez tan cierto; regresé del reino de las sombras para que sepas lo que es la verdadera luz. Te mienten, y tu cerebro se desfigura, como al mío intentaron aplastar; el camino es nocturno y difícil, llena de rosas marchitas, con espinas que semejan sables. Alrededor lo enmarcan tablas paralelas y enhiestas en forma de T, pero tú sólo mirarás hacia enfrente, lo que estás viendo que aparece ante tus ojos, lo tangible y lejano: no adorarás, sino vivirás. Es ése mi mensaje: salvarte del negro ocultismo despótico. No soy malo en realidad.

48. Letras.



Las letras con suavidad se deslizan
por el agrado de la galanura.
Con pavoneo, las hojas tapizan
tu nombre con la máxima ternura.

No les ruega el autor de los suspiros,
le plasma el sentimiento sus conceptos;
tinta que se escurre por los caminos
esbozando los amores perfectos.

Amor, las letras mismas se acomodan,
son arpegios, son música, son vida,
se escurren y poemas te dedican.

Mas en tu dulce corazón se ahogan,
pues el reino infinito éste abriga
delicias que las palabras claudican.

47. Significado


Ayer reflexioné por vez primera
lo que significa ser el poseedor
de la grandiosa dicha de tu amor
y dde la esperanza que éste genera.

Significa encapullar en mis manos
la dulce fragancia de tu hermosura;
significa tratar de hallar cordura
en esta locura en que nos hallamos.

Es estar contigo en buenas y malas,
encontrar en tus ojos la elegancia,
imaginar que aspiro tu fragancia,
es sentirse como en un cuento de hadas.

Tomar tu prioridad frente a la mía,
aliviar los días de tu existencia,
que sientas a tu lado mi presencia,
todo eso es justamente lo que haría.

Ya ves que mi amor por ti es verdadero,
conoces los fundamentos activos
que son quienes me otorgan los motivos
que dan el sentimiento placentero.

viernes, 14 de octubre de 2011

46. La anestesia del dolor.





   No sabía que de su mirada, más que el misterio, destilaba el terror. Ignoraba, pues, que había sido objeto de un violento ataque de hipnosis profunda, que la enajenaba del resto del mundo. Ya nada le importaba, ni siquiera ella misma, era un mueble sin oficio, un trofeo viviente para el ofensor, y un fácil blanco para más represiones deliberadas.

   Su sublime presencia en el universo bien podría pasar desapercibida, sin nadie que se hiciera cargo de su contagiosa aura negra. El dolor ya no podía visitarla, quedaba demostrado de pronto que su exceso tiene un efecto anestésico colateral.

   Era como si un nido parásito se hubiera apropiado de su mente. Sus pensamientos ya no se fundían los unos con los otros. Caminaba de paso, vivía sin vivir, respiraba sin gozar del aroma del universo. Para ella, ya era demasiado tarse. Una mente parchada y unas cicatrices corporales que buscaban ocultarse sin lograrlo constataban que su camino por el mundo no cruzaba un jardín, ni lo había hecho nunca. Mas gracias a ello, yas penas ya no podían embriagarla, sino que rebotaban: sutilmente se hacía de hierro. Los comentarios a sus espaldas ya no podían herirla, como lo hacían en sus años de infancia. Sus paseos mustios por la escuela recordaban algún caso de sonambulismo extremo, algo inusitado. Se había ganado su fama, pero ella era ya casi sorda. No se enojaba ni sonreía ante ningún comentario patético de los extraños: alguna piedra había reemplazado a su corazón, y ahora agua fría corría por sus venas. Su mirada perdida asombraba a cualquiera, que pensaba enseguida que aquella llama estaba a punto de extinguirse.

   Pero con misteriosa condición, ella se negaba a abandonar lo terrenal. Vivía para sufrir y no le importaba. Había perdido la noción y la esperanza de tener un mundo mejor. Lograron lo que se propusieron con ella, un juguete.

lunes, 10 de octubre de 2011

45. De vuelta tú.

Precisaba un cariño verdadero,
las penas a su realidad cegaban.
Sus pobres esperanzas naufragaban
al no encontrar un camino sincero.

Es verdad, la culpa en el aire flota;
que no busque autor, se generó sola,
la misma que a su espíritu asola
oprime a su corazón y lo azota.

La percepción directa de las cosas
la trajo de vuelta al mundo invisible,
de lo que se antojaba previsible
ya regresó con sus alas airosas.

Y todos adoramos su existencia
en cuanto a sus ilusiones se adentra,
pues es cuando más alegre se encuentra
y resulta tan dichosa su presencia.

No debe ella olvidar que la adoramos,
que como sea, así la queremos,
esperando que en su presente estemos,
que nunca de su corazón huyamos.

___
Dedicado especialmente a mi amiga "Vanne Shihouin",  espero que se recupere pronto de su dolor.

44. Lobo.




   Adiós a la vida, soy la furia salvaje para el hombre que creyó verla encarnada, un torbellino de instintos e ignorancia. No me importará a mí en adelante, no les importará a ellos. ¡Ah, pero las funestas casualidades! ¿Es de imperiosa necesidad que alguien como yo sufra esta ignominia? ¡Miren quiénes lo dicen! La presa se transforma en cazador artificial, o por lo menos eso pretende. Hay que ver las necedades naturales, la turbia estupidez ante lo sobreentendido.

    Me miran con ojos que no intimidarían a un cervatillo y casi me hacen reír. ¿Tengo que hacerles daño, o simplemente me retiro por donde vine, dejándolos con las ilusiones de una visión?

    Un chasquido poner en alerta automática mis sentidos. ¿Por qué sonríe ese hombre? Como si no lo conociera. Es un tonto y un cobarde, y yo lo vi caer en un charco de lodo hace tiempo. ¿Y ahora pretendía lanzarme esa sonrisa retadora? Era ilógico, él tan débil.

    Ya antes había maldicho a las casualidades. El problema es que ignoro si el estar en ese lugar en un momento tan equivocado era una casualidad, o una obra producto de la causa y efecto.

    Yo no soy tonto. Ellos lo creen así, al ver a alguien que parece bestia. Pero no lo soy en su sentido despectivo. Podría acabar con todos si no estuvieran armados con esos garrotes. Igual podría hacerlo si lograra liberarme de esta estaca a la que me han aprisionado. ¡Todos, porque todos lo merecen! ¡Y de paso arrasar con su campamento, como el asesino y ladrón que me tipifican que soy!

    Los hombres se previenen con lo injustificable para su actuar, hasta darles aires despóticos a sus maneras, porque de hecho lo son. Las bestias se humanizan, y ellos se convierten en lo que representamos. Divertida ironía de la vida sería eso, si no tuviera que padecerla yo en vida.